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BDSM en las cárceles: el Teorema de Peter del PSOE

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 26 de abril de 2010, 05:26 h (CET)
En ninguna parte como en España, en general, y en el PSOE, en particular, se cumple a rajatabla el Teorema de Peter, ése que dice que “en toda jerarquía los individuos tienden a ascender hasta alcanzar su nivel de máxima incompetencia.” Véase el panorama y dígase si es cierto o no. Así está la cosa, que ya hace mucho tiempo que pasamos el límite de la risión y el ridículo, y nos hemos implantado de lleno en la aberración y la idiotez más sangrante. Unos vientos, claro, traen unos lodos, y ahora le ha llegado el turno –porque se ha descubierto- a la situación de las mujeres que cumplen condena, por ahora y que sepamos, de Alcalá-Meco, pero que sin duda serán más y en muchos más centros. Alcalá de Henares, mi ciudad, ha sido gracias a esto dos veces noticia en el mismo día: la entrega del Premio Cervantes y el descubrimiento de las ruinas de Sodoma y Gomorra en la prisión de mujeres de Alcalá-Meco.

Hay a quien la soberbia o la necedad les ciegan, y, en su paraíso mental, creen que pueden igualar como si tal cosa a hombres y mujeres, que somos lo mismo y que las diferencias físicas o psíquicas son cosa a no ser tenidas en cuenta. E insisten con su supuesta igual-da, a pesar de las advertencias de quienes tienen entendimiento, científicos e historiadores. No; no es que la humanidad haya sido imbécil hasta que doña Bibiana Aído y el PSOE alcanzaron el poder, sino que los hombres son y actúan como hombres y las mujeres son y actúan como mujeres. Les pesa, les jode, y ahora las que se encuentran en esa aberrante última tesitura son precisamente las mujeres de ese infame centro penitenciario, como se encuentran en gravísimo peligro muchas mujeres libres gracias a las leyes discriminatorias que han implantado, haciendo, además, efecto llamada a todos los desquiciados con la repetición de la barbarie con tanta conferencia, telediario y tiroliro. Ahí están los resultados, mucho más tozudos que las teorías. ¿También discutiremos esto o haremos que pague el culo del fraile?...

Desde esta misma columna, con ocasión del suicidio de una niña preadolescente que se escapó del centro tutelar de menores en el que estaba recluida, he denunciado lo que todos saben y callan: que dentro de los muros de prisiones y correccionales reina la aberración en plan sexo duro y que ciertas autoridades han puesto a lobos –no lobas- a cuidar de las ovejas -no borregos-. Y digo ovejas, aun sabiendo que muchos de los reclusos de ambos sexos probablemente merecen estar donde están, pero no todos, ni siquiera la mayoría. Todos sabemos que en España nos rasgamos las vestiduras por los derechos del caso del famoso o el mediático, pero que de los casos que no ocupan titulares a todo el mundo le traen al fresco si se perpetra o no con ellos indignas atrocidades o si el Estado llena cuotas de tranquilidad ciudadana metiéndole el diente a quien sea por inocente que sea. Muchos de esos presos, y en particular de esas presas que cumplen penitencia, son personas a quienes la vida les ha mostrado su cara más terrible (nuestra culpa como sociedad), siendo para ellos un auténtico suplicio desde que han nacido. Muchas de ellas es verdad que han delinquido, pero no más que la mayoría de los ciudadanos lo harían si se vieran en su piel, y, en la mayoría de los casos, porque no tenían otra opción de supervivencia o simplemente porque metieron la pata, se equivocaron, si bien con más daño para ellos que para los demás. Hoy, si se quiere, tenemos tantas leyes y tan complejas y desconocidas, que es prácticamente imposible que no estemos todos quebrantando la ley continuamente, aunque no por ello los grandes golfos de la sociedad y los más dañino hacen están en las cárceles, sino que a menudo los podemos ver en los más relumbrados puestos sociales e incluso en los programas televisivos de mayor audiencia.

Es disculpable que doña Bibiana Aído no haya escuchado hablar de la sexopatización social a que está sometida la sociedad por influencia de Internet y el empuje que directa o indirectamente está propiciando el ministerio que dirige con tan incólume desacierto y todo eso, e incluso que ignore qué cosa es la dopamina, una sustancia que si fuera artificial estaría entre las más prohibidas (y su tráfico ilícito en manos de los poderosos), pero que el cerebro produce como si tal cosa en dosis enormes cuando el individuo se encuentra ante expectativas -ni siquiera realidades- morbosas, ya sean sexuales o de peligro, si bien, el cerebro se acostumbra enseguida a sus dosis habituales y precisa más y más, causa y razón por la que el sexo es una bestia peligrosa a la que hay que atar muy cortito, lo mismo que la adición al peligro, que suele acabar terminando con la vida de los adictos.

Poner hombres a velar por mujeres sometidas por la fuerza al enclaustramiento durante algunos años, con el poder suficiente sobre ellas como para convertir sus vidas en infiernos insoportables o en nada más que en simples infiernos, sólo se le puede ocurrir a una mente que no está en sus cabales y que precisa ayuda psiquiátrica urgente. El hombre es una criatura que siempre está en celo –debiera saberlo la ministra-, y sus niveles de testosterona se multiplican cuando está en presencia de hembras distintas de su pareja, no siendo raras conductas como las que esos infames funcionarios presuntamente han cometido. Es más, ha pasado hace milenios, hace siglos, anteayer, hoy y pasará mañana, por más que esta señora promulgue leyes y más leyes. Ahí están los ingentes estudios científicos que lo avalan: la naturaleza es lo que es, y punto. Podremos comprenderlo o no, pero no podremos cambiarla. Por eso, precisamente, es con el avance de la civilidad que fueron separando las convivencias entre las personas de distinto sexo durante los periodos de encierro, sean forzosos o no. “De las buenas repúblicas se han de desterrar los poetas lascivos”, aconsejaba Cervantes por boca de su personaje, la Condesa de Trifaldi; "y de las ministras de igualdad del PSOE, nos libre Dios", añado yo.

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