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La Nana: Cuando el trabajo lo es todo.

Johari Gautier Carmona
Johari Gautier Carmona
@JohariGautier
lunes, 3 de mayo de 2010, 04:20 h (CET)
La recién estrenada película chilena “La Nana” de Sebastián Silva expone desde una perspectiva insólita la cotidianidad de una empleada doméstica en una casa burguesa. Lejos estamos del escenario idílico en el que la calidez del hogar, los hijos y la familia entera ofrecen un cuadro apacible y envidiable. La realidad de Raquel, una empleada de 41 años, se resume con un abatimiento constante al que se suma un auténtico terror psicológico cuando la dueña le anuncia la pronta contratación de una doméstica para respaldarla en ciertas áreas.

El miedo a perder su trabajo
Viéndose frente al dilema de quedarse sin trabajo, o simplemente de perder la relevancia que hasta entonces había gozado, Raquel reacciona con extrema acritud. No acepta verse descolocada y rebajada a un segundo plano. Por ese motivo, la casa en la que ha trabajado en los últimos 23 años, y que la tenía sumida en un estado apático, se convierte de repente en una celda asfixiante. El espacio se hace cada vez más pequeño, las costumbres de cada uno más insoportables y las situaciones cotidianas más amenazantes.

Ante la llegada de una nueva empleada, el aburrimiento y la desidia de Raquel dejan paso a una nueva sensación: el miedo a ser rechazada o despedida. Su trabajo lo es todo y, cuando no se dispone de estudios o de familia, ese trabajo puede convertirse en la peor cárcel. Asimismo, Raquel se enzarza en una serie de actos humillantes, maniobras maquiavélicas y desalmadas para hacer la vida imposible a las humildes trabajadoras que aparecen en la casa. No está dispuesta a facilitar la tarea de quienes hacen peligrar su situación y, de esta forma, demuestra que todo su universo gira en torno a la pequeñez de ese hogar que, muy a menudo, la desprecia.

El orgullo la conduce a sacar su faceta más villana. Atrapada entre el vacío de su vida personal y la necesidad de dar sentido a todos estos años sacrificados, la empleada transforma cada una de sus herramientas en armas, las usa con rudeza sin pensar en el daño que puedan causar. Así pues, emplea el aspirador para despertar a los niños, abusa de su veteranía con las empleadas, ensucia lo que otras han limpiado, en defensa propia.

Terror e intensidad
Lo que al principio puede parecer un simple drama casero va transformándose en una verdadera película de terror. Los límites de la casa sirven para acrecentar la angustia y la intensidad de la trama, duplican la sensación de encierro y de claustrofobia. Por otro lado, el papel interpretado por Catalina Saavedra (la nana), cuya maestría reside en la inexpresividad y opacidad de sus expresiones, refuerza la calidad de una película sencilla e impactante.

Es imposible ignorar el calvario que vive la empleada. Emociona verla en un duro proceso de destrucción. El miedo la lleva a reproducir los mismos patronos de defensa, a sufrir y medicarse a solas, pero también la obliga a cuestionarse e indagar en un pasado que ha preferido descartar. La única familia que ella reconoce es la que le proporciona un cuarto diminuto y la seguridad necesaria para sobrevivir. Sin embargo, ¿es eso todo lo que necesita? En ese universo tan cerrado en el que el fin justifica los medios, la empleada reflexiona sobre el verdadero sentido de su existencia y replantea las pautas de un camino dedicado esencialmente al trabajo. El camino de Raquel subleva la pregunta que a menudo nos hacemos: ¿Vivir para trabajar o trabajar para vivir?

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