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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Multa paucis

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 18 de mayo de 2010, 06:32 h (CET)
Dentro de su natural diferencia, e incluso de su importancia, en muy poco tiempo he perdido a mi padre y a mi perro. Mi padre murió de muerte natural a una edad ya muy avanzada, sin saber siquiera que se moría; mi perro tuvo que ser sacrificado, porque la vida ya representaba para él un infernal dolor sin recompensa. La muerte de ambos me ha sorprendido justo a esa edad en la que uno comienza a hacer balance, a comprobar mediante hechos cuántas de aquellas metas que se fijó en la juventud han sido alcanzadas, y cuántas de ellas no serán alcanzadas jamás.

En realidad, mi padre murió hace mucho tiempo, sólo que lo hizo poco a poco, sin enterarse siquiera de que su alma estaba abandonándole. Un día, se le borró un recuerdo; otro, se olvidó de un amigo o un conocido o un pariente; y por fin, fue olvidándose de sí mismo, de los porqués de la vida o del objeto de la existencia. Murió, pero su cuerpo siguió viviendo en un autismo atávico de vida que se niega a entregar el aliento. Murió como había vivido sus últimos años, sin mostrar oposición a nada que le pidieran, con esa obediencia de muñeco, dando un salto seguro y manso desde la vida a la vertiginosa muerte. Murió sin queja, sin rebeldía. Mi padre perteneció a esa Generación del Silencio que tuvo su infancia en la Guerra Civil y una adultez que consagró a trabajar en varios empleos para que su prole –cinco hijos- pudiéramos estudiar, formarnos y creernos dioses de chicha y nabo porque habíamos leído a Marx o porque sabíamos que el Everest no es navegable. Calló siempre, a veces demasiado obedientemente, para que nosotros no viviéramos el infierno de la división social y el odio, y para que nuestro porvenir fuera más halagüeño que el que según su credo él tuvo que padecer. No estoy muy seguro de eso; pero una vez muerto, cuando contemplaba su cadáver, supe que su sacrificio, gris y sin lustre, fue el más espléndido acto de generosidad y entrega que pudo haber realizado. No entregó su vida en un acto heroico que mereciera aplausos o reconocimientos, ni enarboló esas enormes banderas de los avatares, sino que su heroísmo fue entregar su vida día a día durante una larga existencia, siempre callado, riguroso, recto. Conocí a mi padre por primera vez cuando contemplé su cadáver, ya con el libro de su vida sellado para siempre. Entonces supe que su silencio fue un clamor de afecto, y que su aparente distanciamiento fue el mayor respeto que puede ofrecer el mejor amigo.

Mi perro, un imponente mastín, expiró con la mansedumbre de un cordero. Nunca mostró rebeldía, sino sumisión absoluta, incluso en las ocasiones en que no fui demasiado justo con él o cuando sofqué con él mi frustración, castigándole sin motivo. Siempre obediente, fue el celoso guardián, el amigo incondicional, el fiel entre los fieles, sin pedir nada –incluso cuando alguna vez se me olvidó darle su ración de pienso, o soportando con infinita paciencia los molestos juegos de mi hija. Siempre quiso sin esperar otra cosa, acaso, que una mano amiga en el lomo. Hasta intentaba sonreír –cosa verdaderamente atípica- cuando después de algunas horas sin vernos, salíamos al jardín o volvíamos a casa. Con su habitual mansedumbre, cuando contrajo el cáncer que estaba matándole y supimos que no había más horizonte que un terrible dolor, me siguió con infinita docilidad hasta la sala de eutanasias. Estoy seguro que presentía –sabía- que era su último paseo. Incluso cuando ya con el tranquilizante forzándole a ingresar en esa antesala de la muerte que es el sueño narcótico, quiso levantarse para seguirme a la oficina donde hube de rellenar el formulario de cesión que legalizaba la muerte compasiva. Con su enorme cabeza entre mis manos, saltó en silencio desde esta vida a aquella nada o a aquel Cielo. Ojalá que algún día pueda volver a encontrarlo, no importa en qué vida sea.

Cuando era joven, desde muy niño, me hice el propósito de cambiar el mundo, escalar a las cumbres de la notoriedad para mejorar este sindiós en que la sociedad cada tanto. Creí en revoluciones, en mesianismos, en patriotismos que me hacían descollar sobre otros -¡pobres!- hombres. Delirios de juventud, en fin. Poco a poco, a medida que mi vida iba transcurriendo y que veía ilusiones semejantes en mis hijos a medida que crecían, supe de lo absurdo de mis querencias: ya era importante, sólo por haber nacido. Sólo me quedaba ser lo que debía ser con aquellos que Dios o la vida me había confiado: mis hijos, mi gente y mis amigos. Poco a poco, como mi padre, me he ido olvidando de esos delirios de grandeza y ya me conformo con no ser dañino para nadie, con dar una mano a quien pueda necesitarla, con entender a todos –menos a los que difunden el odio- y disfrutar este regalo de la vida que es sentirla en todas sus manifestaciones. Las otras aspiraciones, como mi padre y mi perro, me parecen ya insoportablemente vacuas. Multa paucis.

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