Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Sonríe: Dios me ama

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 5 de mayo de 2010, 02:54 h (CET)
La cristiandad se reparte, casi a medias, entre fariseos y humildes, aunque los que chirrían suelen ser los primeros. Son los que ocupan los primeros bancos en las iglesias, los que tienen un verbo plásticamente reposado, los que invitan a la calma y echan en el cepillo las monedas desde lo alto para su ruido atraiga las miradas de los otros: son los beatos, las ratas de sacristía, los narcisistas que se sienten objeto de la bondad divina. La vida les sonríe, y, por ello mismo, a la primera de cambio, dicen a quien se les arrima: “Sonríe: Dios me ama.” Dios siempre es bueno, siempre que sea bueno con ellos.

Los humildes son los otros, los que no levantan la voz por sí mismos, los que niegan el narcisismo en esta sociedad narcisista empeñada en el vano afán de encomiarse a sí misma. Pero estos cristianos, no cuentan, ni nunca contaron sino alimento de fieras en el circo, como paganinis de los lujos de las curias y como sangre gratuita en las cruzadas de los otros cristianos, de los de antes, de los del verbo pomposo y discurso redicho, los que se atizan enormes golpes de pecho ante el auditorio y los que ponen carita de mártires cuando son sorprendidos en un renuncio, como diciendo: “Si Dios me envía esta cruz, la llevaré hasta mi Calvario”, mientras juran en lo privado o en el círculo íntimo en cuantas lenguas vernáculas existan (como en el Senado), pidiéndole a su bondadoso Dios el milagro de un Infierno atroz para los acosadores que han puesto a la luz pública sus chanchullos y trampas privados.

Los cristianos humildes, sin darse pote alguno y procurando siempre pasar desapercibidos, son las imprescindibles criaturas sociales: curan enfermos, alimentan hermanos pobres, educan desahuciados, copian libros, velan por el arte, rezan a su Dios desde un rincón oscuro e íntimo, procurando no llamar la atención de nadie porque su relación con su Padre es personal, por más que no entiendan qué se trae entre manos o cuál es su Plan para que este despelote en que vivimos tenga algún sentido. Sus motivos tendrá, suponen, y, entretanto, aunque sea el día del Fin del Mundo, plantan un árbol, salvan una vida, dan una mano, piden justicia para todos, rezan por los desheredados y, cuando alguien les señala para aplaudirles, discretamente se retiran, esconden la mano para no recibir recompensas… y siguen trabajando. En su sabia ignorancia, son la sal de la tierra, la luz de un mundo ciego.

En las iglesias se les puede ver a todos: los beatos, ungidos en aguas de colonias y enfundados en trajes carísimos, participando en la liturgia con cara de ver a la Virgen, generosos con sus óbolos y cerquita del ara para que Dios no pueda apartar su ojo divino de tan encomiable y principal criatura de su grey; los humildes, como en el teatro, llenan el anónimo gallinero, se ubican en los deambulatorios o se quedan allá al final de la crujía rezando en silencio, sabiendo que nadie, nadie, es digno de estar en la presencia del Creador, y que, como criaturas suyas que son, les queda mucho por heñir: multiplicar sus talentos y combatir sus defectos. Lucha ardua que para los débiles rompe la Fe, según el laico o el ateo repare en los unos o en los otros.

El resultado de fijarse en todos es, cuando menos, confuso: admirable y repulsivo al mismo tiempo. Y más es así cuando, a la salida de los actos, los beatos altivamente reparten limosnas entre los parias que han ocupado estratégicamente emplazamiento en las puertas, y se embarcan en sus autos de mucho lujo y postín camino de su casa de campo, donde gozar del merecido descanso del séptimo día: Dios les ama, y, como Dios, tienen derecho al relajo un día de cada siete, aunque no hayan creado nada… positivo. Los otros, los humildes, salen del templo, y a menudo ni reparan en los pobres porque sus recursos son excesivamente menguados para paliar tanto dolor –incluso puede ser que estén en el paro-, y vuelven a sus casas humildes para compartir un pan humilde con los suyos. Pueden hacerlo, pero rara vez le piden a su Dios para sí, más allá de un trabajo para sostenerse o un poco de suerte para soportar sus días. Para éstos, Dios está en el pan sencillo, en los actos rutinarios, en cada esquina de su casa humilde, en cada aliento, en cada sonrisa y en cada lágrima; para los otros, para aquellos que sonríen porque Dios los ama, Dios reside en los countries, en las urbanizaciones de lujo y en los templos góticos con mucha vidriera y ornamento, y a ellos les premia por ser tan especiales y bondadosos, entretanto a los humildes les castiga por sus muchos pecados.

Y Dios en medio, queriendo a los unos y a los otros: de los primeros recibe flores de humildad y besos de oración; de los segundos, la bofetada de sus delirios. Pero es Dios y Padre de todos ellos, e insiste en recordarlos que nadie somos nada por más que nos aplaudan: todo nace de Él, y todo a Él vuelve, dilapidado en algunos casos y en otros multiplicado. Nadie es tan pobre como el que más necesita. Sonríe: Dios te ama.

Noticias relacionadas

El olvidado crimen de lesa patria

Entre el PP y JxSí están haciendo de este país un total desastre

El progreso de estos tiempos

18/10/2017 00:00:23

¿De qué depende la auténtica calidad de vida en la vejez?

La esperanza de que las cosas podrían mejorar alguna vez, va esfumándose sobre todo entre los jóvenes

El buen pastor

Una persona si no es guiada por el Buen Pastor está expuesta a ser absorbida por un extremismo ideológico

Puigdemont no cede

La carta de Puigdemont a Rajoy es más de lo mismo
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris