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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Hambre de algo nuevo

David S. Broder
David S. Broder
viernes, 7 de mayo de 2010, 05:51 h (CET)
WASHINGTON - En sectores independientes del mundo democrático de habla inglesa, la capacidad del sistema bipartidista de hacer frente a las presiones de una crisis económica es puesta a prueba esta semana, con implicaciones importantes tanto para Gran Bretaña como para Estados Unidos.

Los comicios del jueves en Inglaterra, Escocia y Gales determinarán si es posible reunir una mayoría parlamentaria del gobierno laborista que lleva 13 años en el poder o de los conservadores, que han plantado la oposición más fuerte y consistente. El ascenso de una tercera formación de los Demócratas Liberales genera la posibilidad de un Parlamento de fuerzas equilibradas y un prolongado período de negociación entre los partidos.

Mientras tanto, cuatro años después de que el Senador Joe Lieberman de Connecticut demostrase que un Demócrata conocido a nivel nacional puede triunfar en las elecciones como independiente, Charlie Crist, el gobernador titular Republicano de Florida, ha decidido intentar duplicar la hazaña en la carrera al Senado tras perder el apoyo de su partido.

Si una tercera formación o bien el candidato independiente triunfa en cualquier orilla del Atlántico, está claro que será señal para otros políticos ambiciosos de que las viejas lealtades al sistema bipartidista se han visto tan mermadas por la combinación de medios políticos modernos y tiempos económicos difíciles que ya no pueden prevalecer.

Que Crist gane en Florida o que el Liberal Demócrata Nick Clegg logre suficientes escaños en el Parlamento para poder negociar su incorporación a alguna forma de gobierno de coalición precipitaría lo que ya es una crisis inminente para el sistema bipartidista.

Los síntomas de este debilitamiento, al menos en los Estados Unidos, son la creciente intolerancia hacia las diferencias ideológicas dentro de cada uno de los partidos de siempre, y la creciente distancia entre sus alas activistas.

En un brillante ensayo actualizando el trabajo de David Brady y Han Hahrie, William Galston, de la Brookings, ha demostrado que en el actual Congreso, la polarización de los partidos ha llegado a ser más radical que en cualquier otro momento de la era moderna. Tanto en la Cámara como en el Senado, el Demócrata más conservador es más progresista que cualquier Republicano y el Republicano más progresista es más conservador que cualquier Demócrata.

El vacío entre los partidos, escribe Galston en el número de abril de la publicación de estudios legislativos de la Brookings, ha crecido tanto que "si se define el 'centro' del Congreso como el solapamiento entre los dos partidos, el centro ha desaparecido".

La polarización se ha visto fomentada por la contundencia del núcleo electo dentro del comité de cada formación y el papel cada vez más centralizado de la maquinaria de recaudación de fondos en cada partido.

Pero en el fondo, ha sido alimentada por el creciente partidismo de los principales electorados de los partidos de siempre. Sus hábitos informativos y hasta sus espacios cada vez más pequeños también manifiestan menos de ese solapamiento en cuanto a gustos.

Pero a medida que activistas y legisladores manifiestan el partidismo cada vez mayor, el grueso de votantes relativamente indiferentes que no siguen apasionadamente la política pero que juzgan a las formaciones en función de su satisfacción total se sienten más incómodos dentro de lo que llaman la camisa de fuerza bipartidista.

El candidato que pretende explotar ese apetito de algo diferente puede ser un novato relativo como el joven Clegg o alguien tan familiar como Lieberman o Crist.

En tiempos normales, a medida que los electores se acercan al momento de depositar sus votos, se vuelven más convencionales en su elección. Los candidatos presidenciales independientes como John Anderson o Ross Perot luchan por conservar el mismo porcentaje de apoyo del que disfrutan en las primeras encuestas - y casi siempre fracasan.

Pero no corren tiempos "normales". Las filas de los descontentos se han engrosado gracias a las propuestas sanitarias y de inmigración entre otros asuntos, poniendo sus miras en Republicanos, Demócratas, y la clase política en general a medida que la decepción les consume. La posibilidad de alcanzar ese milagro electoral es lo que da a esos independientes o líderes de tercera formación sus esperanzas.

Gran Bretaña ofrece la primera prueba de esa rebelión, pero en este año volátil no será la última.

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