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Como agua y aceite
Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 11 de mayo de 2010, 07:57
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Existen sustancias inmiscibles, como el agua y el aceite, debido a la naturaleza misma de las moléculas que conforman cada sustancia; así, mientras el agua tiene polaridad negativa, el aceite la tiene neutra, de modo que es sencillamente imposible mezclarlas, salvo por métodos de catalización muy recientemente descubiertos. Sin embargo, y en general, se puede afirmar que toda sustancia que se disuelva en agua no puede hacerlo en aceite, y viceversa. Lo mismito que sucede en España con la política, en la que los dos partidos mayoritarios se comportan como agua y aceite, y, claro, España no es sino un régimen laminar de tendencias que no pueden ligarse, sencillamente porque la naturaleza íntima de ambas son inmiscibles.

El modelo social y económico que persigue cada uno de los dos partidos mayoritarios es radicalmente distinto al del otro, especialmente por cuanto se refiere a la concepción moral de la sociedad, en general, y del individuo, en particular. No es extraño, así la cosa, que todo intento de acercar posturas entre ambos esté de antemano condenado al fracaso. Nada hay en el programa socialista que sea tolerable para los populares, como nada hay en el programa popular que sea asumible por los socialistas. Nos enfrentamos no sólo a un problema de entendimiento, sino a una cuestión de naturaleza compositiva, a la esencia misma del ser cada una de las dos tendencias. Lo que moralmente es perverso para los unos, debe ser implantado o sí o sí en la sociedad por los otros, y al revés. Es un callejón sin salida, a no ser una cortés y panteísta tolerancia del tipo del Gobierno Largo experimentado a mediados del pasado siglo; cualquier otra medida tiene asegurado un enfrentamiento radical que, en casos extremos, ya sabemos en qué río termina.

Sin embargo, estamos condenados a entendernos. Lo que no sabemos es cuándo, porque desde luego por ahora la cosa no está nada madura. Parece que los unos y los otros hablan y hasta se hacen fotos compartiendo el pan y la sal, pero bajo los manteles se empuñan las navajas y sobre ellos se tuercen las muecas; el acuerdo catalizador está lejos de verificarse. No hay una ciencia, por ahora, que pueda conciliar posturas tan antagonistas, y de poco o de nada sirve en esta tesitura crear leyes u ordenamientos que, por su propia esencia, deben ser derogados o contralegislados por los otros. Entramos así, en la dinámica social que reiteradamente, con una periodicidad cíclica que tiene su origen en la noche de los tiempos, ha forzado a las dos Españas a que se busquen la vida, aun siendo conscientes de que jamás podrá la una extinguir a la otra.

El concepto que fundamenta las ideologías de cada cual, en realidad, es lo de menos. Los íberos desconocían por igual quién era Marx o Jesucristo, y ya se buscaban la sangre entre sí, variando los argumentos según las épocas pero siendo los resultados idénticos. Hoy, ya digo, los unos se llaman socialistas y los otros populares, pero eso es lo anecdótico; lo importante, lo verdaderamente importante, es que los unos tienen carga negativa y los otros son neutros (que no neutrales), y jamás podrán mezclarse. Es, pues, necesario, aprender, ya que no a solucionarse, a convivir, y tal vez así puedan ambos compartir ambos la misma botella: bastará con que cada tanto se la de la vuelta para que no siempre estén los mismos arriba o abajo.

Si en las últimas décadas el conflicto entre las Españas no ha sido relevante, no ha sido, desde luego, porque no existiera, sino porque el bienestar lo había ocultado. Como en muchas parejas antinaturales, es en las crisis –especialmente en las económicas- cuando lo que separa se pone radicalmente de manifiesto, rompiéndola en mil pedazos; en las parejas naturales, de personas con esencias compatibles, las crisis –cualquiera de las posibles-, por el contrario, refuerzan y endurecen los lazos que unen las partes. Ahí está la naturaleza, no hay más que observarla.

La crisis es ahora y está aquí en su manifestación más terrible –y aún queda lo peor-, y el enfrentamiento ya ha estallado; todo posible acuerdo entre los partidos, como vemos diariamente, es sencillamente inviable. Si no queremos que nuevamente llegue la sangre al río, es hora de buscar entre todos el catalizador que faculte la convivencia, la tercera fuerza que nos libre de la catástrofe. A muchos nos parece la solución ideal a todos nuestros males. O eso, o creamos dos países; cosa nada fácil, por cierto, porque la frontera sería como el hilo de una enredada madeja.

 
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