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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Personas de paz

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
jueves, 27 de mayo de 2010, 07:22 h (CET)
Las personas que trabajan por la justicia, no requieren títulos, sólo empeño en la práctica de la equidad. La verdad que andamos cortos de obreros en un mundo de tantas sombras injertadas por riadas de siembras injustas. Amar lo justo, a pesar de ser la belleza que nos conmueve, es un bien cada día más escaso. Ciertamente, hacen falta muchos más brazos honestos para poder abrazarnos a la auténtica paz. Al día de hoy muy pocas naciones respetan la diversidad. La comunidad internacional cuenta con los cascos azules para que protejan a los vulnerables en algunos de los lugares más peligrosos del mundo, pero su ayuda tiene un precio elevado, a lo largo de los más de sesenta años de historia de las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU, multitud de personas se han quedado en el camino, convencidas de que hay algo tan preciso como el aire, injertar la corriente del corazón a los que injustamente se les niega respirar.

La injusticia mayor es caer en las manos de un corazón que no siente. Primero porque la fuente de la paz es el corazón. Y segundo porque quien mira con el corazón sabe ver. Téngase en cuenta que muchas veces hay que mirar dos veces para ver lo justo. Menos mal que la naturaleza ha puesto en nuestras mentes un insaciable deseo de ver la verdad, esa que buscan y rebuscan las personas de concordia. Ahí está el ejemplo permanente del personal de paz de la ONU, trabajando a destajo, como ángeles de la vida, en medio del caos que generan las sinrazones. Su incansable cometido devuelve a la población de países asolados por conflictos, naturales o forjados por el ser humano, la ilusión de volver a sonreír por muy grande que haya sido el tormento incrustado o la tormenta de lágrimas vertidas. El día 29 de mayo es su día, la festividad del personal de paz de la ONU, y, también por extensión, de toda persona de principios humanos.

Realmente somos hijos de la armonía. Por ello, la paz nos la merecemos todos, en lugar de guerras ganadas, que a ningún sitio nos conducen. Ha llegado, pues, el momento del reclamo a las personas de paz: trabajen duro en la fábrica del desarme. Que la alianza obtenida a punta de miedo, no es más que una falsa concordia. Lo importante es no tomar la carrera de las armas como modelo. Es la gran injusticia y la gran esclavitud. Detrás se esconde el negocio del siglo.

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