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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Hoy como ayer

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
domingo, 30 de mayo de 2010, 23:01 h (CET)
Ayer fue Felipe González y su casi quindenio de gobierno. Para los que lo vivimos y conservamos memoria de aquellos infaustos años, fue un periodo de continuos sobresaltos y corruptelas en los que cada día nos levantábamos con un nuevo escándalo que nos hacía un cardado de cabello automático. Desde el caso Flick o el de la Lockheed hasta los de Times Sport, Filesa, BOE, bolsas de basura repletas de dinero en Ferraz, etc., fueron incontable número de ellos los que no nos dieron ni un momento de respiro, además de las inmensas fortunas que jamás aparecieron. Parece que se olvidó todo aquel sufrimiento en ocho años de gobierno de su alter ego, y hemos vuelto a las mismas, ahora de la mano de Zapatero. Sin embargo, y como reza el proverbio árabe, no puede el hombre (ni un partido) saltar de su sombra.

Como si el tiempo o la Historia se plegaran como una sábana y volviéramos al ayer, hoy estamos inmersos en idéntica tesitura. Tal vez sea la teoría de los ciclos, pero los días que corren van por los mismos aberrantes derroteros, y de poco o nada sirve que desde todas las esquinas se advierta que no se puede soportar una realidad fundamentada en el expolio y el sobresalto. ¿De qué le sirve a un ciego prestarle una lámpara?...

En cualquier empresa, si un responsable comete un error o una torpeza que le cuesta recursos a esa sociedad, al instante es despedido, cuando menos, si es que no acusado de perpetrar un daño ante los mismos tribunales para ser resarcidos. En la cosa pública no importa que se quiebre al país o que se arruine el futuro de millones de personas: a los que han perpetrado el dolo se les premia con una pensión vitalicia de lujo y se les permite vivir el resto de su vida impartiendo conferencias a centenas de miles de euros por hora. Algo grave falla cuando un mandatario electo toma posesión de las riendas de un país en buen estado y devuelve un país en quiebra, y, además, se le premia. Algo extremadamente grave sucede con nuestro sistema. ¿De qué nos sirve correr, si estamos en el camino equivocado?...

Zapatero está donde está porque los representantes de los nacionalistas que tienen representación en el Parlamento español han antepuesto sus intereses regionales al del conjunto de los españoles, como no podía ser de otro modo. Detrás de ello hay ventajas que dividen, tal vez estatutos que serán aprobados por beneficio impuesto o quién sabe si intereses espurios poco confesables. ¿Qué reino puede sobrevivir dividido?... A voz y voto se está consolidando el desafuero y alargando la agonía. O mía o de nadie, rezan algunos, no admitiendo otra sociedad que la suya, que la de sus delirios. Pero los hechos son tozudos, y, ayer como hoy, el horizonte de sucesos se replica y volvemos a instalarnos desde la risión en el ridículo, desde el bienestar en la quiebra y desde la serenidad en el enfrentamiento radical de quienes quieren a este país como suyo o destruido. Con mentiras se llega muy lejos, pero sólo a parajes desde los que no hay retorno.

No es únicamente una cuestión de escándalos permanentes, derroche a manos llenas y expolios patrimoniales que todos habremos de enfrentar con deudas enormes -que ya sería más que suficiente-, sino también de descomposición social en todos los ámbitos. El desarme y la quiebra no es sólo económica, sino también moral; sobre todo, moral. Se ha legislado contra lo natural en beneficio de lo natural. Como decía Juvenal, “nunca la sabiduría dice una cosa y la naturaleza otra”; pero se desprecian millones de años de experiencia para legislar entrometiéndose en el sancta sanctorum de los hogares, entretanto se legaliza lo aberrante y se abandona a la sociedad a su suerte por unos cuantos titulares que procuran votos. No es sólo que el PSOE nos haya endeudado hasta la morosidad, sino que también ha sacrificado nuestro acervo moral. Si al enemigo se le juzga sólo por la apariencia, su victoria está asegurada.

Hoy como ayer, la situación se repite con tildes y comas, y en ella, empeorando, seguiremos hasta que sean desalojados del poder quienes no han podido escapar de su sombra. Es su sino y su destino. Pero poco sabios seríamos si no fuéramos capaces de aprender de nuestros adversarios. Es preciso que no sólo sean expulsados del poder, sino que respondan por los grandes daños que han perpetrado, que reintegren lo que han dilapidado, o, de otra forma, no sólo será hoy como ayer, sino también como mañana. Si les juzgamos sólo por su apariencia, habrán ganado, y se retirarán con su pensión a su paraíso mientras allanan el camino para que lleguen más adelante otros que tampoco podrán saltar de su sombra. Ayer, Felipe; hoy, Zapatero; y mañana, tal vez el sepulturero que termine por enterrar a España para siempre.

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