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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Asesorar y dejarse llevar por la mayoría

Ruth Marcus
Ruth Marcus
viernes, 14 de mayo de 2010, 06:02 h (CET)
WASHINGTON -- La candidata al Supremo Elena Kagan tiene -- o tenía, de todas formas -- la visión correcta de lo que debe ser la vista de confirmación para ocupar una vacante en el alto tribunal. De estar a la altura de su reputación, podría hacer un enorme favor al proceso -- y ser confirmada de todos modos.

Kagan tiene la experiencia inusual de haber visto el proceso de confirmación desde el mirador privilegiado de haber sido una becaria frustrada del Congreso. Cuando Ruth Bader Ginsburg fue elegida en 1993, Kagan ocupaba el puesto administrativo de asesora preferente del entonces secretario del Comité Judicial del Senado Joe Biden.

Ginsburg, escribiría Kagan más tarde, iba "con pies de plomo" evitando dar respuestas con algún contenido. O las preguntas de los senadores eran demasiado concretas, en cuyo caso Ginsburg decía verse obligada a poner reparos porque podría tener que dictar sentencia en alguna polémica relacionada. O eran demasiado generales, en cuyo caso Ginsburg -- ¡sorpresa! -- se veía obligada a no responder, o eso declaraba en testimonio, porque era imposible "hablar en términos tan generales de principios que han de aplicarse a casos concretos".

A las primeras no respondo. A las segundas tampoco. De cualquier forma, voy a ser confirmada.

Dos años más tarde, haciendo la crítica literaria de la obra del profesor de Derecho de Yale Stephen Carter acerca del proceso de selección de magistrados para el Tribunal Supremo, "El caos de confirmación", Kagan concluía que el verdadero caos "no es que el Senado haga demasiado énfasis en las opiniones legales del candidato, sino que no hace casi ninguno".

Como escribía en la publicación especializada University of Chicago Law Review, "Cuando el Senado deja de involucrar a los candidatos en el debate riguroso de cuestiones legales, el proceso de confirmación adquiere un aire de farsa y vacío, y el Senado se vuelve incapaz de evaluar adecuadamente al candidato o de educar apropiadamente a la opinión pública".

¡Sí! ¡Hay que poner fin al numerito! ¡Liberemos al Comité Judicial del Senado!

Llevo años frustrada por la comprensible reticencia de los candidatos a responder a cualquier pregunta que no sea banal de cualquier forma que no sea la más banal, y por la permisividad mucho menos entendible del Senado ante estas confirmaciones cerradas en banda. El término fuerte no es mío -- es de Kagan. Tanto Ginsburg como el candidato siguiente, Stephen Breyer, escribía ella, "se cerraron al Comité Judicial en banda, mientras los senadores celebraban sus respuestas 'sin respuestas' con ecuanimidad y buen humor resignado".

Es un fracaso bipartidista con motivaciones partidistas. Los Demócratas no tienen casi ningún incentivo -- casi ninguno, es decir, además de su deber constitucional de asesorar y colaborar -- para apretar las tuercas y obtener respuestas significativas de candidatos elegidos por presidentes Demócratas. Los Republicanos se manejan con igual destreza cuando están en la misma posición. El precedente sentado por este mecanismo constitucional acaba protegiendo a los candidatos hasta cuando hay algún deseo de exámenes más rigurosos.

La falacia subyacente reside en que sería inapropiado, hasta antiético, que los candidatos revelaran sus opiniones. Pero es ridículo creer que interrogar a los candidatos pidiendo que describan su filosofía judicial genérica o hasta su enfoque general sobre cuestiones legales concretas va a comprometer su independencia o su imparcialidad.

Por supuesto sería erróneo que un candidato expresara, explícita o implícitamente, una cierta orientación. Pero como observaba Kagan, "no tenemos que ir tan lejos por la vía del silencio... como los candidatos recientes nos han llevado -- hasta un punto en el que el comentario acerca de cualquier materia que pueda surgir de cualquier forma en cualquier caso en cualquier momento ante la justicia se juzgaba inadecuado".

Como argumenta Kagan, los senadores tienen derecho por lo pronto a debatir "la interpretación del magistrado del papel de la justicia en nuestra sociedad, de la naturaleza y los valores incorporados a nuestra Constitución, y de las herramientas y técnicas de interpretación adecuadas, tanto constitucionales como judiciales".

Y a más que eso. Los senadores pueden insistir "en ver cómo funciona la teoría en la práctica recordando las declaraciones del candidato en cuestiones particulares -- derecho a la privacidad, libertad de expresión, discriminación racial o sexual y demás -- que la instancia examina con regularidad".

Kagan, como era de esperar, se distanció de esta opinión durante la vista de su confirmación para ocupar la vacante de fiscal general del estado. "No estoy segura de que, estando aquí hoy, convendría con esa declaración", decía cuando el Senador Orrin Hatch pedía cuentas a Kagan.
Venga ya. No se trataba de algún comentario impulsivo. Era una consideración extensa y matizada del proceso de confirmación.

Sus catalizadores en la Casa Blanca, sin duda, se van a emplear a fondo para garantizar que las vistas de Kagan son una repetición de las de Sonia Sotomayor: incansablemente desinformativas.

Los Senadores de ambas formaciones no deberían participar de, en palabras de Kagan, "otra charada rápida y vacía en la que la repetición de generalidades ha reemplazado al debate de los puntos de vista y las anécdotas personales han suplantado al análisis legal".

¡Liberemos a Elena Kagan! Luego ya la confirmaremos.

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