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Etiquetas:   Cristianismo originario   -   Sección:   Opinión

Una enfermedad es también una ayuda valiosa

Ana Sáez Ramirez
Vida Universal
martes, 27 de abril de 2010, 05:06 h (CET)
De la misma manera que una forma negativa de pensar y vivir influye sobre el cuerpo y lo enferma, así también una forma de pensar y vivir positiva puede aliviar y proporcionar salud; pues si pensamos positiva, desinteresadamente, comunicamos con las fuerzas elevadas que pueden fluir incrementadamente al alma y finalmente también al cuerpo. Pensar y vivir positivamente es la clave para la salud interna y externa. Pero, ¿qué es en realidad un comportamiento positivo? Las claves para una vida positiva las encontramos en frases recogidas en el Sermón de la Montaña como: «Lo que quisieras que otros hicieran por ti, hazlo tú por ellos» o «Saca primero la viga de tu ojo antes de querer sacar la paja del ojo ajeno». Vivir según estos y muchos otros principios para la vida aligeran alma y hombre y hace de nuestra vida una existencia positiva y feliz.

Cada enfermedad y cada malestar corporal nos quieren decir algo. Las molestias y los síntomas son indicaciones para encontrar la raíz que impide que fluyan las fuerzas espirituales en el organismo. Por eso una enfermedad puede ser una ayuda valiosa para encontrar el origen de la debilidad del cuerpo. El auto-reconocimiento es entonces el primer paso para la mejoría, es decir, reconocer las situaciones en las que he fallado en mi forma de hablar, pensar o actuar. Esto es válido en el sentido ético y repercute también en el transcurso posterior de la salud.

Dios quiere que estemos sanos y El es también la fuerza sanadora, el espíritu liberador en nosotros que nos quiere regalar alivio y curación. Los sanadores naturistas, como Paracelso o Hidelgarda de Bingen, sabían acerca del denominado Médico y Sanador Interno. Es el Espíritu de Cristo en nosotros, la luz redentora que vive en cada uno. Podemos entregar todo lo que hemos reconocido de negativo a esta luz liberadora y sanadora en nosotros y además pedir a Cristo por su transformación. También podemos llevarle nuestros dolores y molestias físicas y ofrecerle llenos de confianza el deseo íntimo de alivio y sanación.

El, el Médico y Sanador Interno, quiere volverse activo en nosotros. Sin embargo, debemos dejarle actuar. Esto significa para nosotros reconocer primero nuestro comportamiento erróneo y abandonarlo con Su fuerza, para luego perdonar o pedir perdón y orientarnos a continuación a El mediante una forma de pensar y vivir positivas. Entonces la fuerza de Cristo puede refortalecerse en nosotros de manera incrementada, aliviando y sanando. Deberíamos no obstante ser siempre conscientes de que la “sanación interna” precede a la sanación externa, es decir a la eliminación de la causa anímica. Por eso, el mero tratamiento de los síntomas no puede traer nunca como consecuencia una curación verdadera y permanente pues Dios mira primero por la sanación del alma.

Cada ser humano viene a esta Tierra con un determinado programa de vida. Cuando este programa ha transcurrido, puede ser que la muerte física se presente a continuación, lo que indica que es posible que el karma de una persona haya sido eliminado y precisamente por eso, el cuerpo muere. Por eso cuanto más se libere el alma de las cargas que la persona ha ido causando con su forma negativa de pensar y vivir, tanto más intensivamente pueden las fuerzas del espíritu alimentar el cuerpo físico con energía espiritual y así poder sanar el cuerpo poco a poco, pues entonces las células y los órganos son vivificados de nuevo con la fuerza espiritual de Dios, con la luz divina alimentadora y mantenedora.

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