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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Ande yo caliente

Luis del Palacio
Luis del Palacio
martes, 18 de mayo de 2010, 06:22 h (CET)
Los españoles tenemos fama de conducirnos por la vida con buen humor. El dicho “a mal tiempo, buena cara” define parte de nuestra esencia. Pero sólo una parte. Y es por ello que el turista, o quien viene de fuera para pasar entre nosotros unos cuantos días o algunas pocas semanas, se lleve a casa la impresión de que en España siempre andamos de jarana, de que siempre por aquí “luce el sol”.

Y, sin embargo, es ese lado en sombra de nuestro carácter con el que frecuentemente tropezamos. La envidia y la insolidaridad son los acólitos de esa penumbra, por mucho que se insista en lo buenos que somos cuando cruje la tierra por un terremoto.

Hace casi una semana que nuestro inefable Zapatero, impelido por las penosas circunstancias de nuestra economía, pero, sobre todo, por nuestros “socios europeos”, se veía en la necesidad de (¡por fin!) adoptar algunas medidas para tratar de remediar poco a poco una situación que abocaba al país a la bancarrota.

La reducción inmediata y posterior congelación del sueldo de los funcionarios y el estancamiento de las pensiones contributivas para el año 2011 son, a todas luces, medidas quirúrgicas destinadas a frenar una hemorragia que, de no detenerse, acabaría por dejar exangüe nuestro país. Remedios parciales e impopulares que exigen de la población afectada un grado de comprensión y colaboración que nos falta.

Porque no se trata de cebarse con el más débil, sino de contribuir a una causa común. Ni tampoco se trata de hacer concesiones a un gobierno que ha demostrado ampliamente su incompetencia, sino de colaborar en lo único en que ha probado tener un poco de sentido común.

Los sindicatos, callados hipócritamente desde que comenzó la crisis, han puesto el grito en el cielo un instante después que el gobierno expusiera su plan de drásticos recortes. Arguyen que con él se atenta contra ciertos derechos fundamentales de los trabajadores (Habría que preguntarles: ¿Qué ocurre con los de los parados que no cobran subsidio?, ¿Acaso no son ellos también trabajadores aunque, paradójicamente, no trabajen? ¿Quién vela por sus intereses?)

Por su parte, los funcionarios del Estado –un amplio grupo social que goza del privilegio de tener un puesto de trabajo en propiedad- han proclamado que “ellos no han de ser los paganos de la crisis”, y amenazan con paros, huelgas y otros pataleos. Unos y otros se miran el ombligo, incapaces de aceptar que el bien común exige de todos, aquí y ahora, un sacrificio.

Y la oposición no construye ni aporta ideas; tan sólo hace leña del árbol caído (porque Zapatero, sin duda, ya ha caído) y aguarda impaciente el desguace final.

Hoy pocos creen ya que el gobierno socialista acabe la legislatura, y, como parece imposible que prosperase una moción de censura, sólo queda esperar a que el Presidente tome la decisión de disolver el Parlamento y convoque elecciones generales.

Llegará el otoño; las embarazadas se apresurarán a parir antes del 31 de diciembre y los resignados fumadores nos arremolinaremos en las esquinas, protegiéndonos de la ventisca frente a la puerta de cualquier ministerio, confundiéndonos con otros fumadores –funcionarios, sindicalistas, inmigrantes, parados, jubilados, beneficiarios de la Ley de Dependencia- para, como hacen los buenos asturianos, rogar a la Santina que el nuevo gobierno –el que haya de ser- nos coja confesados.

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