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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Un partido debe velar por su prestigio y reputación

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 29 de mayo de 2010, 08:50 h (CET)
Es evidente que un partido político no se debe limitar a aceptar a personas de una determinada clase social, la democracia no lo permitiría y, es muy probable, que pronto se lo calificase como “elitista” o “exclusivo”. No obstante, cuando se trata de elegir a sus máximos representantes, a sus dirigentes, a las personas que deberán ejercer responsabilidades dentro de la formación y que, por consiguiente, estarán obligadas a relacionarse con otras personalidades, deberán alternar con gentes ilustradas, con personajes de la cultura, de las finanzas y del clero; creo que se debería tener un cuidado especial de no tener la tentación de fijarse solamente en la capacidad política del candidato, su preparación académica o sus habilidades negociadoras; porque, aún siendo créditos importantes para ser un buen dirigente, no creo que sean suficientes si se quiere que, el partido al que representa, no pudiera salir perjudicado en su imagen de respetabilidad, consideración y prestigio, por causa de un comportamiento impropio, desabrido o incorrecto, respecto a lo que las normas sociales exigen de cualquier persona que ocupe una posición privilegiada en la sociedad. Nunca se debe olvidar que, los políticos, no son más que simples mandatarios de aquellos ciudadanos que los eligieron en las urnas y, un mínimo respeto hacia ellos implica, sin duda, el actuar de modo que nunca tengan que avergonzarse de haberlo escogido para representarlos.

Sin embargo, hay algunos personajes metidos en la política que tienen un concepto de sí mismos, un ego tan especial y un modo de comportarse, que parece que el haber sido escogidos para ocupar un cargo de confianza en una formación política, en una Administración nacional o local o en las mismas Cortes de la nación, ya les exime de sus obligaciones para los electores, les permite actuar a su antojo y considerarse a sí mismos como personas superiores, situadas por encima del bien y del mal. Por desgracia esto no suele ocurrir sólo en una determinada clase política, en una ideología de derechas o de izquierdas ni tan siquiera en lo que pudiéramos considerar como los extremismos políticos, muchas veces de ideologías antisistema; porque el controlar las propias reacciones, el saber mantener la serenidad, incluso en situaciones extremas, o el tener la facultad de valorar adecuadamente el círculo social en el que uno se mueve, de modo que, algunas familiaridades que en el ámbito privado, en familia o entre amigos íntimos, no tendrían porque considerarse incorrectas o poco apropiadas; cuando se utilizan, imprudentemente, en ámbitos diplomáticos, en convenciones, en parlamentos o cámaras de carácter público, constituyen una evidente descortesía para el resto de los asistentes a los mismos.

De ahí que tengamos que reprobar, como una chabacanada de mal gusto, la forma poco apropiada y edificante de comportarse de la diputada popular, señora Celia Villalobos quien, al parecer, se ha creído que, en España, todavía nos encontramos en tiempos de los negreros y que, a las personas del servicio, entendiendo esta expresión en el sentido más amplio de la palabra o sea, cualquiera que pudiera estar por debajo de su rango personal, se le puede tratar, como vulgarmente se dice, “a golpe de baqueta”. Siento tener que decirlo, pero esta forma de comportamiento es propio de aquellas personas que se han enriquecido desde la nada y su educación no ha corrido a la par con la mejora en su situación económica; para decirlo más claro: aquella especie conocida como “nuevos ricos”, que se adineraron especulando pero que no habían conseguido aprender los modos y comportamientos de aquellos que han tenido una educación más esmerada. Es lo que se dice “enseñar el pelo de la dehesa” que no se refiere, por supuesto, a la gente del campo ni a quienes hacen una vida rural, sino a aquellos que, sin otro mérito del dinero, pretenden dárselas de personas educadas y distinguidas, sin serlo.

Porque, señores, no se puede calificar de otra manera el hecho, constado y grabado en video, de que la señora Villalobos – un personaje que ya nos tiene acostumbrados a sus excentricidades y que ha proporcionado más de un disgusto al PP y a su propio esposo, señor Pedro Arriola, actuando a su aire y votando, en ocasiones, en contra de la disciplina de su partido en temas como el aborto o el de las parejas de hecho – al salir de una sesión del Congreso de Diputados, se puso de los nervios mientras esperaba su coche oficial que, por lo visto se estaba retrasando un poco. Esto no hubiera tenido mayor importancia si la diputada no se hubiera puesto a gritar estertóreamente, al estilo de las entrañables placeras de aquellos mercadillos de finales del XIX, reclamando la inmediata presencia de su chofer y su guardaespaldas, con gritos de “¡¡¡Vamos Manoloooo!!!”, añadiendo, cada vez más excitada, “¡¡¡Al final, el mío, va a ser el último!!! ”, rematando con una de esas frases que, en boca de una dama, suenan con la mayor rotundidad “¡¡¡Venga, coño!!!”. La culminación de aquella verdadera exhibición de destemplanza se produjo en cuanto vio que su coche, por fin, se le aproximaba; entonces sentenció, para quien tuviera curiosidad de escucharla, con una frase lapidaria “¡¡¡No son más tontos, porque no se entrenan, coño!!! En fin, no quiero ni pensar lo que será capaz de decirle esta señora a su marido cuando, en la intimidad familiar, decida ponerle las peras a cuarto.

Y es que, este partido Popular que ha renacido de la mano del señor Rajoy, se caracteriza por el hecho de que, el Presidente, parece el Guadiana. Sí, señores, tan pronto aparece en escena como desaparece, dejando a sus adláteres que den la cara, especialmente, cuando él juzga que no le conviene aparecer en público, para dar respuesta a ciertas cuestiones que le incomoda tratar. Por ejemplo: el tema del caso Gürtel, este que lleva ya demasiado tiempo erosionando la imagen del PP, sólo porque a Rajoy se le ha metido en la testa que no puede prescindir de Camps. Yo no sé si el presidente de la Comunidad Valenciana es culpable o no de cohecho, ni si los negocios que se le atribuyen son o no ilegales; pero, en todo caso, sí sé que no debiera haberse permitido que una situación tan incómoda se prolongase durante tanto tiempo, lo que, por otra parte, ha dado lugar a que el mal se enquistase y ¡hete aquí! que, en estos momentos, lo de Camps se ha convertido en un divieso, en salva sea la parte de Rajoy, que amenaza con tener que ser extirpado con el bisturí disciplinario, a no ser que se le deje, al díscolo mandatario valenciano, que se escisione del PP para crear un nuevo partido por su cuenta.

El PP tiene la inmejorable ocasión de dejar en la cuneta al PSOE, nunca se le presentará una situación tan favorable, con España dando boqueadas fuera del agua de la recuperación económica y los socialistas dando palos al agua, sin saber hacia donde volverse. Pero nadie debe de poner en duda la capacidad de ZP para darle la vuelta a la tortilla ya que, todo lo que tiene de incapaz y mal gobernante lo tiene de marrullero, vengativo y traicionero; por lo cual, cualquier baza que el PP le pueda proporcionar para hacer cenizas la reputación de la oposición, la va a utilizar; como lo ha venido haciendo hasta ahora, explotándola hasta dejarlo seco e irrecuperable. Uno o dos o dos docenas de directivos del PP no significan nada si, extirpándolos de raíz, se deja saneado el tronco principal del árbol. Al menos esto es lo que pienso, ¡claro que me puedo equivocar!

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