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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Gramsci y el marxismo

Javier Úbeda Ibáñez
Javier Úbeda
miércoles, 12 de mayo de 2010, 04:16 h (CET)
El marxismo -hay que hacerle cumplida justicia- es algo de más entidad que una simple metodología, en el sentido que este término tiene en el lenguaje realista; es un cuerpo doctrinal, fundado en el dogma del materialismo ateo y la dialéctica de la lucha de clases, y todo auténtico marxista necesita ser consecuente con esta férrea dogmática.

Hace falta decirlo con todo respeto para las personas, pero también con toda claridad, el marxismo no es una simple metodología, es una dogmática fundada en unos principios absolutamente incompatibles con la doctrina de Cristo.

El hombre y su problemática viene a ser, en definitiva, el eje y la clave de la política marxista. Por eso, Antonio Gramsci, que fue uno de los doctrinarios más sagaces, sostuvo que, para la construcción de una humanidad marxista, no bastaba con lograr un cambio en las estructuras económicas. Había que llegar más lejos, hasta la transformación de la sociedad y de la cultura; había que ir todavía más allá y obrar la transformación última y realmente decisiva, la del propio hombre, dándole la vuelta como un calcetín y cambiándole hasta lo que tiene de más íntimo y elemental, que es el sentido común. El marxismo, en suma -según el pensamiento de Gramsci- aspira a vaciar a la persona del sentido común que es fruto de la ley natural y de más de veinte siglos de inspiración cristiana, para injertarle un sentido común nuevo, que le haga reaccionar espontáneamente con arreglo a las categorías y valores del materialismo marxista.

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