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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Babel reedificada

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 1 de mayo de 2010, 09:21 h (CET)
La Torre de Babel es el paradigma de la confusión de las lenguas y, por extensión, de la separación de las culturas y razas. Algo indeseable, por cuanto supuso el inicio del conflicto que enfrenta al hombre con el hombre por el mero hecho de ser, sentir o expresarse distinto. Desde entonces, cuando la soberbia del hombre le forzó a Dios –metafórica o realmente hablando, según- a confundirle, en realidad estaba castigándole con el fin de que aprendiera que la humanidad sólo es un bichito cuya fuerza radica en la unidad de sus partes y no en la diferencia que exista entre ellas. Está bien la diferencia como algo folclórico, incluso como una curiosidad científica de cómo los cerebros se estructuran de manera diferente según sea la forma de comprender la realidad, procesarla y comunicarse. Sin embargo, cuando esta diferencia se ahonda como un recurso ancestral que desatiende a todo lo demás, separa, divide y debilita la fortaleza social y hasta balcaniza sus manifestaciones con resultados históricamente conocidos por todos.

Confunde y duele que estos días se esté dando marchas atrás en este sentido, consintiendo que Babel se reedifique en un Senado –por demás inútil- que, a un costo impúdico pretende dividir lo que estaba unido, pues que todo español está obligado constitucionalmente a saber expresarse en español, por más que en su comunidad tengan una lengua cooficial. Sin embargo, es absurdamente desde el poder, desde la prepotencia de estas señorías de amplio sueldo y escasos o ningún resultado práctico, desde donde se consagra la división que está enfrentando periféricamente a la población de este país, separándola o ralándola en sus fundamentos e impidiendo que los del norte se entiendan con los del sur y los del este con el oeste, entretanto se ningunea lo que nos une como conjunto al fortalecer lo que nos separa.

Decía recientemente un por mí tenido hasta ahora por sensato y muy intelectual opinador habitual, que mejor era para sus señorías aprender las lenguas vernáculas patrias que inglés, por ejemplo, y se ha caído con él un soporte de la poca razón que me parecía quedaba en este país. Pues qué quiere este ilustre pensador, ¿mundializar el gallego o universalizar el catalán de modo que no podamos entendernos con europeos, americanos, asiáticos, australianos y africanos?... ¿O haremos lo mismo con el suajili y con los decenas de miles de idiomas que existen localmente en el mundo?... Uno, a la vista de este avanzar como los cangrejos se pregunta si pretendemos ir hacia el reencuentro del hombre con sus semejantes o si hacia el enfrentamiento final, y no le puede caber duda que hacia lo segundo. Está muy bien que cada cual en su pueblo y en su casa hable en la lengua que prefiera, pero los humanos debemos entendernos si queremos reconciliarnos con nuestra condición y dar acabijo a los enfrentamientos ancestrales –casi todos culturales, a la postre-, y la única manera de hacerlo es uniendo lo que nos separa. Con este fin se inventó el esperanto, y no pocas personas en todo el mundo, renunciando a ofender a unos u otros con la elección de un idioma como vehicular, optaron por aprenderle.

Lo absurdo, lo babélico, es que donde tenemos una lengua común que nos fortalece, desde que tenemos cierta dosis menguada de libertad nos hemos empeñado en sacrificarla en loor y honor del conflicto, de la división. Malo es que quienes no tienen muchas luces entiendan que eso es libertad, que el mayor horizonte consiste en refugiarse en un hoyo, pero que lo crean intelectuales con la cabeza sobre los hombres para cosa distinta que el ornato y más que bien amueblada, parece un suicidio cultural, una sinrazón militante propia de quienes creen que hablar español es ser franquista, partidarios de los Reyes Católicos o fascistas sin remedio. Una pena, vaya, por las estrechas miras con que se contempla este desafuero.

Los anarquistas creyeron durante un tiempo que para construir una nueva sociedad era preciso primero destruir la existente, y en la Historia están sus acciones descabelladas; pero no son los únicos. Los hay que creen que las cosas deben ponerse extremadamente peliagudas para poder implantar un nuevo orden, y trabajan sin descanso en la consolidación del caos que haga la vida imposible, a fin de que cuando todo sea insostenible puedan aparecer como salvadores diciendo: “he aquí la solución” que, por supuesto, será su solución. Algo así como quien siembra la inseguridad para vender seguridad, o, lo que es lo mismo, el gran negocio de nuestro tiempo: la Política del Miedo. He aquí la verdadera razón de los últimos pasos que está dando el gobierno y sus instituciones. El Nuevo Orden está a la vuelta de la esquina, justo después del señorío del caos que están imponiendo.

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