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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Donde se habla de la clase media y su decadencia

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 22 de mayo de 2010, 08:28 h (CET)
Todo empezó en la Edad Media, cuando cada noble era una especie de virrey y los reyes tenían que buscar su apoyo en cuanto querían emprender una guerra contra alguno de sus países vecinos, con los que habitualmente estaban enfrentados, en la mayoría de casos por un quítame allá este castillo o por devuélvame usted aquello de lo que se ha apropiado mientras estaba distraído. Los señores feudales eran gentes hábiles en sacar partido de su posición, sabiéndose imprescindibles para los monarcas y objeto de adulaciones y presentes por aquellos otros que buscaban su complicidad para despojar, a los monarcas, de parte de sus territorios. Entre aquellas batallas políticas y dimes y diretes entre naciones vecinas, siempre los había que supieron sacar beneficios con sus trabajos artesanos, aquellos que, emulando a los actuales comerciantes y fabricantes, en menor escala, se dedicaron a la fabricación de toda clase de objetos, pertrechos, utillajes, atalajes, telas, vasijas y, en especial, toda clase de artilugios bélicos, desde armaduras a arcos, lanzas, porras, hachas y otros muchos ingenios con los destrozarse los unos a los otros. Aquellos primeros artesanos ofrecían a los caballeros y guerreros del enclave en el que se habían instalado, en el “burgo” en el que ellos y sus familias se habían asentado, todos aquellos objetos que pudieran desear. Formaban parte de lo que, más tarde, fueron conocidos como “burgueses” y que, a partir de su consolidación como “comerciantes”, tuvieron que empezar a sufrir el castigo por ser los que trabajaban de verdad, creaban riqueza, construían edificios y llenaban sus faltriqueras de monedas; lo que pronto despertó la envidia de los que se conformaban con verlos trabajar.

Esto fue sólo la historia. Ahora, los descendientes de aquellos esforzados creadores de riqueza, utilizan otros métodos, comercian en todas las partes del mundo, se comunican a distancias nunca sospechadas y forman un colectivo al que se ha dado por denominar clase media. No son los más ricos, ni los más poderosos, ni los más fuertes ni siquiera los que tienen más influencia dentro de un país, pero eso sí, son los que continúan trabajando. Hay clases dirigentes que dominan las finanzas, que dicen que trabajan pero, en realidad, se aprovechan del trabajo de los otros; hay políticos que dicen que se ocupan del bienestar del pueblo, pero que no son más que sabandijas que procuran para sí mismos, buscando enriquecerse a costa de aquellos sobre los que gobiernan; también los hay que especulan y se valen de su posición privilegiada para comprar barato y vender caro, de modo que, en apenas unas horas, son capaces de doblar sus fortunas; los hay que viven del cuento, que han conseguido alcanzar la fama y esto solo les ha bastado para convertirse en parias de la sociedad pero, eso sí, con los bolsillos rebosantes de dinero, en fin, que existe una clase, polifacética, polimorfa, multicultural y súper adinerada, que se ha instalado cerca del poder y se aprovecha de él para medrar y enriquecerse a costa de aquellos que soportan el peso del país, los que trabajan y crean riqueza para que otros se aprovechen de ella. Los profesionales liberales, los empleados, los comerciantes, los enseñantes, los catedráticos, los escritores, los marinos, los técnicos y altos empleados de las empresas, los inventores y todo un etcétera de personajes, autónomos o dependientes, que constituyen el grueso de eso a lo que, en la actualidad, se conoce como la “sufrida clase media”. Lo de “sufrida” viene de la maldición que ha caído directamente sobre esta casta, cuando se canalizó hacia ella la gran abominación que Dios lanzó sobre los hombres, al anatemizar a nuestro primer padre, Adán, con el gran estigma de “trabajarás y te ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Sin embargo, los más listos, los más impíos, se negaron a aceptar su parte de condena y han conseguido que toda ella caiga sobre los obreros, que trabajan, ganan poco, pero también pagan menos impuestos y la clase media que trabaja, gana lo mismo que los obreros, pero, vaya usted a saber por qué, siempre carga con toda la clase imaginable de impuestos, tasas, arbitrios, recargos y demás zarandajas, de modo que, en última instancia, siempre resulta ser la parte de la ciudadanía que sale más vapuleada.

Y hete aquí que, de nuevo, este Gobierno famélico que estamos padeciendo, ha vuelto a fijar su ávida mirada sobre las escuálidas economías de este colectivo, especialmente atacado por los males anunciados por el Apocalipsis, que ha sido golpeado por el paro, que ha renunciado a “las conquistas sociales” de las que disfrutaba gracias sus muchos años de trabajo; que está sobreviviendo, pendiente de que la empresa en la que trabaja lo despida; que tiene una edad en la que nadie lo va a contratar si pierde el trabajo y que, en gran parte, confió en las promesas que, ZP y su Ejecutivo, hicieron al comienzo de la primera legislatura. Ha sido Zapatero y no Rajoy quien, después de haber prometido que no subiría los impuestos, ahora se desdice y los va a subir y, precisamente, serán aquellos que afectan en particular a los más débiles, como ocurre en el caso del IVA, se anuncia la reimplantación del Impuesto sobre el Patrimonio, mucho más gravoso para los pequeños propietarios que para los grandes terratenientes; se recobrará el injusto impuesto de Sucesiones, un impuesto incautatorio que contempla la doble imposición sobre el mismo patrimonio. Sigue el despilfarro público, como las grandes cifras que se les entregan a los Sindicatos; sin que se hayan tomado medidas verdaderamente importantes para recortar los excesos de endeudamiento de las autonomías; no se han suprimido los miles de coches oficiales de los que se benefician los políticos; no se han aplicado verdaderas medidas de control del gasto, realizando auditorias de los ayuntamientos, diputaciones, partidos políticos, patronales etc.; no se han suprimido funcionarios en autonomías en las cuales todavía se mantienen oficinas estatales; y así podríamos seguir en una lista inacabable de ejemplos de cómo recortar gastos inútiles. En cambio, vamos a ser los jubilados, los funcionarios (sin tener en cuenta la distinción entre los contratados por simple clientelismo de aquellos que ingresaron por oposición); los trabajadores y la clase media, los directamente afectados por los recortes del gasto público y por el aumento de los impuestos y, todo ellos, sin que el Gobierno haya hecho el menor gesto de arrepentimiento por su nefasta política ni haya cambiado el rumbo de su gestión. Ha tenido que ser el señor Obama, la amenaza de quiebra que pesó sobre España la semana del 3 al 7 de este mes y la presión del FMI, el BCE y la de las naciones del resto de Europa, la que nos a puesto en cuarentena y sometidos al control exhaustivo de dichos organismos de la CE..

Pero no crean que esto haya acabado con Zapatero que intentará, como es su costumbre, darles gato por liebre a Europa y seguir con sus ideas de llevar a España al pantano donde ya se están hundiendo sus dilectos amigos, los señores Evo Morales, Sánchez , Correa, Lugo, la señora Fernández o el señor Ortega ,de Nicaragua; cuyo deporte favorito parece ser el venir a España para insultarnos, para desautorizar a nuestra Justicia y defender a un juez que, como todo español, le guste o no, sigue estando bajo el imperio de la Justicia. Y ¿el señor ZP, qué es lo que ha hecho al respecto? ¡Nada, en absoluto; callar y poner cara de tonto que, eso sí, la pone a la perfección! Es imposible que, con semejante Gobierno, España pueda aguantar otros dos años y, quisiera equivocarme, pero, si seguimos en manos del actual equipo de gobierno, mucho me temo que, Europa, acabe por echarnos de la CE. ¡Lo que faltaba!

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