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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Boicot al racismo en Arizona

Amy Goodman
Amy Goodman
@DemocracyNowEs
sábado, 1 de mayo de 2010, 09:21 h (CET)
Arizona fue el único territorio al oeste de Texas que se separó de la Unión y pasó a formar parte de la Confederación durante la Guerra Civil de Estados Unidos. Un siglo más tarde, luchó por el reconocimiento del feriado nacional en honor a Martin Luther King Jr. Esta semana, la gobernadora republicana del estado, Jan Bewer, promulgó una ley anti-inmigrantes. El proyecto de ley 1070 del Senado de Arizona autoriza al estado y a la policía local y estatal a detener, interrogar y arrestar a cualquier persona que sospechen que no es residente legal del estado. La ley es una invitación a la discriminación racial abierta y a la detención arbitraria.

La ley aparentemente establece la “aplicación cooperativa de las leyes federales de inmigración en todo el estado de Arizona”, y dispone que “un oficial del orden público puede arrestar a una persona sin orden judicial, si el funcionario tiene causa probable para creer que la persona cometió una falta pública que la haga pasible de ser expulsada de Estados Unidos”.

Por consiguiente, si un oficial de policía sospecha que una persona latina es inmigrante indocumentado, él o ella pueden detener a esa persona. Uno de los blancos a los que apunta esta ley son los trabajadores jornaleros. Es ilegal aceptar (o realizar) una oferta de trabajo en algunos establecimientos al borde de la carretera, e incluso la ley prevé que la “comunicación mediante un gesto o asentir con la cabeza” para aceptar una oferta de trabajo, es una ofensa pasible de arresto. La ley S.B. 1070 va más allá y facilita la denuncia anónima de comercios de los que se sospeche que tienen empleados indocumentados.

El Presidente Barack Obama denunció el proyecto de ley y afirmó: “Si no actuamos en forma responsable a nivel federal, dejaremos lugar a la irresponsabilidad de otros, y eso incluye, por ejemplo, los recientes esfuerzos en Arizona, que amenazan con socavar las nociones básicas de justicia y equidad que valoramos como estadounidenses, además de la confianza entre la policía y la comunidad que es tan importante para vivir en una sociedad segura. De hecho, ordené a los miembros de mi gobierno que sigan de cerca la situación y examinen las repercusiones que esta legislación pueda tener en los derechos civiles, así como también cualquier otro tipo de implicancias que pueda tener”.

Hay una fuerte reacción en contra de este proyecto de ley en Arizona y en todo el país. El congresista Raul Grijalva, demócrata de Tucson, Arizona, y co-presidente del Comité Progresista del Congreso, está al frente de la oposición a la polémica ley. Me dijo: “Es una licencia para la discriminación racial. Genera una condición de segunda clase principalmente para los latinos y las personas de color en el estado de Arizona…Arizona ha sido el laboratorio para este tipo de iniciativas racistas severas”.

Grupos legales están preparando impugnaciones a la ley. Sunita Patel es abogada del Centro por los Derechos Constitucionales. Según Patel, la ley “Permite a los organismos locales del orden público acceder no solo a las bases de datos del FBI, cosa que tradicionalmente han hecho, sino que también les permite sincronizarlas con las bases de datos de inmigración, que tienen fama de no ser confiables debido a los errores en el ingreso de los datos, debido a que tienen información incorrecta sobre la situación de ciudadanía de muchas personas…Y la ley está poninedo en marcha esta amplia red”.

Grijalva le está pidiendo al gobierno federal que se niegue a cooperar con Arizona. “Las cuestiones de inmigración son juridicción de la ley federal y si le pedimos al presidente que no coopere con la implementación de esta ley de Arizona mediante la Oficina de Seguridad Nacional, mediante la Patrulla Fronteriza, dando la orden de no detener y tomando una postura de no cooperación del gobierno federal de Estados Unidos y los organismos federales, le restaría sentido a gran parte de esta legislación y la volvería ineficaz”, dijo.

También pide que la gente boicotee a su propio estado: “Apoyo algunas sanciones económicas específicas dirigidas al estado de Arizona. Le pediremos a las organizaciones nacionales, a las organizaciones de la sociedad civil, religiosas y políticas que no realicen conferencias ni convenciones en el estado de Arizona. Que esta acción, esta legislación tiene que tener una consecuencia económica. Y las buenas organizaciones de todo el país, las organizaciones decentes que están de acuerdo con nosotros en que este proyecto de ley es abiertamente racista, que es inconstitucional y severo, que es injusto, deberían evitar realizar actividades económicas en este estado”.

La Asociación de Abogados de Inmigración Estadounidenses (AILA, por sus siglas en inglés) decidió trasladar su conferencia anual de 2010 de Arizona a otro estado. El miembro del Concejo Municipal de San Francisco, David Campos, dijo que Arizona “de un momento a otro retrocedió en el tiempo una generación en materia de conquistas de derechos civiles”. Campos está seguro de que su resolución, que pide a la ciudad que boicotee a Arizona, será aprobada. Se está considerando realizar boicots similares en Oakland, California, y El Paso, Texas. El periodista deportivo David Zirin apoya un boicot a los Diamondbacks, el mayor equipo de la liga de béisbol de Arizona.

Alrededor del 30 por ciento de la población de Arizona se autodefine como hispana. Fue un boicot el que finalmente obligó al estado a reconocer el Día de Martin Luther King Jr. Es lamentable que nuevamente se deba recurrir a tácticas similares.

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Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

Amy Goodman es la presentadora de “Democracy Now!”, un noticiero internacional diario de una hora que se emite en más de 550 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 250 emisoras de radio en español. Es coautora del libro “Standing Up to the Madness: Ordinary Heroes in Extraordinary Times,” recientemente publicado en edición de bolsillo.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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