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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

¿Un nuevo orden económico?

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
martes, 4 de mayo de 2010, 04:05 h (CET)
WASHINGTON - Esto es última hora: Caterpillar - el fabricante de equipo pesado de construcción, incluyendo excavadoras y volquetes de minería - presenta unos resultados en positivo durante su primer trimestre de 36 centavos de dólar por acción, frente a las pérdidas de 19 centavos un año antes. Más llamativo, la mejora se debió en parte a una demanda mucho más sólida de los países en vías de desarrollo. Aunque las ventas de maquinaria pesada descendieron en Norteamérica y Europa de manera acusada, avanzaron un 40 por ciento en Asia y un 7 por ciento en América Latina. Con más exportaciones, Caterpillar está volviendo a contratar. El aumento de su plantilla estadounidense, aunque de sólo 600 empleos, contrasta agradablemente con los cerca de 10.000 despidos que desde finales de 2008 habían reducido la plantilla estadounidense del fabricante hasta cerca de 43.000 empleados.

Lo significativo de esto es que insinúa la tan deseada "armonización" de la economía mundial. El mundo necesita un nuevo motor de crecimiento que reemplace al consumidor estadounidense que financia su compra en el libre mercado mediante el endeudamiento y su apetito voraz de exportaciones de otros países.

La difícil tesitura helena y los problemas de la deuda de Europa más generalizados son un heraldo: Las economías desarrolladas ya no pueden alcanzar la prosperidad a golpe de deuda. De ahí la armonización. Los países en desarrollo, especialmente en Asia, que buscaron el crecimiento por la vía de la exportación se decantan por el consumo nacional. Las economías fuertemente endeudadas de América y Europa dependen más de las exportaciones a estos países. Casi todo el mundo, hasta China, es partidario de la armonización como principio. ¿Pero puede materializarse?

Según algunos indicios, parece estar registrándose. China, la India, Brasil y muchas potencias de "mercados emergentes" evitaron las consecuencias más negativas de la Gran Recesión. Sus economías están creciendo a un ritmo muy superior al nuestro (6,4 por ciento anual en 2010 y 2011, en comparación con un ritmo del 2,9 por ciento en el caso de Estados Unidos, según el Fondo Monetario Internacional). Esto empuja su demanda de equipo avanzado, repuestos y materias primas de uso industrial (productos químicos, carbón), que constituye los dos tercios de las exportaciones norteamericanas. Del inventario de 3.350 aparatos en hangar que tiene Boeing, algo más de las tres cuartas partes (77 por ciento) son pedidos de clientes extranjeros.

El consumo interno se está consolidando en estos países a medida que los sueldos y los gustos - de coches, ropa, ordenadores, teléfonos móviles - se diversifican. En 2002, el consumo en los países en vías de desarrollo (incluyendo Brasil, China y la India) constituyó el 23 por ciento del total mundial y el porcentaje estadounidense fue del 36 por ciento, según las estimaciones de los economistas David Hensley y Joseph Lupton, de JPMorgan Chase. Hacia el año 2008, los países en vías de desarrollo representaban el 32 por ciento y Estados Unidos el 28 por ciento.

Es una armonización económica de manual, a medida que los países pobres adaptan los productos y tecnologías de los países ricos. Es un proceso en dos fases, dice el economista Arvind Subramanian, del Instituto Peterson. "En primer lugar, las economías deben superar el umbral hobbesiano" - en honor al filósofo Thomas Hobbes (1588-1679), que afirmaba que la vida sin gobierno fuerte es "desagradable, brutal y corta". Los gobiernos deben proporcionar seguridad básica y sanidad pública, sentar cierto estado de derecho y crear mecanismos de protección a la propiedad privada, dice Subramanian. De lo contrario, no existe la estabilidad necesaria para pasar a la segunda fase: permitir que los mercados operen; poner en práctica las virtudes económicas estándar (control de la inflación, disciplina presupuestaria en las cuentas públicas).

Regiones de África y América Latina no han superado aún el umbral hobbesiano, dice Subramanian. Pero en otros lugares, muchos países han cosechado los frutos de pasar a la segunda fase. China y la India son los casos más espectaculares. Sólo en las últimas décadas han relajado la regulación pública omnipresente, el intervencionismo y las barreras comerciales hacia políticas más orientadas al mercado.

¿Va pues la armonización según el libreto? Bueno, no necesariamente. Es cierto que los desequilibrios comerciales masivos han disminuido considerablemente. El déficit comercial estadounidense se contrajo de 760.000 millones de dólares en 2006 hasta 379.000 millones en 2009; el superávit comercial de China también se contrajo acusadamente. Pero estos cambios son reflejo sobre todo de la Gran Recesión. El bache cada vez más extendido hizo que particulares y empresas dejaran de gastar. El comercio mundial se contrajo violentamente - y el volumen de los desequilibrios con él. Pero a medida que la recuperación se ha consolidado, la actividad comercial y los desequilibrios vuelven a crecer. Las importaciones estadounidenses aumentan a un ritmo superior a las exportaciones; este aumento súbito podría tener un carácter temporal, según sugiere el economista Richard Berner, de Morgan Stanley, debido a que las empresas están reponiendo inventario.

Sin embargo, lo que brilla por su ausencia en la revalorización sustancial de forma natural de la divisa china, el renminbi. Fred Bergsten, del Instituto Peterson, cree que el renminbi puede estar devaluado artificialmente un orden del 40 por ciento frente al dólar. Esto da una importantísima ventaja a las exportaciones de China y apuntala sus excedentes comerciales. Otros países asiáticos temen manipular sus divisas si China no cambia primero. "Van a perder terreno frente a China", señala Hensley. La Unión Europea, Brasil y la India se sienten amenazados por el renminbi. El Presidente Obama quiere que las exportaciones estadounidenses se dupliquen en cinco años. Eso probablemente no sea realista, pero es imposible si el renminbi no se revaloriza de forma natural.

"Es la herramienta más importante con diferencia de las que tenemos para elevar la exportación y disminuir las importaciones", dice Scott Paul, de Alliance for American Manufacturing, un colectivo sindical de carácter privado. Cierto. Pero China se viene resistiendo numantinamente a cualquier cambio importante de la política monetaria. La economía mundial está en una encrucijada fatal, el tránsito a un nuevo orden. ¿Saldrán del paso las naciones y harán la transición? ¿O el deseo de todos los países de maximizar su propia producción y empleo desencadenará el proteccionismo contraproducente y los nacionalismos?

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