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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Acabará Europa devaluando el euro?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 8 de mayo de 2010, 06:49 h (CET)
La verdad es que no sé de lo que se están quejando en Europa. Ahora, después de siglos de funcionamiento de las Bolsas de valores, parece que se caen del guindo y se preocupan de que las agencias de rating hagan sus propias valoraciones, independientemente del hecho de que ello pueda influir en favorecer o perjudicar determinados mercados que se presten, por sus particulares características y por la confianza que desprenden, a ser objeto de una particular atención. Lo que sucede es que, el trabajo y la finalidad de dichas Agencias, en ocasiones no coinciden con los intereses de determinadas naciones o de quienes son los responsables de que sus economías no funcionen como es debido. Hemos tenido ocasión, recientemente, de observar como Europa empieza a despertarse de su letargo, de su acomodada posición, de sus sueño de constituir en un todo, una federación de naciones; quizá aspirando a ser una confederación, con una moneda propia supranacional y con unos órganos de gobierno centralizados que, sin embargo, en algunos aspectos, no han conseguido imponerse a los sentimientos nacionalistas de la mayoría de las naciones que integran esta amalgama de ciudadanías que, a través de la Historia, en infinidad de ocasiones han estado enfrentadas entre sí, se ha derramado sangre en sus guerras, tienen diversos y posiblemente enfrentados intereses económicos y mantienen vivas sus particulares censuras, reproches, y agravios históricos que hacen muy difícil, aún en tiempos de globalización, una convivencia perfecta entre todos sus ciudadanos.

El caso de Grecia ha conmovido, hasta sus cimientos, al entramado político, económico y social de la UE y ha puesto a prueba la agilidad, la flexibilidad y, porque no decirlo, las carencias derivadas de su bisoñez, sus disensiones internas y de su propia estructura legislativa que, por raro que pudiera parecer, no contemplaba la posibilidad de que alguna de sus naciones cayera en default y se tuviera que acudir en su ayuda. En la práctica ha quedado demostrado que, en la Europa de los 27, sólo hay dos naciones fuertes que son las que importan y cuyos intereses nacionales son los que condicionan, de una manera determinante, las decisiones que se puedan tomar dentro de ella. Alemania, en esta ocasión, ha sido la que, en última instancia, se ha llevado el gato al agua y ha impuesto, al señor Papandreu y los suyos, unas condiciones draconianas para que se le concedan los 110.000 millones de euros que precisan, eso sí, con cuentagotas y correspondiendo a los prestatarios el demostrar, ante Bruselas, la forma en la que gastan cada centavo del préstamo recibido. Pero, es evidente, que la movida económica europea no se centra sólo en Grecia y que las deficiencias estructurales de algunas de las naciones de la comunidad (comúnmente conocidas como las PIIGS) están dando lugar a un distanciamiento de la tónica de reactivación económica y superación de la crisis del resto de países comunitarios. Nadie puede hoy afirmar que las PIIGS y, por lo que nos interesa, España, esté a salvo de padecer las consecuencias de la debacle griega; máxime, si se tiene en cuenta que, el gobierno de ZP, parece haber seguido al pie de la letra la evolución y las decisiones equivocadas del gobierno del señor Papandreu, que ahora sufre la consecuencias de sus errores.

Lo cierto es que, desde Bruselas, no parecen dispuestos a repetir el salvamento de Grecia con otros países y mucho menos con España que, por su mayor volumen e importancia, no permitiría una operación semejante a la utilizada con Grecia. Y aquí es cuando nos deberíamos comenzar a preocupar porque, las soluciones que se están barajando en la órbita europea, y las que apunta la señora Merkel para el caso de las PIIGS, no parece que nos favorezcan demasiado y sí, pueden ponernos en una situación extrema que nos descabalgara definitivamente de seguir el rastro al resto de Europa. Es evidente que, el BCE, ya ha tenido que aceptar los bonos “basura” griegos como garantía para inyectar liquidez a los bancos. Tal y como sucedió en la Reserva Federal Americana, la compra de estos valores contaminados a cambio de ayuda monetaria implican, de por sí, una merma de las garantías del banco prestamista; lo que puede conducir, si es que el sistema se extiende a las deudas públicas de las PIIGS, y el BCE empieza a comprar su deuda pública, aceptar de hecho la devaluación del euro.

Según un artículo publicado en Libertad Digital, si en el 2008 y el 2009, la decisión monetaria fue bajar los tipos de interés al “0” por ciento; todo parece indicar que la próxima medida de importancia podría ser la “devaluación coordinada de divisas” mediante la “monetización de la deuda pública” (puede que también la privada) para inyectar liquidez al sistema. Hasta ahora el BCE se había opuesto a aplicar semejante medida, aunque los principales bancos centrales del mundo ya la venían aplicando (Reserva Federal de los EE.UU, el Banco de Inglaterra y el banco de Japón). Si el BCE tomara la decisión de comprar bonos soberanos de los países más en peligro de la UE, significaría, automáticamente, la devaluación del euro, como le ha sucedido al dólar y a la libra, lo que implicaría el deterioro de la calidad los activos que respaldan la moneda europea. Se paga por valores supervalorados que, a la postre, devalúan la solidez y la confianza de la entidad que los adquiere.

Aparte de la repercusión que, una devaluación del euro, tendría en las importaciones, especialmente de los productos energéticos, como el petróleo, de los que España esta tan necesitada y es dependiente de otros países por carecer de producción propia; no parece que la Alemania de la señora Merkel, esté dispuesta a que ello suceda, y prefiere una quiebra controlada de los países que no puedan seguir el ritmo económico de la UE; también se ha hablado de la expulsión de países de la unidad monetaria. Lo que sucede es que, el Tratado de Masstricht, no permite que el BCE compre deuda pública de los países adheridos y, el Gobierno alemán, con toda seguridad, no permitiría “cruzar esta línea roja”. Las razones son obvias: si se monetiza la deuda, se presiona al alza los precios y, con toda probabilidad, se produciría, en un medio o largo plazo, un rebrote de inflación. La inmediata consecuencia de una política semejante sería que, el euro, caería respecto al resto de divisas internacionales. No me puedo imaginar lo que esto supondría para la UE ya que, si en principio podría favorecer a sus exportaciones a países que no pertenecieran a ella, a sensu contrario, aumentaría el precio de las materias primas y energéticas de la que es tan deficitaria y, por tanto, dependiente del suministro extracomunitario, al no disponer de producción suficiente para autoabastecerse. Basta recordar el caso del corte del gasoducto ruso y de la alarma que, inmediatamente, se generó en todos los países del norte de Europa.

Ignoro si el señor Rodríguez Zapatero tiene una idea clara del berenjenal en el que nos ha metido a España y a los españoles, pero, tengo la impresión, por los resultados de la entrevista celebrada con el señor Rajoy, que está más preocupado por ganar las elecciones de marzo del 2012 que de aprender economía o, al menos, escuchar a los economistas de su partido que, desde Almunia, Sevilla, Solbes hasta el propio Solchaga, claman en el desierto de la mente del Presidente, intentando hacerle entrar en razón, sin que, al parecer, tengan el menor éxito. Y es que, señores, en España estamos padeciendo la peor plaga que puede caer sobre un país y es que estamos gobernados por un iluminado que no acepta consejos de nadie. ¡Estamos perdidos!

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