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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Lo que nos enseña Gran Bretaña

E. J. Dionne
E. J. Dionne
jueves, 13 de mayo de 2010, 06:06 h (CET)
WASHINGTON -- Gran Bretaña dio lugar a un terremoto electoral, de acuerdo, pero no tan fuerte como esperaban muchos. Las verdaderas lecciones no tienen tanto que ver con sistemas bipartidistas como con la forma en que el cambio económico ha puesto en tela de juicio las viejas estrategias tanto de la derecha como de la izquierda.

Los Conservadores de David Cameron acabaron primeros en la mayoría de los comicios y obtuvieron la mayoría de los escaños. Los grandes avances Tory son reflejo de la confusa interpretación por parte de Cameron de que sólo un conservadurismo moderado que ha pasado página tiene alguna posibilidad de ganar.

Pero Cameron no obtiene la mayoría, y la causa de este indeciso resultado no es, como parecía concebible hace apenas unas semanas, la irrupción de la tercera formación de los Demócratas Liberales encabezados por Nick Clegg. Por el contrario, en contra de todas las esperanzas despertadas por la puesta en escena de Clegg en el primer debate, los Lib Dems en realidad han perdido escaños y sólo han incrementado de forma marginal su porcentaje de votos total.

Lo que impidió a los conservadores irrumpir con fuerza en la escena fue la tenacidad del Partido Laborista del Primer Ministro Gordon Brown. Se llevó una paliza, pero sobrevivió.

Unos días antes de las elecciones, muchos hablaban de un tercer lugar por el voto popular para los Laboristas que, en la práctica, se han aprovechado del viejo sistema bipartidista. En lugar de eso, los Laboristas aguantaron entre muchos electorados que los conservadores necesitaban llevarse, superaron a los Lib Dems por seis puntos porcentuales del voto popular y obtuvieron cuatro veces su número de escaños.

Fue así porque en ciertas regiones del país que nunca han compartido la prosperidad metropolitana de las inmediaciones de Londres, la desconfianza hacia los conservadores sigue siendo la tónica. En los últimos días de campaña, Brown agitó los recuerdos de las viejas zonas industriales del país reducidas a escombros por las políticas económicas de Margaret Thatcher. Advertía que los conservadores de Cameron no tenían intenciones tan sinceras como decían. Votar a Brown en las elecciones no bastaba, pero bastaba para evitar el desastre total.

Clegg acabó atrapado en este intercambio. Él presentaba a los Lib Dems como el triunfo sin perdedores, una alternativa de centroizquierda que iba a permitir a los votantes distanciarse de los Laboristas sin tener que votar a los conservadores. Teniendo en cuenta el declive de la vieja clase obrera de Gran Bretaña, que siempre ha sido el núcleo del voto Laborista, parecía una esperanza realista.

Pero muchos en los bastiones del Laborismo fueron fieles. La periferia geográfica y económica de Gran Bretaña demostró ser muy resistente al tirón que triunfaba en las regiones más ricas y más conocidas del país. El Laborismo en realidad registró avances en Escocia, donde ya estaba presente. Sufrió pérdidas en Gales, pero todavía obtuvo las dos terceras partes de los escaños galeses. En el noreste y el noroeste de Inglaterra, el Laborismo también registró pérdidas pero nada grave.

Los resultados de Gran Bretaña subrayan un problema que aqueja a muchas democracias. El cambio económico producido por la globalización y los avances tecnológicos no está dando lugar al mundo feliz y unificado de progreso que sus promotores siguen prometiendo. En lugar de eso, está separando dentro de los países las regiones totalmente integradas en el mercado global de aquellas que se quedan atrás.

Es un problema concreto de los partidos de centroizquierda. Ellos tienen que reunir al voto progresista de la clase media y la clase media alta -- el motor detrás de la Cleggmania cuando el secretario de los Demócratas Liberales estaba en su apogeo -- y los votantes de clase obrera de toda la vida que constituyen el electorado de la izquierda socialdemócrata en todas partes.

Cuando el número suficiente de votantes de estos dos grupos unen fuerzas, la izquierda moderada gana. Así es como ganó Barack Obama en el 2008 y como triunfaron los Laboristas en las elecciones de 1997, 2001 y 2005. La izquierda pierde siempre que esta alianza se divide o se derrumba. Eso es lo que sucedió esta vez en Gran Bretaña.

La idea feliz de Cameron fue aceptar que el futuro del conservadurismo se encuentra en la victoria entre el voto progresista moderado de las clases relativamente prósperas en este nuevo mundo económico. En su discurso post-electoral ofreciendo formar gobierno a los Demócratas Liberales, empezó anunciando la victoria de "un nuevo y moderno Partido Conservador", una formación socialmente comprometida de mentalidad abierta y tolerante que no hay que avergonzarse de apoyar.

Cameron entiende -- como muchos Republicanos en Estados Unidos parecen no entender -- que el conservadurismo tiene que limar sus aristas y presentarse como una fuerza unificadora de estabilización.

Clegg, a pesar de los decepcionantes resultados de su formación, se encuentra en posición de decidir el destino del próximo gobierno porque Cameron no pudo reunir una mayoría conservadora. Pero no importa la forma que tenga el próximo gobierno ni su orientación, son los votantes de Clegg los que constituyen el premio gordo a largo plazo. La renovada competencia por su voto empezó en el mismo momento en que se cerraron los colegios electorales.

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