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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

El burka, fuera de Occidente

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
domingo, 30 de mayo de 2010, 22:53 h (CET)
Espero que mis lectores no consideren contradictoria mi postura. Acabamos de saber que en Lérida han prohibido vestir el burka en lugares públicos. Lo de la ocultación del rostro femenino nada tiene que ver con el caso de aquellas otras personas que tapan su cabeza con un pañuelo, recordemos el caso de la alumna de un instituto madrileño.

En un país donde aún es moda entre algunas postmodernas niñas llevar a la cabeza un pañuelo a imitación del que nuestras campesinas abuelas vestían fueran donde fueran, llevar la cabeza tapada como signo cultural, de respeto y modestia (no, no se me compare con las bandas de ladronzuelos hispanos y sus imitadores locales que llevan gorra como signo macarra) no debe molestar a nadie; las mujeres que lo llevan van perfectamente identificadas y puedes perfectamente ver a quién estás hablando.

Lo del burka es otra cosa, es una ocultación no ya del rostro sino de la persona, es la manera de hacer invisible y casi inexistente a la mujer que lo porta. Entre nosotros es una humillación y una postergación claramente contradictora con los derechos humanos que supuestamente inspiran todo nuestro movimiento legal y nuestras costumbres.

El burka busca la desaparición social femenina, ignorar a la mujer y reducirla a sombras ambulantes carentes de importancia o capacidades “humanas”. Incluso de existencia. Supongo que cada uno puede vestir como le de la gana en su casa pero la calle es de todos, el ayuntamiento y sus dependencias son la casa de todos y las reglas las marcamos entre todos a través de nuestros representantes. De la misma manera que debemos proteger a cualquier ser humano de malos tratos morales, no digo ya los físicos, conviene que la sociedad se organice para impedir esta humillación, a veces voluntariamente aceptada.

Cada sociedad tiene sus reglas; nosotros creemos, apoyados en siglos de historia, que las nuestras son mejores, más elevadas y dignas, más respetuosas y generosas. En todo caso son nuestras reglas y nuestros principios y, contra lo que decía Groucho Marx, no tenemos otros.

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