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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Vargas Llosa y sus mentiras taurinas

Julio Ortega Fraile
Redacción
lunes, 26 de abril de 2010, 06:42 h (CET)
No voy a entrar en la calidad como escritor de Mario Vargas Llosa, una cuestión tan subjetiva como la pintura. Hay quien se queda extasiado ante una obra de Kandinsky y El Greco le deja indiferente. O al revés. Lo que ni uno ni otro negarán, es que mientras un cuadro o una novela puede o no conmoverles, ambos se retorcerán de dolor si les clavan una daga en el vientre.

Admito que el Señor Vargas Llosa es un narrador de éxito, pero añado que también es un hipócrita sin escrúpulos por tergiversar la realidad transformándola, mediante su pluma, en un envoltorio sugerente que se ajuste a sus mentiras. Esta faceta suya de individuo presto a valerse de la falacia, queda al menos patente cuando en un importante Diario de nuestro País, identifica a los que piden la abolición de las corridas de toros con seres enfurecidos, que en verdad no aman a los animales y capaces de comerse una langosta que acaban de hervir viva.

Alguno habrá, no lo niego, que se declare abolicionista y que se coma bocadillos de chorizo o acuda a circos con animales, pero los dos sabemos que la gran mayoría de los activistas contra el maltrato animal son veganos, esto es, que no consumen conscientemente ningún producto cuya elaboración implique algún padecimiento para estas criaturas.

Don Mario, hace años, cuando se le encargó el esclarecimiento del asesinato de varios periodistas en Ayacucho, Usted no tuvo reparos en exculpar a los militares autores del terrible crimen falsificando sus informes. ¿Significa eso que todos los presidentes de comités investigadores, como era su caso, carecen también de honestidad y de sentido de la justicia?

Pero no sólo miente, también es un cínico. Lo es cuando afirma que “el toro es el animal más cuidado y mejor tratado de la creación”, y que “prohibir las corridas es un agravio a la libertad porque la muerte, que es invencible, siempre ronda a la vida”.

Con tales premisas qué pretende, ¿acaso justificar el crimen porque en definitiva, no es más que el adelanto de un tránsito inevitable?, ¿y compensar el dolor de la víctima o negar la responsabilidad del criminal, porque el muerto haya podido “escoger su última cena”?

Usted me llamará, ya lo sé, demagogo, y dirá que yo estoy hablando de seres humanos mientras sus argumentos, sólo son válidos cuando se trata de animales, en concreto de esos toros a los que ama con un cariño tan peculiar, y letal. En este punto, Señor Mario Vargas Llosa, lo único que puedo hacer es sumar a los calificativos de embustero y de cínico que me inspira al leer su artículo, el de especista. En definitiva, que reúne Usted todos los rasgos que caracterizan a un taurino tradicional, sólo que en su caso, su soberbia le hace pensar que puede obnubilarnos.

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