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El presidencialismo argentino

Francisco Montesano
Francisco Montesano
lunes, 10 de mayo de 2010, 06:00 h (CET)
La experiencia que he acumulado -gracias a esta continuidad democrática desde 1983- me permite reflexionar sobre la necesidad de mejorar el actual sistema pensando en un salto de calidad. El propósito es evitar, entre otras cuestiones, las frases comunes y repetidas como “esta en manos de la justicia” o los lugares comunes “un parlamento desfigurado en su labor” y una justicia condescendiente con el oficialismo de turno.

Una alternativa a considerar es el conocido como sistema parlamentario. Este mecanismo en el que la conformación del gobierno proviene del parlamento, da como resultando un ejecutivo oficialmente responsable ante éste. Permite que ambos estén estrechamente vinculados, dependiendo el ejecutivo de la confianza del parlamento para subsistir.

Es en este sistema donde se da una mayor representación social en función de que las decisiones deben consensuarse entre los distintos partidos políticos representados en el Parlamento. Así mismo comprobamos que posee una mayor capacidad de respuesta frente a una crisis en el gobierno, ya que se puede cambiar el poder ejecutivo adoptando la moción de censura.

En el presidencialismo, nuestra actual forma de gobierno, el presidente es el órgano que ostenta el poder ejecutivo mientras que el poder legislativo lo suele concentrar el congreso. No obstante el presidente posee facultades en materia legislativa que le asigna la Constitución.

¿Pero cuales son los riesgos mas notorios de esta modalidad? La experiencia empírica acumulada nos dice que se da una excesiva vinculación del ejecutivo con el partido político mayoritario en el Parlamento, con el que invariablemente coinciden, derivando en una partidocracia mas que en una democracia. Su forma más reconocida termina siendo el bipartidismo.

Los defensores del presidencialismo ven como ventajas, una clara separación de poderes entre los poderes.

Frente a estas alternativas es importante acudir al pensamiento de especialistas como el profesor Néstor P. Sagüés. Este indica en uno de sus trabajos que antes de pensar en la alternativa parlamentaria "hay que preguntarse sobre la aptitud del Congreso para asumir los roles que impone el parlamentarismo: si este ha sido inepto para asumir las responsabilidades de un sistema presidencialista (por impericia para tomar decisiones razonables, por denuncias de corrupción, falta de decisión propia alejada de una disciplina partidaria, etc.), tal comportamiento es un mal presagio para la adopción de un régimen parlamentario, ya que este no hace milagros, y no puede mágicamente, transformar un Congreso presidencialista ineficiente en uno que funcione correctamente en un esquema parlamentario".

También otro pensador como Sartori nos dice: que "la cohesión y disciplina partidista (en las votaciones parlamentarias) nunca ha sido una consecuencia de los gobiernos parlamentarios. Si un sistema se basa en las asambleas fragmentadas, ingobernables, y emocionales, por su propia inercia seguirá tal cual es".

En la Argentina se ha impuesto una radicalización de la lógica "amigo-enemigo" en los partidos, impidiendo la valoración positiva del disenso y la pluralidad de opiniones, acentuada por el actual oficialismo. Por lo cual esta situación representa un serio inconveniente para la practica parlamentaria.

El parlamento y los políticos deben resolver esta ecuación que demanda considerar a los demás partidos como integrantes necesarios para la vida política del sistema y hasta como posibles socios. Compartir ideas es la forma de llegar a establecer un acuerdo duradero y estable para el mantenimiento de un gobierno.

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