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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Cultura y cine

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 28 de abril de 2010, 05:38 h (CET)
Da pena, pero son mucho más creíbles y con mejor dotes interpretativas los actores de la publicidad que los de nuestro lamentable cine. Ver una película española se me antoja como algo imposible, merced a la conjunción de los lastimosos guiones que se emplean, a la pésima narrativa audiovisual de los directores y a una tan espantosa interpretación de los actores principales (no siempre así en el caso de los secundarios) que imposibilita de todo punto presenciar toda la película, salvo que uno tenga una capacidad muy especial de soportar náuseas. Sin duda es el resultado de las generosas subvenciones que percibe nuestra doméstica industria cinematográfica, porque si hicieran buenas películas capaces de obtener una decente recaudación en taquilla, sin duda se verían privados de nuevas aportaciones gratuitas, de modo que mejor hacen malas películas para fracasar en la caja y así seguir mamando de la teta patria. Ceja, desde luego, no les falta.

Hay quien sostiene que la enfermedad de nuestro cine se debe, fundamentalmente, a la endogamia que se practica en sus ámbitos, donde todos los actores principales son hijos, parientes o coleguis de alguien que fue o es importante dentro de ese orbe, en un círculo tal que es imposible que nadie ajeno a ese chiringuito entre, por más que sea un actorazo de los pies a la cabeza; otros, aducen que los males son propiciados a esas trampas a las que me refería en el párrafo anterior, cuyas subvenciones han despertado la picaresca de productores y demás intervinientes, creándose una industria mamífera que más que preocuparse de la calidad se han esforzado en técnicas de llenado de talego por la cara; y otros tantos, lo objetivan en la excesiva e incoherente politización y una degradación conjunta del orden de la cultura, no importándole a nadie la calidad de los guiones, de los actores o de lo que sea, y limitándose esa industria –o lo que sea- a servir intereses adoctrinadores de partidos o simplemente a emular los filmes y temáticas americanos, con los lógicos resultados propios de las malas imitaciones. La copia de las copias nunca fueron buenos productos, y está demostrado que es la necesidad y aun la carencia de medios las que históricamente han incubado las mejores obras, por lo que un poquitín de hambre o riesgo bien podría ser el revulsivo necesario de un cine no en decadencia, sino en coma terminal.

Las subvenciones, vistas con ciento criterio, están yendo contra nuestros intereses, si es que en verdad nos interesa tener un buen cine, que ésa es otra. Incluso acciones tales como los encierros, sea por defensa de jueces que se pretende sean impunes o por la cuestión ajena a su tétrica deriva que sea, están comenzando a ser bien vistas por los espectadores en general, porque mientras estén encerrados no hacen cine, con lo que ganamos todos, además de ahorrarnos una pasta en subvenciones. Ventajas por todos los lados, en fin.

En cualquier caso, la derrota (nunca mejor dicho) de la cultura en esta etapa socialista no puede ser más lamentable, y, entre los diferentes ministros que han ocupado el cargo y las influencias nefastas del ministerio ése de la Mujer, están cargándose nuestro acervo. Menos mal que tenemos a Cervantes, que, si no, no sé qué sería de nosotros. Aunque, bien pensado, tal vez a las gentes de la cultura actual que verdaderamente tienen alguna cultura (pocos de ellos son conocidos), les termine pasando como a Cervantes y terminen como él: metiéndose a curas para matar el hambre o para creer en Dios por imposibilidad de creer en los poderes. Así estaba España y así sigue, con la única diferencia de que entonces, pese a la podredumbre cultural del Estado, los grandes autores pudieron publicar o escenificar sus obras y, hoy, ni eso. Tan es así, que si pudiera ver el insigne Cervantes qué se dice hoy de él con el hambre que pasó y el ninguneo a que estuvo sometido, sin duda se retorcería en su tumba. Pero así es España, y esto no hay Dios que lo mude.

Que se encierre el mundo de la Cultura oficial, pues, y que, de ser posible, les acompañen los responsables ministeriales de turno (y si es posible la SGAE), y que el encierro sea por mucho, mucho tiempo.

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