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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La diversidad

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
viernes, 21 de mayo de 2010, 07:12 h (CET)
La vida es diversidad que ha de converger en lugar de divergir. Sólo hay que mirar y ver. Cohabitamos, queramos o no, en un mar de variedades lingüísticas, religiosas, culturales. Las cuerdas que amarran el respeto de unos por otros son, en general, cuerdas de necesidad; como dijo el escritor francés Blaise Pascal. No en vano, cuando los que mandan pierden las formas, los que obedecen también extravían la consideración hacia los que rigen. Algo parecido viene pasando ahora en el mundo. Se han perdido tantos fondos humanos, por no tener en cuenta la dimensión integral de la persona, que el desorden social contribuye a separarnos aún más. Son muy pocos los que en verdad luchan por confluir las diversidades en el bien común.

El mundo, todo el mundo, tiene que caminar al encuentro de la diversidad y aceptar la diferencia. Un grupo de relatores independientes de la ONU destacó recientemente el vínculo indisoluble entre la diversidad cultural y el respeto a los derechos humanos. Esa tolerancia hacia la pluralidad sólo puede prosperar en un ambiente de respeto a la libertad de expresión, al libre flujo de información y a la protección contra todo tipo de discriminación. Ciertamente, la lucha por la liberación del ser humano le queda todavía un largo camino. Al enjambre de relativistas culturales y filosóficos que niegan que todos los valores sean universales, hay que sumarle otras bandas que barren para sí los derechos, obviando la universalidad de los mismos, junto a una multitud crecida que olvida la relación entre derechos y responsabilidades.

Somos un planeta diverso de vida diversa, donde todos somos precisos y necesarios. La diversidad biológica, que permite la combinación de múltiples formas de vida, tiene mutuas interacciones con el entorno, que es lo que acrecienta y sustenta la existencia. Esto nos obliga a reforzarnos como pueblo que se ayuda, que coopera y propaga el diálogo, reemplazando las barreras de la desconfianza por puentes de recíproca comprensión. Hay, pues, que apostar por hacer realidad que converjan las diversas culturas y activar la libertad de culto, porque el diálogo interreligioso e intercultural no es una elección más, es una exigencia vital. Unidos, nos mantendremos en pie; divididos, nos caeremos. Lo cruel será el día en que no podamos levantarnos más, por golpearnos unos contra otros, o sea, todos contra todos. De nada servirá entonces el arrepentimiento. Será tarde.

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