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Samaranch, la historia olvidada

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 25 de abril de 2010, 07:18 h (CET)
Cuando el 20 de Noviembre de 1975 al dictador Francisco Franco se le escapaba el último hálito de vida envuelto en aquellas heces en forma de melena de las que cada día nos hablaba en sus partes el equipo médico habitual fueron muchos los falangistas que comenzaron a esconder en el fondo de sus armarios los viejos correajes, las camisas azul mahón, las boinas rojas y todos los yugos y flechas que les habían acompañado durante tantos años, cambiaron los uniformes falangistas por ternos bien cortados y caros, arriaron las viejas banderas, ya no volvieron a ponerse a cantar cara al Sol y se ampararon bajo las banderas liberales. Muchos no habían leído a Lampedusa pero todos sabían que algo, lo menos posible, debía cambiar en aquella España para que todo continuara igual y ellos, la élite franquista, continuaran mandando en la España que comenzaba a ser borbónica.

Al frente de todos los estamentos del país seguían estando los seguidores del sanguinario general y el escalafón del Ejercito estaba encabezado por los generales que se habían sublevado junto con Franco contra el poder legítimo del Gobierno republicano cuarenta años atrás. Los demócratas “de toda la vida” aparecieron en la vida española como las setas en otoño, ninguno abjuró de su pasado franquista pero todos intentaron ocultarlo lo mejor posible. La izquierda pecó de inocente en aquellos momentos y se hizo tabla rasa de todo un pasado histórico sin pedir responsabilidades a ninguno de los capitostes del antiguo régimen dictatorial. El miedo a los sables de los generales seguía marcando la vida española y se aceptó no remover el pasado, se miró hacia otra parte y los viejos franquistas quedaron reconvertidos en demócratas por mor de la llamada Transición que fue de todo menos modélica como han intentado vendernos durante todos estos últimos años.

Fraga Iribarne, Rosón, Martín Villa, Suárez y tantos otros siguieron incombustibles en la política, sus prepotentes traseros acostumbrados a la comodidad del escaño y el coche oficial no notaron el cambio y siguieron cobrando al final de cada mes del erario público. Uno de los que también escondió la azul camisa falangista avejentada por el uso y el paso del tiempo fue Juan Antonio Samaranch y tal vez más listo y avezado que sus conmilitones se olvidó de la política para lavar su pasado franquista en el mundo del deporte donde, al fin y al cabo, los beneficios iban a ser más suculentos que en el hacer político con el añadido de poder lavar su oscuro pasado franquista de manera más disimulada.

Samaranch, que nunca se arrepintió de su adhesión a Franco y que todavía cantaba en un acto público el himno de Falange haciendo el saludo fascista el 18 de Julio de 1974, ha muerto esta semana. La inmensa mayoría de la prensa se ha derramado en páginas y páginas de ditirambos, los medios de comunicación parecían inmensos botafumeiros para mayor gloria y loor del fallecido cuyo féretro fue velado en el Palau de la Generalitat y cuyo funeral, celebrado en la Catedral de Barcelona, semejaba el funeral de un jefe de estado. A la ciudadanía se le ha mostrado un Samaranch cuya vida pública comienza a todos los efectos a finales de la década de los 80 cuando en el año 1977 es nombrado embajador en la antigua URSS, el país al que más odiaban los falangistas. Allí consiguió los apoyos necesarios para conquistar la Presidencia del Comité Olímpico Internacional en 1980.

A los 35 años de edad ya era Concejal de Deportes del Ayuntamiento de Barcelona y a los 42 Procurador en las Cortes franquistas donde estuvo hasta su disolución en 1977. En 1967 fue nombrado por Franco Delegado Nacional de Educación Física y Deportes y en 1973 se convirtió en el Presidente de la Diputación de Barcelona, cargos todos a los que accedió con la aquiescencia del dictador y en los que vistió en más de una ocasión el uniforme de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, aquella chaqueta blanca de gala bajo la que se escondía el azul mahón de la camisa falangista. En las hemerotecas ha quedado plena constancia de todo ello. Durante todo este tiempo en las comisarías de policía se torturaba a los enemigos políticos del régimen mientras Samaranch y sus camaradas miraban hacia otro lado.

Esta es la parte de la biografía del fallecido que una gran parte de la prensa ha ocultado estos días en los que tan sólo hemos podido ver escritos laudatorios para quien, según se ha escrito, trajo los JJ.OO. a Barcelona olvidando el esfuerzo de tantos y tantos que también pelearon en aquellos días para que la capital catalana fuera la organizadora de las Olimpiadas del 92 y dando a entender, con estas afirmaciones, que las votaciones de los miembros del COI no sirven para nada y que todo está amañando y supeditado al poder del más poderoso.

Ahora mientras se rinden honores de jefe de estado a un antiguo falangista, el que fuera su partido, la Falange, le hace el trabajo sucio a la derecha más retrograda que anida entre las alas de la gaviota del Partido Popular intentado apartar de la judicatura al juez Garzón, un juez que fue el ídolo de la “brunete mediática” cuando atacaba al PSOE e investigaba al GAL o cuando ordenaba redadas contra los batasunos pero que ahora que ha intentado esclarecer la verdad en el caso Gürtel y las responsabilidades del franquismo ha caído en desgracia entre los que antes le vitoreaban. La tan cacareada y modélica Transición tan sólo fue una bajada de pantalones de la izquierda ante los poderes de siempre, los que se resisten a abandonar las poltronas que calentaron sus abuelos y padres, ya lo dice el refrán, tenemos “los mismos perros con distintos collares”.

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