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Estadísticas

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 26 de mayo de 2010, 08:04 h (CET)
Hoy, que vivimos en un orden de simples mentiras, aunque muy adaptables a las circunstancias, las estadísticas se han convertido en un conventillo al que van a rezar casi todos los poderes públicos, e incluso muchos personajes privados que, establecidos en la entelequia de que reafirmar sus aseveraciones con los datos dimanados de alguna encuesta o lo que sea, va a tener su simpleza mayor viso de ser una verdad universal.

Y no; nada que ver. Por lo pronto, hay que partir de la base de que todo, absolutamente todo, es susceptible de ser soportado argumentalmente de una manera positiva. Ya se sabe, se establece un cuadro DAFO sobre cualquier causa, objeto o asunto, únicamente se destacan las fortalezas, y listo: hasta el diablo puede salir bien parado. Tan es así que por esta causa existen planteamientos antitéticos, y, sin embargo, ambas facciones tienen sus partidarios. Dicho de otro modo: la verdad absoluta no existe, sino que todo puede ser verdad, hasta la mentira.

Si todo es defendible, así lo falaz como lo verídico, ni qué decirse tiene que la estadística es algo fetén. Me resultan particularmente simpáticas esas encuestas a pie de calle en las que el periodista de turno pregunta a los viandantes sobre su parecer en un asunto específico, pasando luego dos o tres de esas opiniones en el correspondiente telediario o programa por el estilo, cual si esos dos o tres pareceres fueran el resumen universal del sentir de la calle, pero cuando es más que posible que para emitir esas escasas opiniones positivas hayan tenido que hacer mil entrevistas que han terminado en el anonimato del cubo de la basura. Se podría decir que esto es degenerada manipulación informativa, pero como se considera tradición todo proceder con una raigambre social de más de cincuenta años, necesariamente debemos calificarlo como un tradicional acto de reafirmación, al modo y manera de aquellos perritos referéndum que, posados en la bandeja posterior de los automóviles de los sesenta y setenta, siempre iban diciendo que sí a todo. Por otra parte, estadísticamente es una abrumadora mayoría de encuestados los que se han mostrado conformes con el asunto en cuestión, al menos si consideramos sólo los que aparecieron en la tele.

La estadística es tan absolutista que si no estás en una estadística estás en la otra, siquiera sea en la de quienes no están en ninguna estadística. Vamos, que no hay manera de librarse. Así, en estos días se establece estadísticamente que ni más ni menos el 95% de los casos de cáncer de pulmón son debidos al tabaco, dato que sirve a los muy necios para cargar a muerte contra las tabaqueras, pero no contra el Gobierno que lo consiente por no analizar los contenidos perniciosos de este producto alimentario, al mismo tiempo que se forra el hígado a base de impuestazos. En realidad, el Gobierno no deja de ser el socio necesario para perpetrar el dolo, y, por ello mismo, copartícipe o cómplice de un delito de lesa humanidad o genocidio, habida cuenta del número de muertes impunes que se producen con su anuencia o indiferencia, cuando cuenta con todas las herramientas necesarias, así para prohibirlo (como la coca, la heroína o cualquier otro estupefaciente) como para impedir que las tabaqueras incorporen a sus productos sustancias nocivas y potencialmente mortales. De esta manera, si damos crédito a esa estadística, hemos necesariamente de convenir en que la Ministra de Sanidad debe darse una vueltecita por el Tribunal Penal Internacional de La Haya, y no en calidad de ilustre visitante, precisamente.

Es lo que tiene la estadística, que puede ser un coco para ciertas cosas, pero con el que hay que tener cuidado no sea que se vuelva contra el que lo empuña. En el caso de la conducción, por ejemplo, se advierte una vez y otra de los peligros que representan las bebidas alcohólicas para los conductores, pero en este caso se cuidan celosamente las autoridades de recurrir a estadística alguna, porque de hacerlo tendrían que admitir que el abstemio tiene más riesgo de sufrir un accidente que quien conduce beodo, habida cuenta de que sólo un mínimo porcentaje estadístico de los que han perecido en accidentes de tráfico tenían en sangre mayores índices de alcohol que los permitidos por las leyes pertinentes.

Esto es como con los políticos, que todos son estadísticamente buenos por ser mayoría los que no han sido pillados todavía con las manos en la masa, pero que, en el caso de otros colectivos, como la Iglesia Católica, no aplican, toda vez que unos pocos casos de sacerdotes pederastas les sirve para condenar a una Iglesia con centenas, tal vez miles, de millones de seguidores en todo el mundo. Y esto es así, cuando casi a diario nos sobresalta una nueva noticia que mete en el saco de la corrupción a un nuevo y nutrido grupo de políticos, ya sean de ayuntamientos, comunidades autónomas o del mismísimo Estado, en un número tal que la estadística les está poniendo en el brete de tener que crear, aunque estemos en crisis y no sea recomendable hacer más gastos, un Ministerio de la Corrupción para poner algo de orden en el desconcierto. Sugiero hacer una encuesta para elegir estadísticamente el diseño del edificio que aloje este necesario Ministerio: estoy seguro que por unanimidad tendría forma de un fenomenal cantimpalo.

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