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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Erratas

Luis del Palacio
Luis del Palacio
martes, 11 de mayo de 2010, 05:50 h (CET)
Escribir a vuelapluma tiene el riesgo de hacernos incurrir en errores que con una redacción más sosegada evitaríamos. No soy el único que aprovecha un trayecto en avión, o el que parece ahora casi inevitable retraso en los tediosos aeropuertos, para escribir su artículo. Después suele faltar, ¡ay!, la que debiera ser obligada corrección; y ese “calamo currente” nos hace meter la pata con una cierta frecuencia. Cuando no hay Thesaurus, ni diccionario de citas, ni Google para consultar las dudas, la prisa aliada con un despiste de la memoria puede jugarnos una mala pasada. Eso es precisamente lo que me ocurrió en la última columna publicada en este diario la semana pasada, donde empleé mal un latinajo para referirme a las argucias del gobierno para hacer pasar por oro el oropel: donde dije “digo”, “ilustrare prodesse”, quise decir “diego”, “delectare et prodesse”; esto es, “enseñar deleitando”.

Pido disculpas al lector por el gazapo y lo tomo como pretexto para extender la crítica de lo intenso y concreto a lo extenso y general: ¿Han observado ustedes que no hay apenas político que se precie, "juntapalabras” de tronío o pinche de cocina, que no emplee hoy expresiones latinas con el mismo desparpajo con que Ferrán Adriá desestructura una tortilla de patatas?

La cosa empezó hace ya bastantes años, cuando los periodistas deportivos trataron de emular el verbo gongorino del inolvidable Matías Prats (el que llamaba “pérfida Albión” al país que armaba caballeros a los piratas) y comenzaron a emplear el término “alma mater” para referirse al seleccionador de un equipo de fútbol o a su entrenador; sin caer en la cuenta de lo impropio (y hasta insultante) que puede ser aludir a un sesudo varón de amplio bigote –como Del Bosque- como “madre nuticia”, que es lo que significa en latín. Por extensión metafórica, los estudiantes medievales lo utilizaron para referirse a la Universidad, madre nutricia de todos los saberes.

El uso nefando de expresiones como “a grosso modo” (con esa “a” innecesaria) o “motu propio” (híbrido de latín y castellano, en el que se ha suprimido la “r” del original: “proprio”) es un buen ejemplo del quiero y no puedo de quienes tocan de oído una lengua muerta que los planes de estudio arrinconaron en el desván de los saberes poco prácticos.

El uso esnob (“sine nobilitate”) de frases latinas no parece que vaya a enmendarse tras el fracaso del llamado “pacto por la educación” entre los dos principales partidos políticos. Y es posible que don Ángel Gabilondo, ministro de Educación, pero sobre todo catedrático de Metafísica, haya llegado a la conclusión (amarga en este caso) de que “no hay que multiplicar los entes sin necesidad” y contemple su retirada al mundo de las ideas; especialmente ahora, cuando crece el rumor de que su ministerio, sin apenas competencias, pasará a ser una simple Secretaría de Estado.

Y es que, después de todo, “errare humanum est”.

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