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Día de duelo y de nuestro descontento
E. J. Dionne
WASHINGTON -- ¿Por qué será que cada Día de los Caídos nos damos cuenta de que una fecha elegida para honrar a nuestras tropas caídas en combate se ha convertido en la excusa para visitar las playas, hacer barbacoas y jugar al béisbol?
El problema surge porque librar guerras se ha convertido en una empresa cada vez menos común aparte de los especialmente implicados en un conjunto relativamente pequeño de nuestra población. Cierto, algunas personas eludían sus obligaciones en el pasado, y el servicio militar era un terreno mayoritariamente, aunque nunca exclusivo, de los varones. El constante crecimiento de oportunidades laborales para las mujeres dentro de las Fuerzas Armadas es un avance positivo. Digo esto con orgullo como alguien cuya hermana es veterana del cuerpo judicial del Fiscal de la Marina, al igual que su marido.
¿Podemos volver alguna vez al tiempo en que rendíamos homenaje a nuestros guerreros, vivos o muertos? Cerrar la brecha que existe hoy entre la vida militar y el resto de nuestra sociedad es el primer paso de ese camino. Alcanzar este fin es la mejor razón con diferencia para poner fin a la política de los homosexuales en el ejército. No es una exigencia de los grupos de presión. Es una forma contundente de afirmar que en nuestra democracia, la mili debería ser vista como una cuestión abierta a todos los patriotas.
Nuestras guerras relevantes -- en particular la Guerra Civil, que dio lugar al Día de los Caídos, y la Segunda Guerra Mundial -- fueron en cierto sentido experiencias democráticas masivas. Tocaron la fibra sensible del país entero. No se puede decir lo mismo de los conflictos recientes.
Puesto que han transcurridos 65 años desde que hubiera algo parecido a una llamada a filas, el contacto regular con nuestro ejército se limita en gran medida a los lugares en los que residen nuestros efectivos, hombres y mujeres. Y, según un informe del año 2007 del Departamento de Defensa, más de la mitad de nuestro personal militar destacado dentro del territorio nacional -- el 54,5% -- está destinado en sólo seis estados: California, Virginia, Texas, Carolina del Norte, Georgia y Florida. Un total de 12 estados representan las tres cuartas partes de nuestros efectivos militares. "Ojos que no ven" es un principio terrible en lo que respecta a honrar a aquellos que nos protegen. ¿Pero queda alguna duda de que se utiliza?
El contraste más importante en el impacto social de la guerra se da entre nuestro tiempo y la época de la Segunda Guerra Mundial. En su soberbia obra acerca del frente nacional, "Días de tristeza, años de triunfo", el historiador Geoffrey Perrett argumenta que la Segunda Guerra Mundial dio lugar a "lo más parecido a una verdadera revolución social" que experimentó el país durante el siglo XX.
Esa guerra redujo drásticamente "las barreras a la igualdad económica y social que llevaban décadas en pie". Fue un momento en que "surgió una genuina nación de clase media"; en que "el acceso a la educación superior pasó a ser genuinamente democrático por primera vez"; en que "empezó el movimiento moderno de los derechos civiles"; y en que "se registró la única redistribución básica de la renta nacional en la historia estadounidense".
La Segunda Guerra Mundial y aquellos que la libraron fueron recordados sobre todo por el propio conflicto tanto como sus enormes efectos colaterales insinuados en la vida de todo el mundo. La Guerra Civil se marcó en nuestra memoria por el mismo motivo: fue la gran revolución social del siglo XIX.
Ningún conflicto desde la Segunda Guerra Mundial ha tenido implicaciones comparables para la vida cotidiana dentro del país. Libramos la Guerra de Corea con una movilización, pero sus veteranos se quejan con acierto de lo poco que recordamos sus servicios prestados. Vietnam fue un conflicto tan divisorio que dio lugar a nuestro ejército profesional. Puesto que tantos de los años de Vietnam son un mal recuerdo, seguimos ofreciendo un homenaje inadecuado a aquellos que lucharon, sufrieron y cayeron en el sureste de Asia.
La Operación Tormenta del Desierto fue un éxito relevante e importante, alcanzado tan rápidamente que virtualmente no dejó ninguna huella social. Y ahora, hombres y mujeres participan en unas guerras en Irak y Afganistán que unos medios con problemas financieros cubren sólo de manera intermitente, que nunca hemos pedido sufragar, y que muchos estadounidenses desearían que desaparecieran por las buenas.
El aislamiento de nuestro ejército se debe en parte a una creciente balcanización de nuestro país en clases políticas y sociales con poca empatía entre sí. Compare esto con lo que escribe Perrett sobre nuestra respuesta a la Segunda Guerra Mundial: "Una nación enormemente heterogénea estaba más íntimamente unida en su finalidad y espíritu que en ningún momento de nuestra historia".
Es difícil imaginar que volvamos a estar así de unidos a corto plazo. Pero la historia nos dice que el honor que depositamos en nuestros veteranos está estrechamente vinculado al respeto y la solidaridad que expresamos hacia los demás como conciudadanos de una democracia. Quizá nuestros veteranos puedan enseñarnos a hacer esto otra vez.
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