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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Un pingüe ahorro

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 19 de mayo de 2010, 06:59 h (CET)
Los mayas y los aztecas, entre otros pueblos mexicas, tenían formas muy expeditas de resolver algunos problemas políticos y demográficos, pero siempre dentro de los estrictos cánones divinos. Si les molestaba mucho el tlatoani de turno, pues iban los sacerdotes y, en vez de dar rienda suelta a un Tejero cualquiera, decían que los dioses sólo se satisfarían con la sangre del mandamás, y, ¡hala!, el reyezuelo a hacerse una excursión al teocalli, donde, sin Christian Barnard ni nada, le hacían una extirpación cardiaca como si tal cosa.

Con la cosa de la ancianidad eran más o menos igual de finos. Si el año no era bueno en cuanto a cosechas o se disparaba el número de jubilatas que tomaban el sol al pie de las pirámides, se reunían los sacerdotes –que eran muy de reuniatas-, se daban un peyotazo, decían que si los dioses les habían dicho que había que sacrificar a algunos ancianos para ofrecer en holocausto su mucha sabiduría, y dejaban el antiguo Inserso con el presupuesto fané. Sería por iluminación divina o lo que sea, pero no tenían grandes problemas presupuestarios con los abueletes o con los improductivos, porque también tenían sus cosillas si había mucho minusválido, dependiente o cosa por el estilo. En fin, que eran muy suyos.

Pero no eran los únicos, ni mucho menos. Los esquimales, por ejemplo, cuando las personas llegaban a esa edad en que ofrecérselas a los visitantes era más un asco que un acto de cortesía, los enviaban a las inconsolables llanuras heladas a por margaritas, con el encargo de no regresar si no lo hacían con un espléndido ramo. Y, oiga usted, como que no tenían problemas con la jubilación, y en lo doméstico los abueletes ocupaban más bien poquito espacio. Los pueblos nórdicos, muy considerados ellos con sus mayores, sabiendo que los ancianos tenían un paso corto y lento, si es que no arrastraban los pies y se hacían de todo antes de llegar al baño, pues cuando llegaban a los albores de la senectud les animaban a irse de excursión hasta el Walhalla, a ver si iban a demorarse demasiado y luego se quedaban sin apartamento.

Como se ve, salvo el humor amarillo de los esquimales, los pueblos de la antigüedad resolvieron perfectamente el problema de la jubilación, algo que no puede hacer nuestro Gobierno porque no tiene un mal panteón de dioses que pidan holocaustos sangrientos o un Paraíso distinto del Benidorm ése de la mamá de la señá de los encuentros cósmicos, y con el CGPJ y del Supremo, que son los sacerdotes de su tiempo, no se llevan muy allá. Una lástima, porque resolverían el problema de una buena vez y para siempre, en vez de verse obligados a matar de hambre y disgustos a los ancianos con el objeto fin de gastar menos en ellos para poderles dar mucho más a los muy ricos. Con la cosa de los improductivos funcionarios no me meto, porque todo el mundo sabe que aquí todos cuantos han ido pasando en plan mandamás por las diferentes, múltiples y muy muchísimas Administraciones han ido colocando a toda la parentela, amigos, amiguetes, troncos, coleguis y demás fauna personal. Aunque los echaran a todos se notaría poco, salvo en el presupuesto.

Total, que el Gobierno no puede resolver el inmenso problema de esta civilización de vejestorios y prejubilados cuasi adolescentes con los que, en base a trampas perpetradas con su culposa connivencia, las empresas han abultado hasta lo astronómico el volumen de los perceptores de jubilación, simplemente porque son unos pedazos de ateos y no tienen a un simple Tlaloc o a un mal Huitzilopochtli que llevarse a los credos, o, siquiera sea, a un Wotam al que echar un rezo en épocas de crisis. Sin embargo, si como san Pablo cayeran del caballo ante la luz divina de la iluminación, el remedio presupuestario estaría ahí al lado y bastaría entonces con hablar con los mandingas para acabar de una vez y para siempre con los pactos de Toledo, el Inserso y lo que sea. Como siempre, las soluciones son cosa divina.

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