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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Las limitadas elecciones de las mujeres

Ruth Marcus
Ruth Marcus
jueves, 20 de mayo de 2010, 07:02 h (CET)
WASHINGTON -- No es gay, ¿vale?

En la práctica, el debate demasiado público de la cuestión teóricamente privada de la sexualidad de Elena Kagan sería más fácil si la candidata a ocupar la vacante del Supremo fuera gay.

Desde mi punto de vista (de heterosexual, madre y casada), una magistrada homosexual supondría un beneficio para el tribunal y para el país. Para el país porque precipitaría la inevitable aceptación de los estadounidenses homosexuales en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Para el tribunal porque -- como pasa con cualquier perspectiva adicional -- una juez abiertamente homosexual se sumaría a la riqueza de interpretaciones de los casos, particularmente los referidos a los derechos de los homosexuales, que llegan a su sala.

Pero Kagan no es homosexual, a pesar de los cotilleos infundados que apuntan lo contrario. Cuando esta charla se filtró a los medios de comunicación hace unas semanas, fui reacia a tomar parte en un tema que parece innecesariamente intrusivo - que se reduce, como es el caso, a la pregunta: Si no es homosexual, ¿por qué no se ha casado? Ahora que es candidata a ocupar la vacante, sin embargo, parece que el tema no va a desaparecer a corto plazo.

La encantadora imagen de Kagan con un bate de béisbol en la mano que The Wall Street Journal publicó en su portada el otro día ha sido calificada por algunos activistas de los derechos de los homosexuales como la advertencia velada de Rupert Murdoch sobre la sexualidad de Kagan. Yo pensé que la fotografía, sacada de un torneo entre profesores del claustro de la Universidad de Chicago, la acercaba a parecer una persona real y menos una empollona. Nota a los teóricos conspiracionistas: las mujeres heterosexuales saben jugar al béisbol también. En ocasiones un bate de softball es sólo un bate de softball.

La compañera de cuarto de Kagan en el colegio mayor de la facultad de Derecho (y buena amiga mía) Sarah Walzer aclaraba las cosas en una entrevista con el Politico: "La he conocido durante gran parte de su vida adulta y sé de primera mano que es heterosexual", declaraba Walzer. "Salía con hombres en la facultad de Derecho, hablábamos de hombres -- qué compañero de clase era atractivo, con quién le gustaría salir, todas esas cosas. Desde luego salía con alguien estando en Washington tras la facultad, cuando estuvo en Chicago -- y simplemente no encontraba a la persona adecuada".

Hay cierto matiz sexual en el debate de Kagan, pero no pasa de ser sexismo rudimentario: damos por sentado que una mujer soltera de cuarenta y tantos o cincuenta y tantos "tiene" que ser lesbiana. La verdad es que se da el mismo cotilleo sobre hombres solteros o separados en la vida pública. Imaginemos la candidatura de David Souter en la era del bloguerío sin obstáculos. La especulación en la red en torno a su soltería habría sido implacable.

La parte en la que el sexo entra en el debate involucra las razones subyacentes. Yo no conozco a ningún hombre soltero de cierta edad que no hubiera preferido casarse. No conozco muchas solteras que no digan preferir que sus vidas se hubieran desarrollado de forma diferente
La realidad brutal es que si un hombre soltero de 40 y tantos ó 50 y tantos decide, bueno, que más vale tarde que nunca, él tiene opciones -- parte de ellas las que tenía a los veintitantos o 30 y tantos. Una mujer soltera no tiende a tener el mismo abanico de opciones.

Y -- aquí es donde está el truco -- ¿qué pasa si la mujer soltera es, digamos, la decano de la Facultad de Derecho de Harvard? ¿O la fiscal general de los Estados Unidos? ¿O una juez del Supremo? El poder es el afrodisíaco definitivo, que decía Henry Kissinger, pero sus mágicas propiedades parecen surtir efectos sobre todo sobre el sexo débil.

Walzer tocaba este tema en sus declaraciones al Politico, describiendo la forma en que, en la facultad, Kagan y ella discutían formas de resultar sofisticadas e inteligentes sin intimidar a los candidatos de citas potenciales. "Es un desafío presente para las mujeres inteligentes -- no abundan los hombres que eligen a las mujeres que son más inteligentes que ellos", decía Walzer.

Esto puede sonar al principio a mentalidad arcaica -- más propio del campus de la Wellesley de mediados de los años 50 que de la Facultad de Derecho de Harvard de mediados de la década de los 80. Por casualidad, yo me encontraba en la Facultad de Derecho de Harvard de mediados de la década de los 80, y no creo que los varones se sintieran repelidos por las mujeres inteligentes.

¿Pero disuadidos por las mujeres más inteligentes que ellos? Muy probablemente, incluso si no era de forma consciente. Contra más inteligente y más éxito tiene la mujer, más compleja se vuelve la dinámica de las citas: hay que presentar ese intelecto y competencia de forma que el paquete resulte menos amenazador.

Como digo, si Kagan fuera homosexual, sería un debate mucho más fácil.

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