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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

Testimonio de una maestra que se jubila

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 26 de mayo de 2010, 07:57 h (CET)
En estos tiempos en los que tanto se habla de fracaso escolar, violencia en las aulas, desánimo del profesorado y otras cosas por el estilo, fue una bocanada de aire fresco escuchar lo que dijo mi hermana María Elena, como acción de gracias, en la cena de despedida que le ofrecieron con motivo de su jubilación como maestra hace unos días. Copio a continuación sus palabras:

“Doy gracias a Dios por las Hijas de la Caridad, que me educaron, despertaron en mí lo vocación a ser maestra y me dieron mi primer trabajo. Gracias también a las Hijas de Cristo Rey por permitirme trabajar en este colegio durante más de 30 años, haciendo de él mi segunda casa. Gracias a todos los compañeros con los que he compartido clases, claustros y reuniones. Gracias a mi familia por entender mi dedicación y entrega a este trabajo. Gracias a Dios por ayudarme cada día a ser maestra.

Fui maestra desde el instante en que surgió una pregunta en la boca de un niño y he aprendido que la mejor maestra no es la que más sabe, sino la que mejor enseña.

Algunas de las personas que practicaron esta profesión han ganado el reconocimiento de la humanidad, mas yo represento a aquellos cuyos nombres y rostros se han olvidado hace mucho tiempo, pero cuyas lecciones y carácter se recordarán siempre en los logros de sus alumnos.

He visto a mis alumnos crecer, pasar a secundaria, llegar a la Universidad y convertir en adultos trabajadores. Me he alegrado al saber de sus bodas, del nacimiento de sus hijos y de poder ser también su profesora. También me he entristecido con sus problemas y fracasos y he sufrido con aquellos que enfermaron.

Dejando a un lado los mapas, planos, fórmulas, verbos, historias y libros, no he tenido en realidad nada que enseñar porque mis estudiantes han aprendido por sí mismos y yo he aprendido de cada uno de ellos.

Mis más grandes regalos son los que he recibido de mis alumnos. La riqueza material no es una de mis metas, pero he sido una buscadora de tesoros a tiempo completo, buscando los talentos que a veces yacían enterrados en cada uno de ellos.

Me considero muy afortunada por mi trabajo porque a un médico se le permite traer una vida en un momento mágico, un arquitecto sabe que si construye con cuidado, su estructura puede permanecer siglos, una maestra sabe que si construye con amor y verdad, lo que construya durará para siempre.

He tenido grandes aliados: la inteligencia, la curiosidad, la individualidad, la creatividad, la fe, el amor, la risa y, sobre todo, el apoyo de los padres que me concedieron el gran honor de confiarme sus hijos. A todos ellos les quiero dar las gracias.

No sé cuantos recordarán mi nombre, pero yo llevo a todos y cada uno de ellos en mi corazón. He intentado ser una buena maestra y doy gracias a Dios por todo lo que se me ha regalado, junto a la vocación de maestra, a lo largo de todos estos años.”

Mientras que los asistentes aplaudían, he pensado que en la medida en que sigan existiendo maestros como mi hermana la educación no puede ser un fracaso. Amar a los alumnos con toda el alma es más eficaz para construir personas, que los efímeros planes de estudios, los ordenadores de regalo o las novedosas y problemáticas asignaturas.

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