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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Bono y los bonos españoles

Manuel Villena (Granada)
Redacción
miércoles, 5 de mayo de 2010, 22:26 h (CET)
Nada descubriré si afirmo que la economía española atraviesa por una gravísima y profunda crisis. Los políticos encargados de las finanzas, ya sea por el motivo que sea, no acaban de acertar con medidas eficaces que ayuden a emerger del profundo pozo en el que estamos sumidos.

Ante esta situación alguna agencia de calificación de créditos ha rebajado la fiabilidad de los bonos de la deuda española. A todo esto hay políticos que, habiendo demostrado su capacidad y bien hacer en su economía particular se encuentran desaprovechados, pues aun ocupando importantes cargos, éstos carecen de influencia económica. Me refiero, concretamente, al Sr. Bono, presidente del Congreso de los diputados. Si este extraordinario económico y político, al que avala un fulgurante y exitoso balance económico, optase por tomar las riendas del carro de la economía española no tardaríamos en disfrutar de sus benéficos efectos y las agencias antes citadas no les quedaría más remedio que volver a recalificar a los bonos españoles como lo más fiables del mundo, devolviéndoles la máxima calificación de la triple A.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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