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Etiquetas:   Cristianismo originario   Amor   -   Sección:   Opinión

La vida es una escuela para el amor

El amor verdadero no tiene gestos externos
Vida Universal
martes, 10 de enero de 2017, 00:33 h (CET)
A lo largo de la historia las personas que han aspirado a la espiritualidad, se dieron cuenta de que el amor verdadero que crece en el interior no es algo exagerado, es un sentir que produce alegría interna profunda, franqueza y compenetración con el prójimo. El amor verdadero y por ello divino, no se vanagloria, es reservado y espera, sin embargo se regala en todo momento donde es necesario y conveniente. Por ello a los verdaderos sabios espirituales, se les considera a menudo como personas frías, faltas de amor y duras, porque no cultivan el amor exagerado, el amor humano, sino el amor desinteresado que fluye desde el interior y que se une con lo interno en el prójimo.

El amor verdadero no tiene gestos externos, es un dejar fluir la corriente interior. Desde el interior deberían fluir hacia el prójimo las fuerzas del amor desinteresado y de la benevolencia. Gestos externos, apretones de manos y abrazos con muchas palabras de amor y apasionamiento es amor humano, es exagerado.

No debemos imponer ninguna presión a nuestro prójimo, tampoco mediante un amor humano exagerado. Muchos creen poder convencer a su prójimo con amor y cautivarlos con ello, pero esto significa abusar del amor. Cada persona tiene su libre albedrío y debe conservarlo, pues el amor interno es una entrega tranquila, que se regala, una comprensión profunda del prójimo. El amor exagerado es humano y no da testimonio de reconocimiento profundo ni de sabiduría divina. Sin embargo la vida terrenal es una escuela del amor y de la sabiduría divina y quien ha terminado con buen éxito esta escuela, ha cumplido la finalidad de su vida terrenal.

El amor es el poder más grande en el Universo, un poder que traspasa a todas las formas de vida. Deberíamos reconocer en todo la belleza y acoger todo en nosotros llenos de agradecimiento, respeto, amor y admiración. Entonces experimentamos a cada instante sucesos espirituales profundos e indescriptibles, en torno a nosotros y también dentro de nosotros. En ello muere nuestro yo humano y surge lo interno, la grandeza de nuestro Ser eterno.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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