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Cinco millones de dramas, y creciendo

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 29 de abril de 2010, 06:08 h (CET)
La cosa no pinta bien, y todavía quedan por llegar los más negros nubarrones que dominan el horizonte inmediato. Hay algo más que un serio peligro de que la cuestión se nos vaya de las manos no sólo porque está por estallar el asunto de las cajas de ahorro y los bancos, sino también porque el endeudamiento y el descrédito político a nivel internacional que padecemos puede impedirnos un mayor endeudamiento, por contradictorio que pueda parecer y aunque esto suponga hipotecar el futuro. Y, sin embargo, el Gobierno, autista voluntario, sigue dilapidando a mano rota como si nos sobrara y sosteniendo contranatural un gasto absurdo en ministerios contraproducentes y conflictivos, subvenciones a quienes sin utilidad alguna sólo se embolsan y reparten los dineros públicos y hasta sembrando un conflicto social que, visto desde fuera de España, nos proporciona una imagen de castañuela y pandereta que no es precisamente la mejor para atraer los dineros exteriores que tanta falta nos hacen.

El país, ante la incapacidad manifiesta de nuestro Gobierno, corre el riesgo de verse contra las cuerdas en muy poco tiempo, y hasta es posible que si no se corrige el rumbo con mucha energía, balcanizado. Al menos cinco millones de almas sin trabajo ni expectativas (¡sabe Dios cuántos son en realidad!), apenas si son tratados por las autoridades como meros números, ignorando que son cinco millones de enormes dramas; pero es que también la sociedad en pleno, la que sí tiene ingresos, los ignora, yendo cada uno a lo suyo como si no pasara nada. Cinco millones de problemas, y creciendo, que se tratan de ocultar o enmascarar recurriendo al siempre manido guerracivilismo y a un falaz mensaje de brotes verdes que sólo pueden atisbar quienes tienen demasiada maría o excesivos cortocircuitos en las circunvoluciones.

La cosa no pinta bien, no. Pudiera ser que la santabárbara bancaria estalle un día de estos, que Europa nos ponga en cuarentena (o nos echen del euro) y que la situación interna se encone más todavía, enfrentándonos hasta la sangre. Si todo ello se diera, el resultado es sobradamente conocido, pues que sólo nos detiene el garrote la mano de la Europa a la que pertenecemos. Es la hora no de discursos grandilocuentes, que sólo son placebos para acallar los alaridos de desesperación de cinco millones de almas, sino de acciones bien concretas, que cada uno de nosotros comience a poner las soluciones que tenga más a mano. El hambre y desesperación tienen fecha de caducidad, y no admiten más demoras. Es el momento de actuar con todas sus consecuencias y dejarnos de datos macroeconómicos y de proyecciones universales; hay que descender al suelo, dar una mano a los que lo necesitan y compartir el pan y la sal con estos cinco millones de nosotros que nos piden ayuda a gritos. Y hay que hacerlo hoy, porque mañana será tarde.

¿Soluciones?... Cada cual ha de aportar la suya. Recuérdese que, como dice el Talmud, quien salva una vida, salva al mundo entero. No hay que desplazarse a África ya para encontrar casos extremos: los hay en cada vecindad, en cada barrio, en cada bloque de viviendas. Son personas como nosotros que hoy se sienten solos y sin futuro, que sufren porque la sociedad se ha mostrado como enemiga y que no tienen una mano amiga a la que recurrir, no faltando quién contempla con seriedad la idea del suicidio, esa pandemia que se ha convertido en la segunda causa de muerte en España, o cuya desesperación está ya infestando la propia convivencia familiar, si no rompiéndola en mil pedazos. Y si además quien se encuentra en esa tesitura tiene más de cuarenta años, la situación se pone extremadamente peliaguda. Los males nunca vienen solos, ya se sabe, sino que la vida los trae a paletadas.

Ni por un momento creo que este Gobierno y este partido en el poder puedan hacer nada por remediar esta situación tan extrema, pero tampoco creo que tengan la hidalguía suficiente como para declararse incompetentes y ceder el paso a otros. A nosotros nos corresponde, pues, hacer lo que esté en nuestra mano. Tal vez, incluso, es el momento de que cada uno se plantee echar una mano personal a un ciudadano que ha caído en el infortunio. No se trata de un revival del “siente un pobre a su mesa”, sino una actualización del “da una mano a tu hermano: mañana la podrías necesitar tú.” El Gobierno no lo hará, eso es seguro, y tampoco los sindicatos tienen mucha capacidad o intención para hacerlo más allá de los testimoniales grititos del uno de mayo, y hasta a ambos no les vendrá mal que algunos se den de baja del INEM aunque sea por la vertical del viaducto. Estamos, pues, solos ante nosotros mismos.

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