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Etiquetas:   Estados Unidos   Política   -   Sección:   Opinión

California dreamin

Los norteamericanos, tan atrevidos para algunas cosas pero tan retrógrados para otras tantas
Francisco J. Caparrós
martes, 3 de enero de 2017, 00:14 h (CET)
Sorprende bastante que en el treintaiunavo estado norteamericano se vaya a dar vía libre en breve al consumo, venta y posesión de marihuana, mientras que por otra parte se mantiene inmutable la pena de muerte. Es cierto que desde enero de 2006, año en el que fue ejecutado un tal Clarence Ray Allen mediante inyección letal por el asesinato de diez compatriotas algunos años antes, el cadalso californiano permanece inactivo, pero eso no significa que en cualquier momento su maquinaria no pueda ponerse en funcionamiento.

Menuda responsabilidad la del gobernador de turno, eso es cierto. Claro que para postularse al cargo tiene uno que estar previamente dispuesto a firmar sentencias de muerte como si tal cosa, algo de lo que no todos sin duda alguna seríamos capaces. De hecho, yo no estoy siquiera de acuerdo con la pena de muerte. A mi juicio, ningún ser humano tiene derecho a quitarle la vida a otro. Y si hablamos de instituciones, todavía peor. La Justicia no puede pretender llamarse de ese modo, cuando impide a un individuo la posibilidad, por remota que esta sea, de reintegrarse con garantías a la sociedad que, por las razones que fueren, defraudaron.

Qué le costaba a Schwarzenegger, por entonces gobernador del estado, permitir a un anciano de setenta y seis años que acabase sus días en la cárcel, es lo que me pregunto. Si estando a buen recaudo como se presume que estaba no podía hacer ningún daño a nadie y, además, tendría tiempo más que de sobra como para cavilar y arrepentirse unas cuantas veces de los crímenes que le condujeron a prisión.

Soy consciente de que lo que acabo de decir no lo comparte todo el mundo, o al menos no en esos mismos términos. Algunos creen, los menos quiero pensar, que las prisiones modernas no sirven para otra cosa más que para alentar a cometer nuevas y más atroces fechorías en los condenados, pero resulta que en ningún caso fueron concebidas para tal fin sino con el ánimo de reinsertarlos. Una sociedad que abandona a su suerte a sus miembros más vulnerables, está sembrando las bases que la conducirán indefectiblemente hacia la consunción.
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