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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Despierta, América

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
sábado, 15 de mayo de 2010, 07:16 h (CET)
WASHINGTON -- Puede que crea que la inestabilidad económica de Europa pondrá la nota de urgencia al debate presupuestario de América. Después de todo, el elevado endeudamiento y el alto déficit público son los orígenes de los problemas de Europa, y son los mismos problemas que afligen a Estados Unidos. Pero no. La mayoría de los estadounidenses, empezando por los líderes políticos de la nación, restan importancia a lo que sucede en Europa considerándolo un drama continental de escasa relevancia para ellos.

Lo que los estadounidenses evitan con resolución es el debate realista del papel deseable del gobierno. ¿Qué tamaño debería tener? ¿Debería favorecer a los ancianos o a los jóvenes? ¿Desplazará el gasto social al gasto en defensa? ¿Deprimirá el crecimiento económico una administración mayor a través de déficits más altos o impuestos más elevados? Nadie entra en este debate, porque si se conduce con rigor, decepcionará a conservadores y progresistas en la misma medida.

Confrontados por la perspectiva de enormes incrementos del gasto -- reflejo de una población que envejece y del gasto sanitario disparatado -- los izquierdistas tendrían que reconocer que habría que reducir las prestaciones y el gasto. Viendo que el gasto público total subiría después incluso de acometer estos recortes (más gente se acogería a las prestaciones, incluso si los niveles de prestación descienden), los conservadores tendrían que reconocer la necesidad de impuestos más altos. Tanto en la izquierda como en la derecha, los convencidos bramarían.

La falta de seriedad es definida por tres palabras que brillan por su ausencia: "Equilibrar los presupuestos". Estas palabras son un tabú. En febrero, el Presidente Obama constituía la Comisión Nacional de Responsabilidad Fiscal y Reformas (llamémosla Comisión del Déficit). Su papel consiste en proponer medidas que reduzcan el déficit a niveles de "la servidumbre de la deuda" para el ejercicio 2015 con la finalidad de "estabilizar el margen deuda-PIB a niveles aceptables".

¿Entendido? ¿No? Bueno, se supone que no lo ha de entender. Toda la verborrea sobre estabilizar márgenes de "deuda frente a PIB" y conceder trato preferente al pago de la servidumbre son ejemplos de jerga presupuestaria. Es el lenguaje de "los expertos", empleado para amortiguar el debate y convencer a la gente de que "se está haciendo algo" cuando se está haciendo poco o nada. Por ejemplo, el objetivo presupuestario fijado por Obama para el ejercicio 2015 implicaría un déficit de alrededor de 500.000 millones de dólares, a pesar de la supuesta recuperación económica total (tasa de paro: 5,1%). La comisión también se supone que "propone recomendaciones que mejoren significativamente las perspectivas fiscales a largo plazo, incluyendo cambios destinados a abordar el crecimiento del gasto social", un mandato viscoso. ¿Pero de equilibrar realmente los presupuestos? No hay ni una palabra.

En un aula, se puede defender la limitación de la deuda pública en relación al PIB. La idea consiste en tranquilizar a los inversores (alias "mercados financieros") con que el peso de la deuda no se vuelve más pesado de forma que sigan prestando dinero a tipos de interés bajos. Pero en la vida real, la lógica no funciona. Los gobiernos se enfrentan inevitablemente a recesiones acusadas, guerras u otras situaciones de emergencia que exigen un endeudamiento fuerte. Para estabilizar la deuda en relación al PIB, hay que apuntar muy por debajo del objetivo de los buenos tiempos, lo que significa que se debe equilibrar el presupuesto (o incurrir en superávits modestos) después de que la economía se haya recuperado de recesiones.

Llamativamente, la experiencia de Europa desacredita los objetivos de deuda en relación al PIB. Se suponía que los 16 países que utilizan el euro suscribían un máximo de endeudamiento del 60% del PIB. Antes de la crisis financiera, el objetivo fue ampliamente vulnerado. De 2003 a 2007, la deuda de Alemania alcanzó de media el 66% del PIB, la de Francia alcanzaba el 64% y la de Italia el 105% del PIB. Una vez que la crisis arreció, los cocientes de deuda frente a PIB se dispararon; hacia 2009, eran del 73% en el caso de Alemania, el 78% en el de Francia y el 116% en el de Italia.

La virtud de equilibrar los presupuestos reside en que obliga a la gente a sopesar los beneficios del gobierno frente a los costes. Es una norma de sentido común que la gente comprende intuitivamente. Si la Comisión del Déficit es seria, fijará como objetivo unos presupuestos equilibrados en el ejercicio 2020, permitiendo distanciar en el tiempo recortes de las prestaciones y subidas tributarias. Invitará entonces a los laboratorios de ideas (desde la Heritage Foundation a la derecha hasta el Center on Budget and Policy Priorities en la izquierda) y a los grupos de interés (desde las Cámaras de Comercio al lobby AARP de los jubilados) a presentar planes para alcanzar ese objetivo. Sus visiones enfrentadas podrían relanzar un debate esperado desde hace mucho acerca del papel del gobierno.

Las probabilidades parecen decantarse en contra de esto. La Comisión del Déficit podría suscribir los objetivos de deuda frente a PIB y fijar como objetivo un "equilibrio primario" (excluyendo el pago de la servidumbre), porque es más fácil políticamente. Piense. En el año 2020, el déficit será de 1,254 billones de dólares de un gasto de 5,67 billones, según proyecta la Oficina Presupuestaria del Congreso. Cerrar esa diferencia exigirá importantes subidas tributarias o profundos recortes del gasto. Pero 916.000 millones de dólares del déficit proyectado son en concepto de servidumbre. Ignorarlos "soluciona" al instante tres cuartas partes del problema.

El mensaje de Europa es que este enfoque termina fracasando. Las evasiones intelectualmente elegantes siguen siendo huídas de la realidad. Aunque los mercados financieros pueden condonar durante años el endeudamiento público generoso, la confianza puede quebrarse inesperadamente. Los agentes de crédito retiran sus préstamos o insisten en imponer tipos de interés de castigo. Las presiones de los mercados imponen luego una dura austeridad -- recortes de las prestaciones o subidas tributarias -- mucho más brutal que nada que cualquier gobierno haya necesitado hacer por su cuenta. Por inacción o autoengaño, estamos tentando a la suerte.

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Esta columna será publicada en Newsweek.

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