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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Un discreto festival y una mejorable retransmisión

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 30 de mayo de 2010, 22:55 h (CET)
Es posible que, el festival de Euro Visión, se haya convertido en algo “friqui” para los tiempos actuales. Es cierto que, en este certamen, lo de menos son los cantantes y las canciones que interpretan y que, lo de negocio, propaganda y materialismo económico, que se esconde bajo la apariencia de una fiesta divertida, competitiva y, hasta cierto punto, gratificante, por su desenfado y su variedad; prime sobre la imparcialidad, equidad, justicia y fair play que se debería exigir de un evento semejante. Pero es un espectáculo relajante para el espectador, intrascendente, multinacional y que, por su propia dinámica, permite visionarlo desde una confortable butaca, medio adormilado y dejando que el colorido de las imágenes, la variedad de intérpretes, sus presentaciones y acompañamientos y, las propias canciones, que en esta ocasión, todo hay que decirlo, me ha dado la sensación de ser de mejor calidad que en otros certámenes anteriores; vayan discurriendo, si ustedes quieren sin pena ni gloria, pero tampoco sin sobresaltos que, en la época que corremos, se puede decir que es de agradecer.

A mi criterio, la velada tuvo dos particularidades especialmente desagradables. La primera, la irrupción de un espontáneo catalán, con “barretina” incluida, que, con la evidente intención de destrozar la buena presentación que este muchacho, Daniel Ciges, estaba haciendo de la canción española, puso la nota cutre, seguramente premeditada y, me temo que con aviesas intenciones de boicotear el espectáculo, para perjudicar a España; algo a lo que nos tienen ya acostumbrados algunos partidos nacionalistas españoles. La segunda, sin duda alguna, la retrasmisión que hizo el presentador de la gala, José Luis Uribarri. Algunos pensábamos que la época de los dinosaurios había concluido cuando, hace 65 millones de años, un meteorito impactó con la Tierra y produjo una verdadera catástrofe ambiental. Pero parece que, en TVE o como las huestes socialistas prefieren denominarla ahora, TV1; todavía quedan algunos de ellos, que continúan alimentándose en los comederos y abrevaderos de este pozo sin fin de gastos que es la cadena nacional de televisión, la misma que nos toca sostener a todos los ciudadanos, aunque ello nos empobrezca más ( sin que se aprecie la menor intención, por parte del Gobierno, de parar esta sangría y despilfarro del Tesoro nacional) Un ejemplo de persona incombustible lo tenemos en la folklórica Carmen Sevilla quien, a fuer de repetitiva, pesada, trasnochada y aburrida; ha conseguido, con sus continuas apariciones en la pantalla pequeña, que se haya constituido en una pesadilla para la audiencia a la que, en un principio, hace años, pudiera ser que sus gracias y sus fingidos despistes, pudieran resultar simpáticos y divertidos pero que, a copia de repetirlos y de insistir en sus latiguillos habituales, se ha convertido en una verdadera pesadilla para los sufridos espectadores que la tienen que soportar, una y otra vez, en sus melifluas y cargantes apariciones en la TV.

Pero existe otro caso de “dinosaurismo” en nuestra televisión pública, otro de los restos del periodo cretácico de la televisión española, un vieja guardia de los presentadores caducados de pasadas etapas, ya prescritas, de la programación en blanco y negro, de la carta de ajuste y de otros viejas glorias y pioneros de aquella época, compañeros suyos, de cuya existencia sólo los más viejos espectadores de la “caja tonta” nos acordamos: la Marisa Medina; la Pilar Cañada; la Bauzá; el malogrado Jesús Álvarez o, el también fallecido, Joaquín Prats y su compañera, la presentadora Laurita Valenzuela; fueron contemporáneos de este José Luis Uribarri que ya, para entonces, se ocupaba de estas presentaciones, de aquellos primeros programas en los que se retransmitían los primeros festivales de San Remo, o del Mediterráneo o, como no, las primeras retrasmisiones de los primeros festivales de Eurovisión. Lo que sucede con este Matusalén televisivo es que, como nos ocurre a todos los que ya hemos sobrepasado la madurez, para entrar en la tercera etapa de la vida; a este señor ya le ha llegado el tiempo de las manías, de contar batallitas y de repetir mil veces lo que se acaba de decir sólo unos pocos minutos ¡Qué le vamos a hacer!, son los achaques de la vejez, los resultados de la pérdida de neuronas, las consecuencias de no querer abandonar la fama – esta fama efímera que, para Bacón, era “como un río que lleva a la superficie a los cuerpos ligeros e hinchados, y sumerge a los pesados y sólidos”– a pesar de que el tiempo y las circunstancias personales exigen su tributo inexorable a todo ser humano, sea rico, poderoso o famoso o forme parte de la masa de los anónimos desconocidos.

Lo cierto es que, este señor, se empeñó en darnos la noche y ¡vaya si lo consiguió! Verán ustedes, para ser gracioso se precisa, ante todo, serlo; para contar chistes es necesario saber tener agudeza y gracia y, para presentar un espectáculo televisivo, como era la retrasmisión desde Oslo del Festival de Eurovisión, lo que se precisaba era un cronista que se limitara a trasmitir lo que estaba ocurriendo en aquel plató; lo que sucedía en el escenario y los datos fundamentales para que, cualquier espectador, estuviera informado de los trances de aquella gala internacional. Contrariamente a ello, a pesar de lo que hubiéramos podido esperar de un locutor de tan prolongada experiencia en estas lides, y en contra de los que dicen que la veteranía es un grado; el señor Uribarri nos dio una sonora tabarra a costa de su “dilatada experiencia en la materia”, cuando llegó la parte en la que se daban a conocer las votaciones de los espectadores y de los jurados, constituidos en cada uno de los países participantes. En lugar de esperar a que, el portavoz de cada nación, trasmitiera a los encargados de contabilizar los votos en la sala del Festival, la distribución que cada jurado nacional hacía de los votos entre las canciones elegidas; nuestro “amigo”, el señor Uribarri, se dedicó, machaconamente, con un empeño digno de mejor causa y con acompañamiento de “gracietas” que me imagino le debían parecer muy ocurrentes; a hacer de pitoniso, anticipándonos lo que, a su criterio, sería la decisión de cada jurado y a quién irían los votos emitidos por cada país. Es cierto que tenía un gran porcentaje de aciertos en sus predicciones, pero lo que no se puede negar es que, en lugar de preocuparse de lo que le sucedía a la canción que representaba a España (quedó en un discretísimo 15º puesto) se pasó todo el tiempo celebrando sus aciertos y excusando, decepcionado, los fallos que tenía. En fin, un tostón a cargo de un sujeto que se propuso sacrificar lo que se pedía de él, una explicación por parte de una persona versada en la materia musical de la que se trataba, para convertir su participación en un espectáculo ególatra con el que dejó con la boca abierta a quienes le escuchaban, admirados de que su intervención quedara reducida a un ejercicio de “adivinación” para que todos nos enteráramos de sus “conocimientos” de la mecánica del trasvase de votos, en función de los especiales “intereses” y “simpatías” de cada nación en relación con aquellas a las que les otorgaban sus preferencias. Si esperaba convencernos de que es un genio, no lo consiguió; si lo que pensaba era que nos aburriera su parlamento ¡tuvo un gran éxito! En todo caso, algo deberán hacer los que envían las canciones a concursar porque, aunque “Algo pequeñito” no era de lo peor que hemos escogido (acuérdense del Chiquilicuatre), es evidente que, como no se cante en inglés, nadie ganará el festival. La vencedora, lo fue merecidamente, aunque nada más fuera por la sencillez de su presentación. O, así me lo parece.

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