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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

La crisis, el burro y la zanahoria

Mario López
Mario López
lunes, 10 de mayo de 2010, 05:52 h (CET)
Cuando uno repasa la historia de la última crisis, esta que padecemos y que mostró sus uñas en septiembre de 2007, que puso a flote todos los productos basura durante largos años repartidos por el sistema financiero con nocturnidad y alevosía, por toda la faz del planeta, para acabar dejando un especulador octogenario en la cárcel y a millones de trabajadores en la calle, siente cómo la última dosis de fe que le quedaba en el ser humano se desvanece para siempre, como la ilusión del niño cuando descubre que los reyes magos son los padres, que el día de su primera comunión no es para nada el más feliz de su vida, que las mieles del primer amor son pura y dolorosa retórica; que el contrato de su vida es un contrato basura. Se empezó hablando de los créditos temerarios, de la burbuja hipotecaria.

Primero se puso el acento en la deceleración, después en la recesión. A continuación se trasladó el foco a la inflación; posteriormente, a la deflación. Incluso se alertó del peligro de estrellarnos contra la terrorífica estanflación. Se reunieron de urgencia los gobiernos más poderosos de la tierra para conjurarse contra todos los males provocados por un sistema financiero, al parecer, afectado súbitamente de una oligofrenia aguda. Se habló de refundar el capitalismo, meter en cintura a los banqueros desaprensivos, poner coto a los paraísos fiscales y sacar del arroyo a las familias y trabajadores víctimas de los criminales excesos del capital. Finalmente, se resolvió rescatar a la banca con el dinero de todos. Ahora, con un paro galopante aderezado por mil y una catástrofes naturales e infames guerras, se nos dice que el problema reside en la deuda externa, en que hemos perdido la credibilidad ante los mercados y que tenemos que hacer un esfuerzo especialmente doloroso; sacarnos la última muela de nuestra dignidad ciudadana, sin anestesia. Paradójicamente, se nos dice que el hundimiento de nuestro crédito, se debe al ataque de los especuladores (los mercados) contra el euro. En resumidas cuentas, que la banca nos llevó a la ruina y por eso la tenemos que salvar; que los mercados quieren hundir el euro y con él a nuestras familias, y por eso tenemos que esforzarnos en ganarnos su confianza. Evidentemente, ya hace tiempo que he alcanzado la certeza de que esta democracia de Sotogrande y Wall Street es lo más parecido a la zanahoria del burro; pero, esperando a la cuarta pregunta, vislumbro con claridad el veneno que la bicha promete. Cualquier ciudadano medianamente informado conoce perfectamente, aun a su pesar, el significado de las palabras inflación, recesión, deflación, estanflación, deuda externa, deuda corriente, gasto, consumo, desempleo, productividad... Lo que no parecen conocer nuestros dirigentes, sus voceros mediáticos y la corte de druidas macroeconómicos que les asesoran, es el significado de palabras tan comunes como dignidad, respeto a la inteligencia, honorabilidad, igualdad, libertad o fraternidad. Se limitan a tirarse los trastos, en un loco frenesí por alcanzar la poltrona, por salvarse ellos solos, a sabiendas de que ni los unos ni los otros podrán sacarnos al conjunto de los ciudadanos de una crisis que no es crisis, sino el estado natural de un sistema impuesto por el sometimiento a la oligarquía financiera, el neofeudalismo con TDT e IP. Como siempre ha sido, será la ciudadanía la que tenga que sacarse las castañas del fuego, y dudo mucho que lo pueda hacer con el concurso de la actual clase política.

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