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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La migración en las familias

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
jueves, 13 de mayo de 2010, 06:10 h (CET)
Siempre se ha dicho que el futuro depende, en gran parte de los hogares. Este año, la celebración del Día Internacional de la Familia (15 de mayo) se centra en los efectos de la migración en los linajes de todo el mundo. Es un signo de los tiempos actuales que las personas vayan de un sitio para otro en busca de mejores oportunidades. El rechazo a los flujos de la movilidad humana, aparte de ser un hecho injusto, contradice lo que debiera ser innato en toda persona, la cultura de la acogida. Es hora, pues, de que todos los gobiernos del mundo trabajen por hacer la vida más humana para todos, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Por desgracia, los migrantes son los que más suelen sufrir las crisis económicas, sumado al desprecio de algunas gentes que les hacen soportar duras condiciones de vida. Los derechos humanos no pueden entrar en crisis. Tanto los migrantes como sus familias, tienen el derecho de ser respetados por su propia cultura y de recibir ayuda y apoyo de los Estados para que libremente se integren a la comunidad y contribuyan a ella. En todas las sociedades del planeta, tan parceladas y rígidas en ocasiones, se precisa buscar un justo equilibrio entre el respeto de la propia identidad y el reconocimiento de la ajena. Nos consta que en los últimos tiempos han aumentado las llamadas “comunidades blindadas”, una defensiva cruel e inhumana a más no poder, que es toda una ofensa a la dignidad humana.

Las familias migratorias lo están teniendo complicado en muchos países del mundo, cuando en el mundo hay espacio para todos. Ellos no son la amenaza real, sino nuestra propia avaricia y egoísmo. Muchos hijos de migrantes, aparte de sufrir problemas emocionales, son presas fáciles, para la trata de personas, el trabajo infantil y la violencia. Hay que acabar con el comercio de niños y mujeres migrantes. Y hay que, a su vez, empezar a desarrollar formas más generosas y eficaces de servicio en el campo de la migración. Queda todavía mucho por hacer. Si hoy amparamos, mañana podremos compartir el verso de la vida, del que todos somos familiarmente caminantes.

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