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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Crispación y atentado contra el Estado de Derecho

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 26 de abril de 2010, 05:14 h (CET)
Desde hace algunas semanas, ‘Pepiño’ Blanco, don José, no dejaba de culpar a Álvarez Cascos como protagonista de algunos episodios de la trama Gürtel. También apuntaba hacia Castilla y León, donde ‘lo gordo′ parece que está por salir a la luz, aunque Herrera Campo siga paseando al presidente de las Cortes por los Premios de Castilla y León. Y mira por dónde, ha sido Moncloa quien más ha prevaricado con un empresario de la construcción ‘pringado’ hasta las cachas.

Entre las frases célebres con las que cuenta la Humanidad, hay una de las que se pueden incluir dentro de la famosa Ley de Murphy, es aquella que dice: “Si tus padres te gritan, ellos no tienen razón; si no te gritan, es que tú tienes razón”. Nadie puede poner en duda la habilidad de las izquierdas políticas para arrimar el ascua a su sardina, de modo que, ante circunstancias cambiantes, siempre logran enfocar la atención de los ciudadanos hacia aquella parte del problema que más les favorece y que, por el contrario, más puede perjudicar a su adversario político. Lo que sucede es que, sólo la derecha usa este término tan caballeresco, tan inglés y que comporta aquello del fair play, expresión británica utilizada para definir el buen comportamiento en la práctica deportiva, algo que, en la actualidad ha quedado relegada a la oscura caverna del olvido. Lo cierto es que, lo queramos aceptar o no, España, desde que los socialistas se hicieron con el poder, ha entrado en barrena. Y lo digo porque la evidencia de que la sociedad española de este siglo XXI en nada se parece a la que, los que tenemos más edad, tuvimos ocasión de pertenecer; en la que existían ciertas reglas que eran aceptadas, como básicas, por toda la sociedad y que servían de corsé para que determinadas conductas individuales, ciertos comportamientos antisociales y algunas actividades delictivas siempre comportaran la repulsa de toda la ciudadanía.

Vamos a ver si me sé explicar: si uno quería hacer un negocio con otra persona se discutían los términos, se regateaba, se intentaba sacar el mejor beneficio posible, pero, cuando se llegaba a un acuerdo, bastaba un fuerte apretón de manos para que, el pacto, quedara sellado; con tantas garantía o, aún más, que si se hubiera celebrado ante un notario, ¿es que las personas eran mejores antes que ahora?, no, no lo creo ¿ es que la moral y la religión influían y servían de acicate para no infringir el acuerdo? No, no me parece que fuera eso. Para mí, lo que ocurría es que existía una especie de ética colectiva, una moral basada en los efectos negativos que recaían sobre cualquier infractor de las reglas de juego de la comunidad que, en caso de incumplimiento del pacto, sabía que quedaba incluido en una especie de lista negra; era descalificado como comerciante honesto y, lo más importante, el hecho de que aquel sujeto quedaría con el estigma de no ser de fiar y nadie querría hacer negocios con él.

Hoy en día ni locos nos fiaríamos de un simple apretón de manos. Notarios, documentos llenos de cláusulas penales, de condiciones, de detalles, de plazos, garantías y de infinitos ítems, son el resultado de que, cualquier transacción, aunque la cuantía del negocio no sea importante y las personas o sociedades que intervengan en la operación parezcan solventes y honradas. ¿Por qué, entonces? Porque nadie se fía de los demás, todos desconfiamos del prójimo y la experiencia nos ha enseñado que, hasta aquella persona que parece la imagen de la honradez, de la solvencia y de la caballerosidad, puede que oculte, en su interior, a un sujeto indeseable que intenta hacernos caer en una trampa. Lo mismo está sucediendo en política. Hemos llegado a un punto en que, los ciudadanos de a pie, estamos contemplando el mundo de la política como si fuera un circo de saltimbanquis, en el que unos saltan desde palancas, otros se mecen en los columpios (vaya, que se columpian) otros nos hacen reír con sus charlotadas y otros, como Charlie Rivel, son capaces de meternos el corazón en un puño. Pero, señores, no es cierto que estemos ante un espectáculo divertido e inocuo, como es un circo, no, en realidad estamos ante una bien organizada trama, una bien planeada operación de subversión de la ley y el orden, un artero ataque a la democracia, valiéndose de ella misma; dirigido, planeado, proyectado y financiado, desde lejos, por grupos de presión, llámenlos masonería, mafias, monopolios económicos o sociedades secretas desestabilizadoras que, valiéndose de la crisis económica y de la facilidad de movilizar a estos grupos antisistemas, integrados por miembros de la farándula, progres, ácratas, grupos de falsos defensores de la naturaleza, intelectuales revanchistas, activista profesionales y organizaciones terroristas, han puesto su punto de mira en España como la nación que, en la actualidad, reúne las características más adecuadas para ser convertida en la avanzadilla, de Dios sabe, que turbios proyectos.

Sólo desde esta perspectiva podemos intentar entender esta serie de ataques feroces que, en sólo unos meses, coincidiendo, curiosamente, con las encuestas poco favorables a los intereses electorales socialistas; se han desencadenado desde distintos ámbitos de la política, de la fiscalía, de los Sindicatos, de la farándula y del mismo Gobierno socialista, en contra de la Iglesia Católica, del PP y, especialmente, del TC y del Tribunal Supremo. Nunca, desde que se produjo el levantamiento del 18 de Julio de 1936, se habían dado unas circunstancias tan preocupantes para el Estado de Derecho en España. Si, en la primera legislatura del señor Rodríguez Zapatero, se utilizó como arma arrojadiza contra el PP el sonsonete, mil veces repetido, de que la oposición sólo quería crispar la nación (confundiendo la labor de oposición, firme y efectiva de control a las acciones gubernamentales, con la “crispación”) y ello les permitió volver a ganar las elecciones del año 2008; ahora parece que se han cambiado las tornas y, con el mayor descaro, se ha levantado toda la jauría de la izquierda, en masa y armada hasta los dientes, en un acoso sostenido, mediatizado, implacable y demagógico; en un intento de desacreditar a las más altas instituciones de la judicatura, achacándoles los epítetos de fascistas, derechistas, defensores del franquismo y poco democráticos.

Dos polos: el señor Garzón y el Estatut catalán. Nadie se acuerda de la Constitución; nadie admite que un juez progresista pueda haber prevaricado y, antes de que haya sido imputado, juzgado y sentenciado; la camarilla de rectores universitarios, el señor Carrillo, el señor Montilla, ERC, CIU, los fiscales Mena y Vilarejo, la farándula en pleno, y lo peor de todo ( y eso nos hace sospechar que en organismos internacionales como la ONU, puedan existir determinado sectores que esperan sacar ganancias de la desestabilización del orden y el Estado de Derecho en nuestra nación) algunos jueces y representantes de la izquierda, de otros países, han entrado en este contubernio en contra de la derecha española. Nada nuevo, nada que no nos recuerde las intrigas de algunos países cuando terminó la guerra en España, intentando conseguir, por medio de la difamación y la crítica, lo que no pudieron lograr mediante las armas. Los de siempre, a los que, de forma inverosímil se les han añadido los miembros del Ejecutivo, que han entrado en el juego de hacer leña de nuestro sistema judicial con la idea de dejar cojo de uno de sus pilares más importantes a nuestro Estado. Lo cierto es que, el poder legislativo y el ejecutivo ya han caído en manos de quienes quieren acabar con España y buscan la forma de trocearla para dásela a los tiburones. Sólo quedaba la Justicia, al menos una parte de ella, que se resistía a ser masacrada por el nuevo Frente Popular que se está organizando en nuestra patria y es ahora cuando se la ha puesto en la picota en un intento de acabar con su independencia. Nadie parece reaccionar ante este evidente intento de imponer la tiranía del absolutismo y el totalitarismo; ni la Casa Real ni el Ejército, ni la ciudadanía aletargada, narcotizada y engañada desde la Moncloa ni, y esto acaba de redondear la jugada, la propia derecha representada, mal representada, por Rajoy y los suyos; son capaces de denunciar esta confabulación en contra de España que, si nadie pone remedio, van a acabar con cinco siglos de la unidad nacional.

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