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Opinión
Etiquetas:   Petróleo  

No toquen el suelo donde está nuestro petróleo

El legendario congresista estadounidense Huey Long denunció el 15 de enero de 1935 que la Liga de las Naciones abogaba por intereses de Rockefeller
Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
viernes, 13 de enero de 2017, 00:02 h (CET)
Sé que a muchos lectores suele incomodar hablar de la injerencia de los intereses petroleros en la guerra del Chaco, de 1932 a 1935, aunque la dimensión adquirida por algunos de los protagonistas de aquella tragedia hace imposible la valorada omisión.

Molesta el recuerdo sobre todo a quienes toman partido por los grandes empresarios, quienes se sienten agredidos cuando se desnuda la impía moral de sus “compañeros de ruta” aunque estén lejanos en el tiempo, en la geografía y en las cuentas bancarias.

Este domingo se cumplirán ochenta y dos años desde el día en que Huey Long hizo su acusación más temeraria sobre la cuestión del petróleo en aquella guerra.

La Liga de las Naciones había aprobado a fines de 1934 las recomendaciones de su Comité de Conciliación, propuesta que implicaba un alto el fuego y un retroceso de cincuenta kilómetros por ambos ejércitos, de tal suerte que se creara una zona neutral en los cien kilómetros que separasen ambas fuerzas. Curiosamente, la Liga de las Naciones pretendía que el Paraguay aceptase dicha solución sin levantar el embargo de armas que pesaba sobre sí, y del cual estaba exonerada Bolivia.

Hace casi ochenta y dos años, el 15 de enero de 1935, el senador norteamericano Huey Long declaró a la prensa: "Esta decisión de la Liga de las Naciones no es más que un mensaje dirigido al Paraguay y firmado por Rockefeller que dice: No toquen los lugares donde hemos localizado pozos del petróleo".

La falta de imparcialidad hizo que el Paraguay se retirase de dicha Sociedad poco más de un mes después, el 23 de febrero de 1935.

La Liga de las Naciones, cuyo secretario general era por entonces el francés Joseph Louis Anne Avenol, tuvo otros capítulos polémicos en su historia, como el auspicio de la política de apaciguamiento seguida por Francia con respecto a la Alemania Nazi y la Italia Fascista, o la inacción luego de que Japón abandonara la Sociedad tras apoderarse de Manchuria. Precisamente Long había llamado la atención, en mayo de 1934 desde su banca en el Senado en Washington, que se había presentado un embargo de armas en el mismo Congreso estadounidense, sin que Estados Unidos integre formalmente la Liga de las Naciones.

El pretexto para aprobar el embargo, que pasó con muy poco debate por el senado norteamericano, era que Estados Unidos era un país amante de la paz. Los comentarios huelgan.

Long, quien tiene el record del discurso más largo en el Senado norteamericano precisamente el día que la guerra del Chaco concluía, el 12 de junio de 1935, se había hecho del balance de poder para las elecciones estadounidenses de 1936. Aglutinaba al once por ciento de los votantes, y tenía virtualmente en sus manos al ganador, pero ya no podría hacer uso de ese poder.

El 8 de septiembre de 1935, habiendo abandonado el senador Long con sus guardaespaldas una sesión especial en el Capitolio Estatal de Baton Rouge, adonde había arribado desde Washington buscando zanjar en cuestiones locales de su estado, un desconocido se le acercó al amparo de la oscuridad y en ese momento se escuchó un disparo. La guardia de Long abrió fuego contra el sospechoso ocasionándole a su turno 51 heridas de bala antes de ser éste identificado como un joven y respetado médico, Carl Austin Weiss, proveniente de una familia de reconocida alcurnia en la sociedad local.

Posteriormente se sabría que Weiss había actuado como cabeza de turco y que las balas que impactaron en Long tenían otra procedencia. La polémica en torno a este asesinato a hecho correr ríos de tinta y celuloide, pero lo cierto es que a más de ochenta años de aquellos sucesos, Huey Long sigue siendo un desconocido para la historia paraguaya que se enseña en las escuelas, colegios y universidades. Una muestra más del poderío y dominio de los “grandes empresarios” que tanto se molestan cuando lo menciono, sobre la superestructura cultural paraguaya, sus planes educativos, sus historiadores, medios, periodistas y universidades.
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