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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

En Gran Bretaña, es debatible

David S. Broder
David S. Broder
martes, 27 de abril de 2010, 05:04 h (CET)
WASHINGTON - Algo divertido pasó camino a Bristol, Inglaterra, donde esperaba redactar esta crónica del debate del jueves que marcó la mitad de la campaña electoral británica. Un volcán de nombre impronunciable entró en erupción en Islandia, y el reguero de emisiones que cubría gran parte de Europa canceló mi vuelo entre muchos otros. Así que terminé viendo el debate en mi despacho de Washington, en lugar de desde una sala de prensa del suroeste de Inglaterra.

Aún así fue digno de verse. Los británicos tardaron en adoptar la costumbre del debate televisivo que se ha convertido en la norma de las campañas presidenciales estadounidenses. Pero una vez que se atrevieron a hacerlo por primera vez el 15 de abril, descubrieron que les gustaba.

Cuando Gordon Brown, el primer ministro al frente del Partido Laborista en el poder, y sus dos rivales, David Cameron, de los Conservadores; y Nick Clegg, de los Demócratas Liberales, se encontraron por segunda vez en Bristol, ninguno de ellos dio muestras visibles de estar nervioso.

Clegg es considerado el ganador del primer debate, confirmando la norma de que cuando los debates televisivos incluyen un representante de la tercera fuerza y lo armonizan con los dos principales contrincantes, es casi seguro que será el favorito. Eso es lo que pasó aquí con Ross Perot en 1992 (frente a George H.W. Bush y Bill Clinton), y Clegg fue igualmente diestro explotando la mayor audiencia que ha tenido en su vida.

El segundo debate fue un asunto mucho más reñido, dando Brown, cuya derrota era pronosticada ampliamente durante los meses anteriores a las elecciones del 6 de mayo, una imagen más fuerte y más tranquila que sus rivales más jóvenes -- por lo menos a los ojos de la prensa que estaba conmigo.

Brown, el veterano canciller de la moneda (el secretario de Hacienda) que finalmente desbancó a su colega/ rival Tony Blair y se convirtió en primer ministro sin tener que someterse a los electores, se enfrenta a los mismos obstáculos importantes a los que se enfrentaba George W. Bush. Está enviando tropas británicas a conflictos impopulares en Irak y Afganistán y encabezando una economía con un desempleo incómodamente elevado.

El primer ministro intentó hacer lo mismo que siempre intentan hacer los titulares: convertirse en la voz de la experiencia, diciendo a sus rivales en algún momento, "¡Sea realista!"

Durante el debate de la política exterior, Brown acusó a Cameron de manifestar el sesgo conservador nacionalista Tory contrario a la Unión Europea y a Clegg (que se oponía a enviar tropas británicas a Irak) de ser anti-Washington, mientras que él (Brown) ha comprendido la importancia de los dos grupos de alianzas. Su meta era hacer parecer una opción arriesgada a los dos caballeros más jóvenes, que riñen por el título de ser "el verdadero agente de cambio".

Cameron, que a menudo triunfa en sus encuentros semanales con Brown durante las sesiones de control al primer ministro en el Parlamento, fue menos eficaz durante el intercambio a tres bandas de este debate. Contrató a Anita Dunn, veterana de la campaña de Barack Obama, para entrenarse con vistas a este encuentro, pero quizá no se dio cuenta de que Obama tampoco había florecido durante los debates con los diversos candidatos al principio de la contienda Demócrata.

Cameron, que fue hábil en la modernización del Partido Conservador y que hace mucho tiempo se esperaba que ganara con facilidad estas elecciones, no ha encontrado la forma de distinguir su mensaje del de Clegg - y reducir a Clegg al papel de candidato de desempate.

Como era de esperar, es un Clegg de apariencia de muchacho quien parece estar pasándolo bomba. Parecía encantado en las encuestas tras el primer debate que mostraban que la campaña se está convirtiendo en una contienda a tres bandas igualadas, y parecía genuinamente feliz el jueves al debatir la posibilidad de un Parlamento con las fuerzas extremadamente ajustadas que maximizaría su poder de negociación.

Brown y Cameron, en cambio, coincidieron en que tal resultado sería un desastre para Gran Bretaña. Desde extremos opuestos, llegaron a la misma conclusión: un veredicto popular claro debe preceder a la formación de un gobierno fuerte.

Pero mientras que Obama pudo apoyarse después de sus enfrentamientos en una economía en horas bajas, un electorado hostil y desconfiado no es probable que vaya a dar a ninguno este tipo de mandato.

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