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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Una crisis de la inmigración que sólo lo es de nombre

Edward Schumacher-Matos
Edward Schumacher-Matos
sábado, 1 de mayo de 2010, 09:07 h (CET)
BOSTON -- Olvide la rabieta hiperventilada a cuenta de la nueva ley de inmigración de Arizona y considere este dato que se pasa por alto: la cifra de ilegales que alcanzan nuestro país se ha reducido a una minucia relativa.

Y se marchan muchos más de los que llegan. La cifra de inmigrantes sin papeles residentes en el país ha pasado de rondar los 12,5 millones en 2007 hasta los 10,8 millones registrados en el primer trimestre de este año y sigue bajando, según los expertos de la Oficina del Censo, el Departamento de Interior y algunos laboratorios de ideas.

La crisis de la inmigración ilegal, en otras palabras, está mejorando -- y no es realmente una crisis menos a los ojos de los activistas, los políticos oportunistas y los medios sensacionalistas.

Opinión generalizada aparte, el principal motivo del acusado descenso de la inmigración ilegal no es probablemente el fenómeno temporal de la recesión económica. Si así fuera, la demanda de empleo o de visados de residencia habría descendido, y no es así. Y México, país de origen de seis de cada 10 inmigrantes sin papeles, está sufriendo una recesión aún más acusada que la estadounidense.

No, un motivo importante - por no decir el principal - del descenso es que las medidas legales están funcionando, algo que muchos activistas pro-inmigración odian admitir y los restriccionistas se niegan a reconocer.

Tras la peligrosa reacción exagerada de Arizona, lo que nos hace falta ahora es que todo el mundo se tranquiliza. Lo mejor que podría suceder es que algún líder responsable Republicano y alguno Demócrata -- y hay muchos -- limpiara todo el ruido e iniciara un debate en torno a quién queremos admitir en nuestro país, y qué tipo de país queremos ser. Sólo dos condiciones básicas deben guiar nuestra respuesta a la inmigración ilegal: lo que es mejor para América, y lo que funciona.

La indignación en Arizona y en otros sitios puede ser comprensible en parte, pero algunos de nuestros líderes tienen que decir a la gente que sus opiniones no son respaldadas por los hechos y que - sí, léalo bien - hay que confiar en el gobierno. En la práctica viene haciendo un trabajo muy bueno esforzándose para estar a la altura del desafío de la inmigración bajo los presidentes George W. Bush y Barack Obama.

Basta mirar las cifras.
Cuántos sin papeles siguen viviendo es lo que cuenta. Esto refleja la tónica de la tendencia y el control que tenemos tanto sobre nuestras fronteras como sobre los visados expirados. Recuerde: históricamente Estados Unidos ha dispuesto pocos obstáculos a la inmigración. En 1979, cuando siendo reportero atravesé la frontera con un grupo de mexicanos, había una fuerza ridículamente pequeña de 2.000 agentes de fronteras solo para cubrir los 3.000 kilómetros de frontera con México.

Hoy, la Patrulla de Fronteras cuenta con 20.000 efectivos especializados dotados de tecnología punta y cientos de miles de kilómetros de barrera. El Pew Hispanic Center informa que la cifra de mexicanos que lograron atravesar la frontera en el año finalizado en el marzo de 2009 fue de 175.000, la cifra más pequeña desde 1970 y por debajo de los alrededor de 650.000 registrados en 2005. La Patrulla de Fronteras informa que las incidencias, una medida inusual del tráfico, descendieron casi un 70% el año pasado con respeto al año 2000.

Los contrabandistas cobraban 50 dólares cuando pasé yo. El precio ahora es de 3.000 dólares o más, un disuasorio en sí mismo que refleja la dificultad.

A nivel interno, las deportaciones se han disparado, de niveles ínfimos hasta entre 230.000 y 390.000 al año los tres últimos años. El objetivo es deportar a aquellos que han cometido delitos, y aunque Interior se ha alejado de este asunto, este año espera expulsar a 150.000 delincuentes con penas.

En la cuestión de la delincuencia, mientras tanto, a pesar del temor de la opinión pública, los estudios demuestran que los inmigrantes sin papeles cometen delitos con una frecuencia de cuatro a ocho veces inferior a la del ciudadano estadounidense.

En la propia Arizona, Interior estima que las cifras de ilegales descendieron desde un máximo de 550.000 el año pasado hasta los 460.000, y siguen bajando a pesar de que sus desiertos se encuentran entre las últimas lagunas importantes para los que entran. El problema de delincuencia de Arizona está relacionado en realidad con el tráfico de estupefacientes, un asunto totalmente diferente.

Arizona, sin embargo, es el líder de un movimiento nacional cada vez más eficaz junto al gobierno federal dedicado a detener a los empresarios que utilizan mano de obra ilegal y desactivar el imán de la economía sumergida.

Las medidas policiales nunca serán suficientes para poner fin a la inmigración ilegal. Nos hacen falta canales para que el inmigrante temporal pueda cubrir nuestra demanda de mano de obra, lo cual es el motivo de que necesitemos ahora una reforma integral de la inmigración. Parte de esa necesidad económica - y nuestro bienestar moral y financiero - está ligada a que también regularicemos la situación de los que ya están aquí.

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