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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Tirar piedras contra el tejado de uno

E. J. Dionne
E. J. Dionne
martes, 25 de mayo de 2010, 07:35 h (CET)
WASHINGTON -- Una caída en desgracia del tipo sufrido hace poco por Mark Souder, de Indiana, típicamente provoca la sonrisa de los izquierdistas recelosos de los tipos religiosos moralistas que predican una cosa y hacen la contraria.

Pero yo no me alegro de la marcha de Souder del Congreso la pasada semana tras salir a la luz que el Republicano conservador evangélico tenía una aventura con un miembro de su gabinete a tiempo parcial. Siempre pensé que él era el genuino, riguroso y reflexivo en la misma medida en su enfoque sobre cuestiones religiosas y políticas. Discrepé con él en muchas cuestiones, pero no en todo.

Escribí acerca de Souder por primera vez en 1998 porque junto al Representante Chaka Fattah, un Demócrata de izquierdas de Filadelfia, habían sacado adelante la legislación que ayuda a acceder a la educación superior a los estudiantes de centros de distritos castigados por la pobreza. Me gustó la creación por su parte de una alianza entre izquierda y derecha en aras de una buena causa en un momento en que la nación estaba desgarrada por la lucha en torno a la degradación presidencial de Bill Clinton. Souder dijo en aquella época: "Cristo se preocupa por los necesitados y los hambrientos y los indefensos y los que sufren". Bienaventurado él, pensé yo.

Unos cuantos años más tarde, solicité a Souder que asistiera a un acto junto al ex gobernador de Nueva York Mario Cuomo en el que ambos iban a reflexionar acerca del papel de la religión en su vida pública. Sus ideas fueron incluidas más tarde en un libro, junto a las respuestas de otras figuras. "Que se me pida reflexionar en torno a mi fe cristiana en la esfera pública es pedir que expulse de mi vida al Espíritu Santo mientras formo parte de la administración como congresista, y eso es algo que no voy a hacer", decía Souder. "O soy cristiano, o no lo soy".

De forma que espero que Souder encuentre su penitencia. Pero es precisamente porque esta historia toca mi fibra sensible que quiero mostrarme tan contundente como puedo frente a mis amigos cristianos conservadores: ¡Ya basta!

Basta de dividir al mundo entre cristianos amantes de la familia y los valores morales por una parte y seculares presuntamente permisivos, corruptores y destructores de los valores familiares por la otra.

Basta de simular que la virtud personal está vinculada al credo político. Basta de condenar a tus adversarios, en ocasiones con virulencia, y después insistir en la comprensión hacia los fallos cometidos por alguien de tu propia tendencia antes de que salgan a la luz. Y basta de decirnos que el apoyo a los derechos de los homosexuales y al matrimonio homosexual es sinónimo de oposición a los valores familiares y la responsabilidad sexual.

No es la supuesta superioridad de los conservadores religiosos lo que más me molesta. Nosotros los de izquierdas también sabemos mirar por encima del hombro. Es la negativa a reconocer que las presiones que ponen en peligro al estamento familiar no proceden de alguna conspiración izquierdista secular oscura, sino de fuerzas culturales y económicas que nos afectan a todos. La gente es alentada a anteponer todo tipo de cosas (ascensos profesionales, riqueza, fama, acumulación de cosas, diversas formas de autoindulgencia) a ser buenos padres y cónyuges. Nuestros lugares de trabajo no son tan conciliadores con la familia como podrían.

¿Por qué hay incluso que decir que la devoción a la familia no entiende de ideologías? En mi vecindario muy progresista de Maryland -- el 80% de mi distrito electoral votó a Barack Obama -- los padres se agolpan en las reuniones de los colegios, saturan los partidos de sus hijos, les ayudan con los deberes y les enseñan a distinguir el bien del mal basándose en valores que dudo que sean muy diferentes de los que prevalecen en entornos más conservadores. Y mientras que muchos vecinos míos son miembros activos de congregaciones religiosas, los progenitores seculares adoptan las responsabilidades familiares con igual seriedad que los padres creyentes.

Y aquellos de nosotros que somos de izquierdas insistimos en que nuestro apoyo a los derechos de los gays y las lesbianas se deriva de nuestra noción de lo que exigen los valores familiares. ¿Cómo puede traducirse el defender a la familia en mostrar desprecio a nuestros parientes, vecinos y amigos homosexuales? ¿Qué sentido tiene predicar la fidelidad y el compromiso marital y después negar el matrimonio a aquellos cuya orientación sexual es diferente a la nuestra? Los derechos de los gays y las lesbianas no van a reducir a escombros a la familia heterosexual. Los heterosexuales ya hacen un trabajo estupendo por su cuenta.

"El que esté libre de pecado que tire la primera piedra". Es un pasaje de las Escrituras que sin duda alude a Mark Souder. Pero sería estupendo que los cristianos conservadores se acordaran de las palabras de Jesucristo no sólo cuando necesitan un salvavidas, sino también cuando se sienten tentados de pronunciar discursos o enviar campañas por correo que critican con virulencia a sus adversarios políticos como permisivos libertinos anti-familia. ¿Cuántos escándalos más van a hacer falta para que la gente que se dice cristiana vuelva a descubrir los valores de la humildad y la solidaridad?

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