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Montilla, revulsivo y serenidad

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
martes, 25 de mayo de 2010, 07:51 h (CET)
La intervención del president Montilla en el Senado ha removido las aguas estancadas de los dos grandes partidos estatales sobre la renovación del Tribunal Constitucional. Quizás la cosa no vaya más allá, pero ya es algo.

Podría ser que no fuera más allá, porque el Constitucional dictara su sentencia sobre el Estatut antes que dicha renovación, que puede ser lenta, tuviera lugar. O también porque, aceptados finalmente por el PSOE, como ahora parece posible, los dos candidatos propuestos hace más de dos años por el PP, estos candidatos fueran recusados de inmediato por sus declaraciones previas sobre la inconstitucionalidad del estatuto catalán.

De todos modos, el gesto de Montilla es meritorio y loable. Cuando de todos lados le empujan hacia la radicalización, él opta por la templanza y por no salirse de las reglas del juego. Comparecer en el mismo Senado para pedir que se cumplan las leyes en lo relativo a la renovación de los miembros que están en prórroga por falta de entendimiento de los grandes políticos, es de lo más sensato.

Se le echa en cara que no haya solicitado, también, como se aprobó en el Parlament catalán, la modificación de la ley orgánica del Tribunal Constitucional. No es de descartar que esta omisión haya sido pactada con la cúpula de su propio partido, el PSOE, para no complicar las cosas, y sin duda esto será visto como un inaceptable sometimiento del President de Catalunya a su partido. Tampoco se ha apuntado a la desafortunada idea de Duran Lleida de pedir al único magistrado catalán en el Constitucional, Eugeni Gay, cuyo mandato no ha finalizado, que dimita para así debilitar más el Alto Tribunal y provocar la dimisión de otros magistrados. Suena a jugada sucia y pueril, además de inadecuada ya que precisamente Gay es de los magistrados más favorables al Estatut.

Montilla, en toda esta batalla estatutaria, montada y orquestada por los partidos, más que por la sociedad catalana, prefiere seguir la senda constitucional. Y en esta dirección intenta canalizar y catalizar los distintos y contradictorios movimientos políticos, que pugnan más por partidismo y razones electoralistas, que por sentido de la realidad.

Con todas sus limitaciones y carencias, el president Montilla, incluso cuando actúa como revulsivo para salir del laberinto estatutario, para muchos catalanes, es una garantía de equilibrio y serenidad. Cosa que no siempre se sabe – o quiere- percibir desde fuera de Catalunya.

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