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Etiquetas:   memoria histórica   Historia   -   Sección:   Opinión

Desmemoria histórica

“Dicen los viejos que en este país hubo una guerra, y que hay dos Españas que guardan aún el rencor de viejas deudas”
Francisco J. Caparrós
martes, 10 de enero de 2017, 00:37 h (CET)
Puede parecer muy poco probable que en este bendito país de contrastes, y con los altos niveles de escolarización que se han alcanzado en estas últimas décadas post transición, todavía haya gente de dieciocho en adelante que ignore que en los primeros años del segundo tercio del siglo XX tuvo lugar una sangrienta conflagración fratricida que dividió a España en dos facciones ferozmente confrontadas, y sin embargo la hay. Una prueba más que irrefutable de lo que digo ha circulado alegremente por la red de redes, donde cualquiera que dispusiese de conexión a internet, un mínimo de curiosidad y arrestos suficientes como para tragarse, aunque breve, un fragmento del infame concurso “Ahora caigo” de Antena 3, podía ser testigo de cómo el público asistente se echaba las manos a la cabeza sorprendido por la ignorancia supina de los dos concursantes que en aquel momento se encuentran dirimiendo sus fuerzas, el uno para asegurar su estatus y el otro para lograr usurpárselo.

No deseo extenderme tanto en la forma como con el fondo, que después de todo es de lo que trata en realidad este artículo: olvidar nuestra historia, por ajena y vetusta que nos pueda parecer, conlleva en sí misma el peligro de que ésta vuelva a repetirse; frase en exceso trillada, eso es cierto, pero que aun así no deja de ser amargamente axiomática. Aunque tampoco es cuestión de estar dándole continuamente a esa suerte de manivela cuántica que nos retrotrae de modo preocupante en el tiempo, puesto que ni es sana tal vehemencia para nosotros ni justa para aquellos que nos suceden. De eso se quejan algunos, por cierto, pero sin excesiva razón cuando confunden memoria con desagravio. La una sin la otra, por extraño que pueda parecer, es posible. Si hemos llegado hasta aquí, sin sacarnos los españoles nuevamente los ojos unos a otros quiero decir, es porque por ambas partes se han ido respetando unos límites que en un pasado no muy lejano se transgredieron.

Por fortuna en Baleares, comunidad autónoma desde la que transcribo estas sucintas líneas, nos hemos tomado muy en serio la denostada Ley de la Memoria Histórica. Así pues, por una vez y sin que sirva de precedente, puedo decir que somos ejemplo de algo.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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