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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

¿Vamos a seguir odiando al Gobierno?

E. J. Dionne
E. J. Dionne
lunes, 10 de mayo de 2010, 05:56 h (CET)
WASHINGTON - ¿Sabe aquel del tipo que odiaba al gobierno hasta que el liberalizado Wall Street se estampó, un vertido petrolero devastó el Golfo de México, una mina de carbón se derrumbó, y una buena labor policial frustró un atentado terrorista?

Rara vez la actualidad discurre tan en contra de la (i)forma de informar(/i) de la actualidad. Es difícil argumentar que las dificultades a las que nos enfrentamos se deben a un "gran" gobierno con demasiadas competencias. Por el contrario, la mayoría de ellas surgieron de la incapacidad del gobierno a la hora de hacer su trabajo desde el principio.

Las tareas centrales del gobierno democrático, después de todo, suelen incluir plantar cara por muchos frente a unos pocos, los más indefensos contra los más poderosos. El gobierno debe de asegurarse de que las empresas estén debidamente supervisadas siempre que convierten recursos públicos (el entorno del Golfo de México, por ejemplo) en beneficio privado. Se encarga de proteger a aquellos con posiciones de negociación más débiles (los mineros del carbón, por ejemplo) contra el daño que aquellos en posiciones de negociación más fuertes pueden infligir.

Su deber es conservar el correcto funcionamiento de la economía privada previniendo el fraude, el tráfico de influencias y otras formas de comportamiento interesado que amenazan al sistema entero. Y sí, se supone que nos protege de cualquier daño físico, como lo hizo en Nueva York.

En especial en la esfera económica, el gobierno no desempeñó demasiadas de estas funciones básicas en los últimos años. Eso explica por qué la opinión anti-gobierno hoy refleja dos formas totalmente diferentes de pensar.

La atención de la opinión pública se ha centrado en la variante ejemplificada por el movimiento de protesta fiscal, la oposición a los rescates con dinero público y un odio absoluto al Congreso. Se trata del conservadurismo artificial a la vieja usanza que entre la quinta y la sexta parte de los estadounidenses suscriben desde hace mucho. Son los ciudadanos que aparecen en televisión en las concentraciones anti-Obama, los miembros del Congreso que dan discursos denunciando "el exceso regulador" y los expertos de laboratorios de ideas que insisten en que el sector privado siempre lleva a cabo sus tareas de manera más eficiente y eficaz que "los burócratas del gobierno".

Sus opiniones fueron resumidas de manera tajante hace muchos años por el antiguo secretario de la mayoría en la Cámara, Dick Armey, ahora amigo de los activistas fiscales, que afirmaba: "El mercado es racional y el gobierno es idiota". Dado que siempre han pensado y han votado de la misma manera, los partidarios de esta opinión no tienen en cuenta los cambios en opinión, del sentido del voto, y mucho menos las elecciones.

La fuerza más importante y dinámica detrás de la desilusión con el gobierno actual viene más bien de aquellos que realmente creen que puede y debe ser eficaz. No piensan que el mercado es racional o que automáticamente el gobierno tiene que ser bobo. No están hartos de gobierno porque su ideología o filosofía les diga que lo estén, sino porque no creen que el gobierno haya estado haciendo un buen trabajo de promoción de la prosperidad, la equidad y la negociación justa.

Hasta ahora, la administración Obama ha perdido la oportunidad de demostrar a los votantes la forma en que está cambiando el funcionamiento del gobierno. ¿En qué se diferencia su enfoque del de elaborar e implantar regulaciones como ha sido siempre? ¿En qué se diferencia la gestión de las agencias? ¿En qué sentido son diferentes sus prioridades? ¿A qué fracasos concretos se está enfrentando?

Como Al Gore entendió cuando se embarcó en su proyecto de "reinvención del gobierno" para el Presidente Clinton, dicha empresa es más esencial para los izquierdistas y progresistas que para los conservadores. Las ideas conservadoras en general ganan terreno siempre que el gobierno es desacreditado. Pero los progresistas que insisten en el papel constructivo del gobierno no pueden tener éxito a menos que convenzan a los votantes de que los organismos públicos están a la altura de las misiones que desempeñan.

Empezando por la amenaza interna del terrorismo nuevamente urgente y el desastre ecológico del Golfo, la administración no carece de retos evidentes a los que responder con eficacia. La competencia es el antídoto del malestar del electorado con la autoridad pública.

Pero el Presidente Obama también debe seguir adelante con la defensa del gobierno que ofreció en su reciente discurso de la Universidad de Michigan. Y tiene nuevas pruebas que le ayudarán a defender que el gobierno en una sociedad libre no es una fuerza distante, sino más bien algo que a todos nos influencia y modela.

Tenemos que recordar que una bomba podría haber devastado Times Square en ausencia de la forma más básica de cooperación entre un trilero cercano y un agente de policía responsable.

Esto es lo que ocurre cuando el gobierno es percibido como socio de la ciudadanía democrática. Y no tiene nada de idiota.

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