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Ovejas esquiladas

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 14 de mayo de 2010, 06:07 h (CET)
En un congreso de Astronomía que se celebró en Hamburgo, le preguntaron al profesor Schaumann si durante su viaje en tren había visto al pasar por las llanuras de Lüneburg a las ovejas esquiladas. El profesor, quien tenía fama de ser extremadamente displicente y un tanto odiado por algunos colegas, supo al instante que pretendían sorprenderle en un renuncio al forzarle a una respuesta inexacta, cosa que iba frontalmente contra sus principios; de modo que miró a su inquisidor con suficiencia, y le dijo: “Es imposible dar una respuesta exacta a esa cuestión: sólo vi que estaban esquiladas las que se encontraban del lado del tren en el que yo viajaba.”

Mas preciso, imposible. Y esto es algo que el afamado científico comparte con nuestro insigne Presidente. No; no es que haya mentido al jurar y requetejurar que no había crisis cuando ya nos estaba devorando la pelagra, sino que donde él miraba no la había. El señor Presidente es rigurosamente exacto, de una precisión suiza, y no puede afirmar lo que no ha visto con esos ojillos que se comerán los gusanos. En el orden en el que él se mueve, en el entorno del Palacio de la Moncloa, rodeado todo el día por aduladores de treinta mil euros al mes, ociosos ministrillos y cientos de baldíos asesores de a quince mil euros mes o más, no había crisis alguna. Ítem más, no había un día que la señora Vicepresidente o las ministras ésas de lo que sea, repitieran modelo, causa y razón por la que, lejos de haber crisis a su entender, el dinero sobraba por todas partes, incluso para las ocurrencias de cada mañanita. Ahí está la despedida del Vicepresidente tercero como Presidente de la Junta Andaluza, concediendo por no se sabe qué misteriosos medios, diez millones de euros de subvención a la empresa de la nena, aunque él, claro, esté tan sacrificado que sólo ha declarado un patrimonio de unos miles de eurillos. No; no mintió el Presidente, digan lo que digan los maledicentes del resto del mundo tierra: fue exacto, preciso.

Las ovejas, estaban todas bien esquiladitas, como si hubieran ido a un coiffeur francés de mucho ringorrango. Lo mismo que sucedió con lo del Estatuto de Cataluña, con lo de que no tocaría los salarios de los funcionarios, que en España sobraba para tirar, que echaríamos enseguida el guante a Francia en lo de la renta per cápita o lo de que no escatimaría en gastos sociales y todas esas zarandajas, sino que en su lado del tren, a ese lado de la vía, no se veía nada de eso. Y estaba atento, que conste. Lo que pasa, es que era un tren de alta velocidad, y, claro, así no hay manera de fijarse mucho en los detalles, especialmente si están junto a la vía.

Todos sus ministros y asesores iban del mismo lado del tren. Unos, celebrando encuestas y Gúrteles salvadores; otros, viendo a ver qué hacen ahora con los millones de inútiles vacunas que se han comprado a precio de oro; otros más, estudiando muy a fondo cómo convierten al Ejército en una ONG hippy; otros más, elaborando planes para gastar fortunones en mapas cósmicos del prepucio o en ejercicios espirituales del onanismo; y los demás, en trance, a ver qué ocurrencia inspiraba Morfeo o los santos cielos ateos. Vamos, que en ese lado del tren, todas las ovejas estaban esquiladas.

Del otro lado del tren -¡lástima!- estaba la realidad, el mundo en crudo. Las ovejas tenían sarna, estaban endeudadas, enfierecidas porque esta crisis de los muy ricos y los más golfos las van a pagar ellas, las del otro lado de la vía; estaban comiditas por las garrapatas de ministros y ministras ocurrentes y Presidentes que mienten más que hablan; estaban que trinaban, como los pájaros, a causa de tanto golfo como abunda, todos gastando a manos llenas, de autistas que no atienden a los balidos que llegaban incesantes desde ese lado de la vía y de lamedores gobernantes que obedecen como siervos a los señores del otro lado de la raya o del charco.

A ese lado del tren no había ricos, ni consejeros presidenciales ni ministras de mucho modelo y sueldo astronómico. Pero, a pesar de ello, sabían los que iban en el tren que a ese lado de la vía están las ovejas que ponen la leche (mala) con que se amamantan los mamíferos del Gobierno, las que ponen la carne para que engorden de buen tocino sus señorías y las que donarán su cuero, cuando mueran a base de planes Z, para cubrir las vergüenzas de los que no la tienen. Lo que no pudieron ver, es que a ese lado de la vía, ninguna oveja estaba esquilada; sino que todas, todas, estaban todas trasquiladas.

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