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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Tardes de toros y noches de lágrimas

Julio Ortega (Pontevedra)
Redacción
lunes, 24 de mayo de 2010, 08:14 h (CET)
Nos disponíamos a cenar cuando llamaron a la puerta de casa. Allí estaba la policía para comunicarnos la detención de nuestro hijo, de diecinueve años, y de tres de sus amigos, como sospechosos del apuñalamiento de un muchacho. Posteriormente, se demostró que entre los cuatro habían acorralado a una víctima elegida al azar a la que insultaron y humillaron, según su testimonio con la intención de divertirse un poco, pero parece que el asunto se les fue de las manos y acabaron por darle varios navajazos para después salir huyendo, mientras el joven se desangraba tirado sobre la acera.

“¿Cómo es posible - nos preguntábamos atormentados su madre y yo - que nuestro hijo esté implicado en un crimen tan cobarde y espantoso?” Siempre fue un chico ejemplar, que cometió, por supuesto, alguna travesura inocente propia de la edad, pero nunca nada grave. Ocurrencias como cuando con nueve años y estando con unos compañeros de juegos, le partieron sin querer la columna vertebral a un gatito. O al celebrar, como es costumbre y yo mismo hice en su día, la Fiesta de los Quintos, en la que golpearon a una burra y le introdujeron un palo por la vagina provocándole la muerte. En fin, chiquilladas de mal gusto pero sin la mayor importancia. Jamás, que sepamos, fue un chaval pendenciero ni abusón.

En todo momento le enseñamos a emplear su tiempo de un modo sano y a participar en actos culturales y artísticos. De pequeño le llevábamos al circo para que contemplase a los animales ejecutar sus números bajo el látigo del domador. Desde muy niño me acompañó durante mis frecuentes jornadas cinegéticas y en cuanto cumplió la edad preceptiva, le regalé un rifle para que pudiéramos ir a cazar los dos juntos. Muchas fueron las tardes en las que disfrutamos de fascinantes corridas de toros. Incluso viajamos buscando las manifestaciones más relevantes del acervo cultural de nuestro País y así, en familia, presenciamos costumbres como el Toro Alanceado de Tordesillas o el Toro Júbilo de Medinaceli.

Han sido años dedicados a educarle con esmero, a inculcarle consideración ante los valores tradicionales y respeto por los derechos del ser humano, alentándole a formar parte de celebraciones y festejos con los demás miembros de la comunidad. Tratamos de ser para él un modelo de conducta, un referente ético y moral. Pensábamos que lo habíamos logrado sin embargo, no asumió la integridad que le transmitimos.

No comprendemos qué pudo fallar y por qué nuestro hijo, decidió de pronto e inexplicablemente hacer uso de la violencia, sabiendo lo mucho que la detestamos. No podemos entenderlo, no cuando tanto nos hemos esforzado en hacerle ver que la libertad y la vida son bienes inviolables…

Nada de lo anterior nos ha ocurrido realmente, pero describe una historia mil veces repetida que normalmente no se cuenta, porque se prefiere ignorar la relación existente entre ciertas conductas.

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