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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Parvulario político

Ruth Marcus
Ruth Marcus
sábado, 22 de mayo de 2010, 08:29 h (CET)
WASHINGTON - Al interpretar las debilidades de los políticos, siempre he juzgado una ventaja dedicar grandes cantidades de tiempo a los niños. (BEG ITAL)¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!(END ITAL) El narcisismo del niño tiene su manifestación adulta en la carrera política: Si el egoísmo no es requisito laboral, desde luego es un atributo útil para prosperar en política.

¿Existe una explicación mejor que la sensación infantil de posesión para la ingenua explicación que daba el pronto ex Senador de Pensilvania Arlen Specter, que cambió de partido con el único objetivo de conservar su escaño? (BEG ITAL)¡Es mío! ¡Dámelo!(END ITAL) Cualquiera que haya visto una manada de políticos en estampida para ver quién habla primero en una rueda de prensa entenderá que esperar el turno y compartir con educación son cosas que a los políticos se les dan igual de mal que a los chavales de cuatro años en el arenero del parvulario.

Specter es un fascinante compendio de egocentrismo político, pero las similitudes entre los niños pequeños y los políticos eran recordadas más vivamente esta semana con las debilidades aparentemente diferentes de Richard Blumenthal y Souder Marcos.

Blumenthal, fiscal general de Connecticut y aspirante a senador, parece haber sufrido un episodio de lo que los psicólogos describirían como "pensamiento mágico" acerca de su servicio militar en Vietnam -- perdón, quiero decir en la era de Vietnam. En diversos momentos, Blumenthal describía que "hemos aprendido algo importante desde los días en que me destinaron a Vietnam". A un grupo que recibía a las tropas les dijo que "Cuando volvimos, nosotros no vimos nada de este estilo". Señalaba que "Yo hice la mili durante la era de Vietnam", añadiendo, "recuerdo las burlas, los insultos, en ocasiones hasta las amenazas físicas".

Desde luego Blumenthal sabía que no había estado en Vietnam -- y aún así, hay en sus palabras parte de la capacidad de los niños pequeños para imaginar que decir algo hace que se convierta en realidad. Blumenthal ha sido un defensor de los derechos de los veteranos, que no es la muleta más obvia en el caso de un fiscal general. ¿Hubo alguna parte de él que empezara a pensar verdaderamente en sí mismo como parte de su pelotón?

Como escribía Joan Didion en "El año del pensamiento mágico" acerca de su incapacidad para reconocer la muerte de su marido, "Pensaba como piensan los niños pequeños, como si mis pensamientos o deseos tuvieran el poder de alterar lo sucedido, de alterar el resultado". Simular que las cosas son de otra forma y la realidad concreta del imaginario constituyen la esencia de la infancia.

Del mismo modo, los políticos destacan en el arte del disfraz, asumiendo identidades (el populista indignado, el asesino del gasto político), interpretando guiones que redactan otros. ¿Es algún misterio que la frontera entre fantasía y realidad empiece a ser borrosa para algunos de ellos?

Ronald Reagan contaba historias maquilladas por doquier acerca de la forma en que había fotografiado los campos Nazis. Siendo locutor radiofónico, siguió retransmitiendo en una ocasión un partido de béisbol después de que la conexión con el partido se cortara. Joe Biden, copiando a Neil Kinnock, habló de sus (imaginarios) antepasados de las minas de carbón. Hillary Clinton describía con lucidez haber sido objeto de (inexistente) fuego de francotirador en Bosnia.

¿Fueron mentiras piadosas, o algún mecanismo misterioso del cerebro inconsciente? "Reagan es un romántico, no un impostor", explicaba su ayudante Michael Deaver. "Vio esta pesadilla en el cine, no en persona. Eso no significa que la viera menos".

Souder, el Republicano de Indiana obligado a dimitir de su escaño en el Congreso después de tener una aventura con una asistente, plantea la duda de por qué tantos políticos son infieles, y también en esto los políticos comparten similaridades con los niños pequeños. La mayoría de nosotros aprendemos, con el tiempo, a sobrevivir sin los puntos positivos y el entusiasta aplauso de los padres. No hay muchas ocupaciones aparte de la política -- la actuación se me ocurre -- que recompensen la necesidad de constante adulación. Los políticos se deshacen por el afecto de las cámaras, los electorados, la gente. La misma necesidad de gratificación del ego es, creo yo, parte de lo que motiva su deseo de tener también nuevas parejas sexuales.

Junto a esto surge otra forma de pensamiento mágico -- la falsa convicción de que ellos pueden salir impunes de ello. Cuando John Edwards negaba ser el padre del hijo de Rielle Hunter me recordaba a un niño de cuatro años, con la cara manchada de chocolate, negando haberse comido la galleta. De igual forma, Souder parecía estar convencido de salir impune de tener una aventura con una asistente -- una ayudante a tiempo parcial, según él, como si eso importara -- que había hecho las veces de co-presentadora durante un vídeo que promovía la abstinencia. No hay forma de dar sentido a esto.

Esto conduce a una diferencia importante entre los políticos y los niños pequeños. Ambos pueden ser narcisistas con problemas para distinguir la fantasía de la realidad. Pero sólo un político puede predicar la abstinencia y al mismo tiempo andar de picos pardos. Hace falta ser adulto para ser tamaño hipócrita.

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